En respuesta a mi columna “Tragedia propia”, el profesor Carlos Huneeus (ayer) justifica a quienes en la derecha reclaman no tener obligación de asumir como propia la tragedia de las violaciones a los derechos humanos posteriores al golpe, porque cuando ocurrieron no habían nacido o eran apenas unos niños. Acto seguido, sin embargo, pasa revista a sesenta años de historia —hasta remontarse al voto político de la Juventud Demócrata Cristiana de noviembre de 1968, cuando yo tenía diecisiete años— para reprocharme responsabilidades en episodios que apenas alcancé a mirar desde la galería. Termina confirmando, sin proponérselo, lo que mi columna sostenía: los fantasmas se heredan, querámoslo o no, y es preferible hacerse cargo de ellos antes que fingir que no existen.
En cuanto a mis conversiones, el reproche es justo, aunque la cifra de tres me parece conservadora. A quienes nunca cambiaron de ideas les tengo respeto y algo de envidia: la historia jamás los desmintió, entre otras cosas, porque jamás se subieron a sus hombros.
Y sobre su calificación de la nuestra como una “generación fracasada”, lo concedo sin mayor resistencia. Fracasamos en casi todo, pero aprendimos algo de esos fracasos y, con ellos encima, dimos forma a nuestro tiempo. Ahora les toca a otros dar forma al suyo. Fantasmas incluidos. (El Mercurio Cartas)
Eugenio Tironi
