Un breve vistazo a la secuencia de iniciativas llevadas a cabo por Trump durante su primer año de gobierno indica que la decisión final sobre Cuba debería ocurrir a inicios del segundo semestre. El desenlace de ese asunto será relevante para las elecciones de noviembre, las llamadas midterm.

En tan sentido, la segunda administración de Trump ha demostrado una asertiva comprensión de que, en un período de cuatro años sin reelección, lo fundamental debe ejecutarse durante los dos primeros. Eso en el entendido de que la persona elegida llega a su cargo con las ideas claras acerca de lo que pretende.

El avance hacia el final de drama cubano ha sido posible por una razón bastante clara. El actual Mandatario se sitúa lejos de ese simbolismo aperturista y flexible -absolutamente inerte- llevado a cabo por Obama. Trump, y muy especialmente Marco Rubio no dudan que se necesita algo más que invocaciones al destino o sentarse a esperar alguna fuerza misteriosa para acabar con aquel régimen.

Los fundamentos están en la Estrategia de Seguridad Nacional. En tanto, la operación de extracción de Maduro en Venezuela y la instauración del régimen de Delcy constituyen elementos evidentes para asumir que lo dicho se cumple. A estas alturas, sería raro si políticos o analistas expresan dudas al respecto.

Por eso, el fin del castrismo está llamado a ser otra invitación contundente sobre este rediseño hemisférico. El Caribe emerge a ojos estadounidenses como su nuevo mare nostrum.

Sin embargo, en el horizonte postcomunista de Cuba se perciben aún algunos detalles que sugieren la necesidad de ciertas precisiones. El ambiente está plagado de ideas y propuestas, de intereses cruzados y ambiciones acumuladas, convergiendo con las lecciones extraídas de experiencias de los otros regímenes comunistas, ya demolidos, y con las emanadas de sensibilidades propias de toda gran transición. Dentro de éstas últimas se observa una particularidad. A diferencia de las exitosas transiciones española y chilena, en Cuba no se da la variable melancolía por aquello que se extingue.

Entre los detalles a afinar está la presencia de un elemento clave, pero sumamente intrincado, denominado GAESA.      

Se trata de un conglomerado militar-empresarial muy particular, que controla la economía de la isla y que en estos momentos actúa como sostén financiero del régimen. Su existencia claramente no es compatible con una economía de mercado. Sin embargo, no es tan sencillo desarticularlo. Buenos e inteligentes incentivos, más una buena dosis de pragmatismo, entregarán la clave para adentrarse en ese laberinto llamado GAESA. Por ahora, sólo queda especular acerca de qué clase de Minotauro encierra.  

GAESA ofrece muchas facetas. Casi todas ocultas. No es una empresa estatal convencional, como las que existen en varios países, como tampoco aquellas que existían en los otros regímenes comunistas.

Es muy posible que haya sido creada inspirándose en la KoKo (Kommerzielle Koordinierung), una empresa neurálgica de la Alemania de Honecker, dedicada a hacer todo tipo de operaciones comerciales en los países occidentales con el propósito de recaudar divisas, pero también de hacer compras al por mayor destinadas al consumo interno de la RDA. KoKo creció y creció, pero siempre al alero del Estado. A inicios de los 80 consiguió un inédito préstamo multimillonario para compras germano-orientales en la Alemania occidental.

El régimen cubano creó GAESA a inicios los de los 90 con un propósito similar. Fue la solución tras la desaparición de la URSS que dejó a la isla al borde de la quiebra. GAESA se concibió como un instrumento destinado a recaudar divisas en países latinoamericanos.

A muy poco andar, tomó tres características propias y se convirtió en algo bastante más complejo que la KoKo.

Lo primero: se supo que se trataba de una empresa dirigida por militares de alto rango y que rápidamente tomó el control directo de los rubros más lucrativos de la economía cubana, como el turismo, telecomunicaciones, puertos y servicios financieros (sector que le permitía apoderarse de las remesas enviadas por familiares en el exilio). Su voracidad lo llevó también a supervisar los servicios médicos en el extranjero; esos mismos que países latinoamericanos y africanos le pagaban en divisas.

Lo segundo: GAESA se convirtió en una especie de economía paralela, al mando de todo lo estratégico para el régimen. Se supo que, por su posición en la economía, se transformó en el núcleo central de la élite gobernante. Según el Miami Herald posee activos superiores a los 17 mil millones de dólares, la mayoría en depósitos bancarios en bancos chinos, turcos y en algunos paraísos fiscales.

Lo tercero: paralelo a su expansión quedó al descubierto una opacidad corporativa casi total. A diferencia de la KoKo alemana, nunca se ha informado a qué institución del gobierno está subordinada, ni quién le hace auditorías (en el caso que se hagan) como tampoco quiénes integran su gobierno corporativo. Una criatura semejante al Minotauro.

La prosperidad de GAESA ha ayudado a entender la naturaleza del régimen de los Castro. Ha tenido lugar en los últimos años, justo cuando 9 de cada 10 cubanos han caído a la pobreza relativa o a la extrema pobreza, cuando han aumentado a niveles dramáticos los apagones de electricidad y cuando la miseria total respecto al abastecimiento de productos básicos es inocultable. Es decir, GAESA prosperó en directa proporción a la bancarrota del Estado. Los Castros demostraron que sucesivas malas administraciones pueden provocar efectivamente la quiebra de las arcas fiscales.

Con estas tres características a mano, resulta inevitable plantearse, ¿qué tiene que ver GAESA con la transición? La respuesta es inequívoca: bastante.

Al estar controlada por las FF.AA., se da la paradoja que en ella descansa también la posibilidad real de garantizar un mínimo de orden cuando se produzca el derrumbe final del régimen.

Además, GAESA tiene un elevado valor simbólico. Representa a la Cuba de Raúl Castro, alejada de las excentricidades de su hermano, Fidel. Su cerebro y fundador fue el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien fuera yerno de Raúl Castro, cuyo hijo es Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias el Cangrejo. Este último también es escolta de su abuelo y según prensa entendida en estos asuntos ocupa un cargo relevante en GAESA. Por eso, es altamente significativo que sea él, y no otro comandante, quien aparezca como contraparte principal de las autoridades estadounidenses en las conversaciones para una transición ordenada. 

Las sutilezas de la reingeniería postcomunista ya están en marcha y se está abriendo la perspectiva de una transición tutelada. Es un buen camino para desnudar tensiones y dar paso a un nuevo ciclo en el país. (El Líbero)

Iván Witker