Todos creemos que diseñamos nuestro futuro. Elegimos una carrera, aceptamos un trabajo, emprendemos un negocio o formamos una familia convencidos de que esas decisiones nos pertenecen. Y, en parte, es cierto. Pero antes de decidir, primero tuvimos que imaginar que esos caminos eran posibles. Nadie elige entre opciones que nunca llegó a ver como propias.
A los 15 años, seis de cada diez estudiantes de los países de la OCDE ya tienen una ocupación en mente —y esa cifra cae cada año: la incertidumbre juvenil sobre su futuro laboral no ha dejado de crecer desde el año 2000—. Más importante aún, esa expectativa suele anticipar la trayectoria laboral que efectivamente seguirán. El problema es que, a esa misma edad, niñas y niños ya imaginan futuros distintos: ellas se proyectan mayoritariamente hacia profesiones donde hoy predominan las mujeres; ellos, hacia aquellas donde predominan los hombres (OCDE, PISA 2022). Un país no solo construye carreteras, hospitales o universidades. También construye imaginarios. Y esos imaginarios terminan definiendo quién se atreve a recorrer ciertos caminos y quién ni siquiera los considera.
Mientras tanto, el mercado laboral en Chile envía otra señal. En el trimestre móvil marzo-mayo de 2026, la tasa de desocupación alcanzó 9,4%; la desocupación femenina llegó a 10,5%, por encima del 8,6% de los hombres, mientras el desempleo juvenil continúa siendo uno de los más altos del país (INE, 2026). Parece una contradicción: mujeres buscando empleo y empresas que siguen sin encontrar el talento que necesitan.
Además del problema de cuántos empleos faltan, debemos preguntarnos (en cada momento) si estamos ayudando a nuestros jóvenes a imaginar los empleos que realmente existirán… esto es cómo construiremos nuestro futuro como país.
Chile no tiene un problema de acceso femenino a la educación superior. Las mujeres representan más de la mitad de quienes ingresan por primera vez a este nivel. La dificultad aparece después. Cuando miramos las cifras, un 12% de quienes egresan de disciplinas STEM en CFT son mujeres, 13% en IP y 28% en universidad. La brecha contraintuitivamente es mayor en la educación técnico-profesional, precisamente donde hoy se forma buena parte del capital humano que demanda la industria.
El error es creer que esta historia comienza cuando una estudiante postula a la educación superior (CFT, IP o Universidad). En realidad, mucho antes de elegir una profesión todos aprendemos qué futuros parecen posibles y cuáles no. Las expectativas familiares, los referentes disponibles, la experiencia escolar y los mensajes que recibimos van ampliando —o reduciendo— el horizonte de posibilidades de cada joven.
Sería injusto desconocer los avances. El programa Más Mujeres Científicas y las iniciativas impulsadas por empresas, especialmente del sector minero, muestran que ampliar la participación femenina en ocupaciones de las ciencias, ingeniería o tecnologías no es solo una agenda de equidad; también es una decisión de competitividad. Las universidades subieron de 27% a 32% de mujeres en estas áreas entre 2023 y 2025. La minería demoró solo una década en pasar de 7% a 23%. Con foco y buenas políticas públicas, se puede. La deuda, sin embargo, está en otra parte. Seguimos concentrando los esfuerzos en la admisión universitaria, dejando de lado la formación técnica y profesional, y sin considerar que las aspiraciones profesionales empiezan a construirse muchos años antes. El cambio que necesitamos es involucrar a las estudiantes de enseñanza media y a su entorno.
Si queremos un Chile más productivo, innovador y competitivo, debemos dejar de preguntarnos únicamente cómo aumentar la participación femenina en determinadas carreras. La pregunta anterior es otra: ¿quién ayudó —o no— a que una niña imaginara ese futuro como propio? Esto es también fundamental.
Los países no desperdician talento cuando una joven decide no estudiar Mecánica o Ingeniería. Lo desperdician mucho antes: cuando nunca llegó a creer que ese camino también podía ser suyo. Hagámonos cargo. (El Mercurio)
María Olivia Recart
