Las inquietudes sobre lo que puede esperarse del gobierno de Kast ofrecen una oportunidad de debate sobre lo que el país debería hacer para dejar atrás el estancamiento y progresar en los próximos años. Es cierto que a algunos les bastan las consignas y a otros las sospechas, pero lo esencial para la mayoría es tener claridad sobre los cambios que vienen. Por ello, el gobierno debe afinar el sentido de las reformas y explicar sus motivos. Esperemos que la discusión en el Congreso del proyecto de Ley de Reconstrucción tenga el rigor requerido, lo cual exige que los parlamentarios estudien las materias y no legislen a la diabla.  

Si llegara a prevalecer la percepción de que el plan de Kast sobre el gasto público implica quitar o rebajar beneficios sociales a los sectores vulnerables, al mismo tiempo que otorgar ventajas desmedidas a los empresarios, la marcha del gobierno se hará cuesta arriba y será alto el riesgo de fracaso. Las confusiones que provocó el oficio de la Dipres sobre la posibilidad de “descontinuar” 142 programas estimularon los temores de mucha gente, fomentados desde luego por quienes cifran sus mejores expectativas de agitación política en la creación de un enemigo aborrecible.

Por el contrario, si el gobierno consigue ordenar su gestión en torno a una hoja de ruta que sea percibida por la mayoría de la población como una posibilidad real de superación de las actuales dificultades y mejoramiento de las condiciones de vida, que lleve a confiar en la visión del presidente y su equipo, se puede abrir una perspectiva esperanzadora de progreso económico y social.

Fue políticamente costosa la decisión del gobierno de trasladar el alza internacional de los combustibles a los precios que pagan los consumidores. Primó allí la razón económica y el criterio de no ocultar los problemas a la gente, pero se sobrevaloró la cuestión de la disciplina fiscal en un momento socialmente difícil, y se sobreestimó la resistencia del respaldo a Kast. Las encuestas castigaron de inmediato ese paso, y no será sencillo recuperar la aprobación perdida. 

Para ponderar lo ocurrido, sirve de referencia el desastroso inicio del Transantiago en febrero de 2007, durante el primer gobierno de Bachelet. Entonces, se impuso también la razón económica para no postergarlo (implicaba que el Estado respondiera financieramente por no cumplir los contratos con las empresas de transporte público). Como se recordará, los efectos sociales y políticos fueron devastadores. Aquello fue sin duda mucho más grave que el alza de los combustibles de ahora, y dejó amargas lecciones. Con todo, aquel gobierno consiguió corregir su error y terminó bien evaluado.     

Aunque ciertas torpezas del gobierno han metido mucho ruido, el país no ha sufrido un dislocamiento comparable al del Transantiago. Las tensiones y pugnas de marzo y abril han sido sobre todo discursivas, que es también el terreno de las ideas gruesas y las consignas. ¿Cuánto han gravitado los prejuicios y las campañas intencionadas? No poco, sin duda. Pero, así son las luchas políticas, y no sirve quejarse. Los partidos que gobernaron con Boric han echado mano a un antiguo recurso de propaganda que sigue siendo corrosivo: repetir que la derecha es, por naturaleza, socialmente insensible. 

Será mejor que el gobierno no le haga el quite a la confrontación de ideas en ese ámbito, lo que necesariamente remite al hecho de que la izquierda está convencida de que tiene, por así decirlo, “el monopolio del corazón”. Hay quienes todavía creen que el crecimiento económico es una preocupación de derecha, y que lo verdaderamente progresista es la distribución del ingreso. Incluso, parecen creer que el mercado es de derecha y el Estado es de izquierda. 

Lo relevante es qué camino seguirá Chile en los próximos años después de haber vivido la emocionante secuencia del período 2019/2026: estallido, Convención y gobierno de Boric. O sea, si apostará o no por el crecimiento económico y los incentivos para conseguirlo como condición del mejoramiento de la salud, la educación, la seguridad, las políticas de vivienda, etc. No da lo mismo tener un país endeudado que uno solvente para impulsar una política sostenible de protección social, y es absolutamente vital el uso responsable de los recursos públicos. 

A estas alturas, debería estar claro que Chile no progresó de cualquier modo en las décadas anteriores, sino sobre la base de una economía dinámica y un Estado integrador, políticas promercado y prosolidaridad, crecimiento con equidad, como diría Ricardo Lagos.

Lo más urgente para el gobierno es aclararle al país lo que significa exactamente su plan de reducir el gasto público, qué beneficios están garantizados, qué programas serán descontinuados o reformulados en la Ley de Presupuestos de 2027. Tiene que explicar convincentemente los criterios que inspiran los cambios, y será mejor si transmite una imagen de cohesión del equipo de gobierno.

Fue un error concebir el Segundo Piso como un órgano con funciones ejecutivas y de supervigilancia de los ministros. Es comprensible que el mandatario aspire a tener apoyo directo de un asesor de absoluta confianza y experiencia gerencial, pero no puede crearse una situación de poder híbrido, o bicéfalo, que reste autoridad al gabinete. El Segundo Piso no debe funcionar como superintendencia del gobierno, sino como equipo de apoyo al presidente.    

El 1 de mayo, a la cabeza del desfile de la CUT, se vio a numerosos exministros y exfuncionarios del gobierno de Boric. Están en su derecho, por supuesto, pero sería saludable que no aparecieran como recién llegados, ligeros de equipaje, y que mostraran una actitud por lo menos sobria en materia de proclamas. No pueden encogerse de hombros frente al legado que dejaron, lo que incluye el uso negligente de los recursos públicos en el mismo momento en que crecía el endeudamiento del Estado. La cuestión del decoro sigue siendo importante en la política.

¿Podrá Kast liderar un empeño que inspire confianza a la mayoría?  ¿Es posible que Chile progrese de verdad en los próximos 4 años? Hay una oportunidad que no puede ser desaprovechada. (La Tercera)

Sergio Muñoz Riveros