La sociedad chilena ha asumido cambios profundos en sus formas de convivencia en los últimos años. Junto a avances tecnológicos y mayores libertades individuales, se percibe un fenómeno inquietante: la progresiva pérdida de referentes éticos comunes. La violencia cotidiana, la intolerancia, el progreso de la corrupción y el debilitamiento del respeto mutuo parecen haberse vuelto parte del diario vivir. Su impacto lo encontramos reflejado de forma muy preocupante en el ámbito educativo, en frecuentes alteraciones a la normalidad en establecimientos educacionales, que nos sorprenden a menudo por el nivel caótico de los hechos, en los que constatamos no sólo ausencia de normas básicas de armonía, sino que se ha llegado a poner en riesgo las vidas de los integrantes de la comunidad educativa.

Ante este escenario, surgen preguntas inevitables: ¿hay algún deber que ha dejado de cumplir la educación? ¿qué está fallando en los procesos educativos?

Durante mucho tiempo se entendió que educar era mucho más que transmitir conocimientos. La educación ha buscado formar personas íntegras, capaces de vivir en sociedad con sentido de responsabilidad y respeto hacia los demás. Hoy, en cambio, pareciera predominar una visión más utilitaria: preparar individuos competitivos para el mundo laboral, aunque muchas veces carentes de orientación moral sólida. Por ejemplo, hemos visto los intentos por comprimir programas de filosofía – que entre otras temáticas aborda la ética –  o por cambiar su estatus a electivos, en enseñanza media.

Sin embargo, en tal contexto aparece una realidad que no debiera olvidarse: no existe verdadera educación sin ética.

La ética no debe concebirse como un complemento accesorio del proceso educativo, ni una asignatura secundaria dentro de un programa académico. Constituye el fundamento de toda formación humana. Educar implica enseñar a discernir, a ejercer responsablemente la libertad y a comprender que no todo lo posible es necesariamente correcto. Luego esta concepción debe tener continuidad durante la educación terciaria.

Sin embargo, vivimos una cultura marcada por el relativismo moral. Se ha extendido la idea de que los conceptos de bien y mal dependen de ciertas preferencias personales o de determinadas modas. Bajo esa lógica, desaparecen los criterios comunes que permiten construir convivencia y responsabilidad social.

El problema no es la diversidad de ideas —propia de toda sociedad democrática— sino la pérdida de convicciones mínimas compartidas. Una comunidad no puede sostenerse sobre intereses individuales. Requiere principios básicos: justicia, honestidad, respeto y solidaridad.

Resulta preocupante que la formación ética haya sido relegada en muchos espacios educativos. En ocasiones se habla de ella solo cuando ocurre un escándalo público o una conducta censurable. Incluso, recordemos que, en algún momento de la discusión pública chilena, se llegó a considerar como sanción asistir a “clases de ética”. Aquello reflejó una visión simplificada y ligera de un tema profundamente humano.

La ética no puede transformarse en una especie de castigo simbólico o en una medida supletoria para restaurar aspectos de imagen. La conciencia moral no se adquiere en unas pocas sesiones. Como proceso es extenso, gradual y permanente; asentándose en el seno de la familia, comenzando en la infancia y continuando durante toda la vida. Se construye mediante hábitos, ejemplo, reflexión y coherencia entre lo que se enseña y lo que se practica.

La labor de los educadores sigue siendo fundamental en complemento a la formación familiar. No podemos conformarnos con la transmisión de contenidos; los docentes influyen en la manera en que los estudiantes comprenden la responsabilidad, el respeto y la convivencia. Las familias y las instituciones tienen el deber de recobrar la permanente dimensión formativa de su tarea.

Tenemos un desafío: una formación integral construida desde un estilo de exigencia, fundada en auténticos valores, y a la cual debe aportarse, aunque de distintos modos, desde las diversas asignaturas y actividades coprogramáticas.

Este aspecto sugiere reafirmar la visión ética que queremos otorgar a futuros profesionales o técnicos, para que este factor vuelva a ocupar el lugar central que nunca debió perder en el proceso formativo.

La crisis que presenciamos, no se resolverá únicamente con leyes, sanciones o medidas de corto plazo. Requiere reconstruir una cultura educativa capaz de formar personas conscientes de sus deberes y que aporten al bien común.

Porque cuando una sociedad descuida educar éticamente, en algún momento comienza a perder el sentido de humanidad que sostiene sus estructuras. En palabras sencillas: nos pasa la cuenta. (Red NP)

José Gregorio Argomedo M.

Magíster en pedagogía universitaria, profesor de ética