Hay columnas que envejecen mejor que otras. A principios de este año, en “Por qué Sin Filtros destruirá a la derecha”, intentamos advertir que una manera de hacer política basada en el espectáculo terminaría afectando el programa del presidente Kast. Estas ansias de generar noticia en espacios formales son recientes y contravienen las bases nobles y ascéticas de la derecha tradicional, inspirada en los ejemplos de Joaquín Prieto, Jorge Alessandri o Jaime Guzmán.

La situación es, más o menos, la siguiente: el gobierno necesitará toda la ayuda posible para estabilizar al país en seguridad y economía; por lo mismo, requiere proyectos basados en acuerdos que aseguren su preservación en el tiempo. El problema es que, mientras tanto, algunos diputados oficialistas se han empeñado en alejarse de las formalidades y del tono requerido para dar rienda suelta a sus intervenciones impulsivas. Los primeros en aplicar ese estilo como práctica reiterativa fueron los parlamentarios del Frente Amplio. La confrontación abierta, la defensa de causas identitarias (ahora dirigidas al votante de derecha dura) y la recriminación pública a los aliados completan el efecto espejo.

No hay tanta diferencia entre diputados como Agustín Romero, Javiera Rodríguez o Francisco Orrego y sus pares Gonzalo Winter, Emilia Schneider o Gonzalo Ibáñez. Están cortados con la misma tijera, solo que desde signos opuestos. Tampoco la hay entre el matonaje colectivo contra quienes se oponen a sus proyectos y la crítica que el Frente Amplio dirigió a la Concertación desde la superioridad moral. El fondo puede diferir, porque es antagónico, pero el método es el mismo. 

¿Qué distancia hay entre disfrazarse de carabinero en un acto formal sin serlo y vestirse de mapuche en la Convención Constitucional? Pareciera, incluso, haber más impostura en el primer caso. Estas conductas son parte de las consecuencias del imperio del homo videns que denunció Giovanni Sartori. Y aunque no podemos frenarlo, al menos se puede denunciar. 

La dinámica de estos diputados consiste en utilizar el conflicto espurio para hacer prensa. Con sus actuaciones, el diputado Agustín Romero terminó ensuciando la jugada con la que logró derribar las indicaciones de la oposición al Proyecto de Reconstrucción. De esa manera, un parlamentario que había demostrado astucia reveló una faceta básica y fácil de encontrar en otros lados. 

En las últimas semanas, de hecho, Romero ha causado noticia por dos cosas: primero, por su burla poco ingeniosa hacia Evelyn Matthei al salir quinta; segundo, por tratar a los encapuchados, en una sesión del Congreso, como “humanoides”. Acto seguido, quien además preside la Comisión de Hacienda de la Cámara respondió a una interpelación así: “No, yo trato como quiero y si no me llevan a Ética. ¿Ya?”. Asoman en sus palabras rasgos de una supuesta pureza de mártir. Su sacrificio tan pero tan noble consiste en pagar una multa con un sueldo que se obtiene de nuestros impuestos. 

Otro caso que ha estado en boga es el uso de la acusación constitucional como medida de presión. Recordemos quiénes emplearon este mecanismo contra el gobierno de Sebastián Piñera durante el período más delicado desde la vuelta a la democracia.

Ahora quienes se miran en ese espejo son los que quieren seguir utilizándolo, incluso si eso implica crispar los ánimos en el Congreso y perjudicar a La Moneda. Porque lo que ocurre cuando se ejercen pasadas de cuentas es que se puede olvidar hacer política dirigida al bien común. Hay notorias diferencias en sofisticación y trayectoria entre un senador como Arturo Squella, que ha apoyado elevar los requisitos para interponer una acusación, y los otros mencionados aquí. El primero dirigió un partido, los segundos van a Sin Filtros.

La disputa por la conformación de las bases de la derecha será uno de los principales desafíos del gobierno del Presidente Kast. Aquí se verá si es posible articular una coalición que supere lo contingente y que no confunda ser duro en la defensa de principios con la infantilización de la política. Si se consigue que los más articulados de las bancadas asuman la vocería y mantengan a este lote controlado (aunque es muy difícil, porque necesita atención constante), el Ejecutivo avanzará en su agenda y en ofrecer un proyecto que sea capaz de mostrar un horizonte. (Ex Ante)

Álvaro Vergara