Pareciera que nacimos escuchando críticas hacia la política y sobre los políticos, sin siquiera comprender a fondo su significado o alcance de esas aseveraciones. En realidad, se requiere de un esfuerzo especial para dimensionarlo. Cuando la crítica es liviana, se queda solo en eso, una lamentación, un desahogo, una queja sin destino claro. Para un análisis un poco más profundo, resulta necesario reflexionar cuál es el ámbito de acción de la política, y entonces nos encontramos con que ello traspasa todos los niveles de la administración del Estado, en los diferentes Poderes establecidos, ya sea en el ejercicio de roles de elección popular o producto de designaciones.
Obviamente sería injusto generalizar. Por tanto, para medirlo, puede bastar sencillamente con observar si el acto o su resultado obedece a una verdadera vocación de servicio público o no. Y ello se descubre al aplicar criterios de austeridad, de orientación al bien común, de transparencia; que en definitiva nos den certezas que lo realizado no se motiva en intereses ocultos o mezquinos de personas, grupos o corrientes específicas.
De tal manera, podemos obtener una evaluación más o menos segura, al verificar si hubo aplicación de la ética en cada acto político, es decir, los necesarios vínculos entre ambas disciplinas, cual alianza conyugal a perpetuidad. Si ello no se produce, o las desavenencias son constantes y proyectadas en el tiempo, rompen el lazo, y van quebrantando el enlace.
Ahora, en la práctica, constatamos que muchas veces sucede esa ruptura entre ambas concepciones, y algo no resultó bien. Se legisló, se sentenció, se dispuso, o se instaló algo que hiere a la cohesión social, o de distintas maneras afecta a la calidad de vida, es decir, al bienestar general de los ciudadanos, o de ciertos sectores de la sociedad de mayor vulnerabilidad o fragilidad. Niños, ancianos, enfermos, jubilados, encarcelados, indigentes, marginados, clases medias desesperanzadas, pueden ser algunas de las potenciales víctimas de una deficiente acción de la política y de quienes la inspiraron.
Nuestra sociedad necesita una forma de gobernar muy comprometida con la elección correcta de modelos de gestión eficientes y acordes a las necesidades reales de la población, y que esté en manos de las personas mejor capacitadas para desempeñar cada uno de los cargos. Esto sin duda considera competencias técnicas, pero también éticas. No debiéramos pensar que es un problema de izquierdas o de derechas, sino un imperativo, un clamor que no puede seguir postergándose una generación tras otra. (Red NP)
José Gregorio Argomedo M.
Magíster en pedagogía universitaria, profesor de ética
