Por supuesto el Presidente Kast tiene todo el derecho de asistir al Foro de Madrid que se realizará en Santiago. Aún más. Tiene todo el derecho, él y quienes asistan, de intervenir en él y hacer un discurso subrayando su ideario. Lo que allí se diga es parte del debate democrático y de lo que pudiera llamarse el mercado de las ideas.
Pero, como es obvio, una cosa es reconocer la legitimidad de un acto y otra distinta el valor de las ideas que lo inspiran.
¿Cuáles son ese puñado de ideas a las que el Presidente Kast adhiere, como lo prueba el hecho de ser él uno de los firmantes originales de la Carta de Madrid?
Desde luego, hay, en la inspiración ideológica de ese grupo, un cierto conservadurismo que afirma que las naciones de lo que llaman Iberosfera (la América hispana y lusitana) poseen una misma identidad o herencia histórica que cuidar y un igual destino. Hay en ese planteamiento rastros de las ideas que formuló Ramiro de Maeztu en España (quien acuñó la expresión Hispanoamérica) y afinidades con las que en Chile formuló (con excepcional brillo retórico, hay que reconocerlo) Jaime Eyzaguirre en Chile. Esas raíces situarían a los países de la iberosfera en la tradición occidental, una tradición que hoy estaría, según diagnostican, amenazada por el comunismo, el narcotráfico, la pérdida de identidad. Esa tradición tendría entre sus aspectos centrales el cristianismo concebido como un núcleo de fe y valores que la sociedad contemporánea amenaza.
La democracia, la libertad, o las libertades, y el Estado de derecho, descansarían y encuentran su fundamento en una cierta cultura subyacente, una cultura de trasfondo que, compuesta por valores y convicciones morales firmes, las sustenta. Por lo mismo descreer de esos valores y convicciones, entre los que se contarían la centralidad de la familia, la propiedad, la herencia cultural o la identidad histórica, acabaría inevitablemente corroyendo la libertad y la democracia.
De ahí entonces que quienes adhieren a la Carta de Madrid crean firmemente que la política es indisoluble de la lucha o de la guerra cultural, porque es en la cultura donde descansarían las libertades. Y por eso en ellos se observa, con frecuencia, una cierta actitud agresiva a la hora de participar de la esfera pública. Es comprensible. Si usted piensa que la esfera pública no es un ámbito de diálogo donde imperan las mejores razones, sino un escenario bélico donde compiten valores y creencias que se disfrazan de razones, entonces nada tiene de sorprendente que usted reaccione frente a las ideas distintas con virulencia, como quien devuelve una pedrada o un puñetazo.
De ahí que en este tipo de grupos exista una relación hasta cierto punto paradojal con la libertad, puesto que se la ensalza como un valor a alcanzar o mantener; pero al mismo tiempo se está dispuesto a limitarla u orientar su ejercicio para sostenerla y promoverla. Es que ellos piensan que la libertad no equivale a una simple autonomía, sino que debe estar orientada por ciertos valores o bienes a los que se supone enraizados en la comunidad política (es decir, en la iberosfera, a la que los iberosféricos e iberosféricas deberíamos lealtad).
Ese enraizamiento de las libertades en la cultura exigiría una comprensión amplia de la acción política y explicaría que ella se extienda a todos los ámbitos. Como declara la Carta de Madrid, la defensa de la libertad “es una tarea que compete no solo al ámbito político, sino también a las instituciones, la sociedad civil, los medios de comunicación, la academia, etcétera”.
¿Son compatibles con la democracia liberal esas ideas?
No del todo, puesto que la defensa de una herencia cultural (la recibida en la iberosfera, los 700 millones que la compartirían) riñe con la idea de libertad individual que supone el derecho de las personas a abandonar su identidad étnica, religiosa o la que fuera. Se suma a ello que la concepción de la esfera pública como un campo de batalla cultural no se condice con el diálogo democrático que exige dar razones en vez de tirar pedradas.
Y descontado, por supuesto, que el acto de incluir en la batalla política a la escuela y los medios de comunicación no suena para nada liberal y por el contrario es totalmente iliberal, como lo prueba el hecho (es de esperar que por lo que sigue los partidarios de la Carta de Madrid se persignen o al menos toquen madera) que se trata de una idea que alguna vez esparció Louis Althusser (marxista como el que más) cuando hablaba sobre “los aparatos ideológicos del Estado”. (El Mercurio)
Carlos Peña
