El reciente fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas ha provocado pesar en amplios círculos intelectuales. Sin ir más lejos, el rector Carlos Peña publicó una sentida columna en la que celebró los aportes del pensador alemán al pensamiento crítico contemporáneo y lo describió como uno de los grandes intelectuales de los siglos XX y XXI.
En redes sociales circula por estos días una carta del filósofo de la ciencia Karl Popper, enviada en 1970 al intelectual francés Raymond Aron, en la que se refiere a Habermas y a Theodor Adorno en términos extraordinariamente duros.
En uno de los pasajes de esa carta Popper escribe: “Cuando leo a Adorno o a Habermas tengo la impresión de que hablan lunáticos. He traducido algunas de sus frases del alemán a un alemán sencillo, y el resultado es que se trata de trivialidades, tautologías o simple palabrería pretenciosa. No logro entender por qué se dice que Habermas tiene talento”.
Habitualmente coincido con lo que escribe el rector Peña. En esta ocasión, sin embargo, debo admitir que me siento algo más cercano —aunque con menor severidad— al juicio de Popper.
Es verdad, desde luego, que Habermas defendió con vigor la idea de que la democracia moderna descansa en la deliberación racional en la esfera pública y que dedicó buena parte de su obra a rehabilitar la razón práctica como fundamento de la vida política. Ese es, sin duda, un aporte relevante.
Existe un episodio célebre de la filosofía del siglo XX. En un debate en Cambridge, Karl Popper y Ludwig Wittgenstein —pensadores que difícilmente coincidían en algo— compartieron al menos una convicción: que la filosofía debía aspirar a la claridad y desconfiar del lenguaje innecesariamente oscuro. Quizá no sea un mal consejo para recordar cada vez que la profundidad parece depender demasiado de la oscuridad del texto. (El Mercurio Cartas)
Sebastián Edwards
