Hay una escena en la serie Adolescencia, de Netflix, que detiene el tiempo. Un adolescente de 13 años, sentado frente a una psicóloga, incapaz de explicar con palabras lo que siente. No porque mienta. Sino porque genuinamente no tiene el vocabulario emocional para hacerlo. Nadie se lo enseñó. Lo que sí aprendió, con fluidez y precisión, fue el lenguaje de las redes: el emoji que reemplaza al abrazo, el meme que reemplaza al argumento, el like que reemplaza al vínculo. Una generación que se comunica constantemente y que, sin embargo, no sabe decir lo que le duele.
Esa brecha entre conectividad y comunicación real es uno de los factores más silenciosos y más devastadores detrás de la crisis que hoy sacude a Chile en sus aulas. Porque lo que ocurrió en Calama no fue solo un acto de violencia. Fue el desenlace de meses de señales que nadie supo leer, de un joven que no encontró palabras ni adultos dispuestos a escucharlas. Y mientras procesábamos ese dolor, en los últimos días se registraron más de doce amenazas de tiroteos en colegios de distintas regiones del país, obligando a suspender clases de norte a sur. Una encuesta Cadem confirmó lo que muchos intuían: el 78% de los chilenos cree que lo de Calama no es un caso aislado. Es la expresión de algo mucho más profundo.
Los adolescentes de hoy no se comunican menos. Se comunican diferente, en un idioma que los adultos no hablamos y que muchos ni siquiera intentamos aprender. El bullying ya no ocurre en el patio: ocurre en chats privados, en grupos cerrados, en publicaciones que desaparecen antes de que ningún profesor las vea. El dolor tampoco se expresa en palabras: se expresa en silencios, en ausencias, en explosiones que sorprenden a todos precisamente porque nadie prestó atención a lo que las precedía. Aprender a leer ese idioma no es opcional para los adultos que tienen jóvenes a su cargo. Es una responsabilidad que no admite excusas.
Y aquí aparece una herida que Chile no puede seguir evitando. La generación que llegó al gobierno en 2022 venía directamente de los liceos y las universidades. Boric, Jackson, Vallejo, Cariola: conocían los pasillos, conocían las demandas, conocían el lenguaje de la juventud organizada. Tuvieron cuatro años para transformar esa experiencia en política pública real. Para poner la salud mental en el centro del sistema educativo. Para devolverle autoridad y dignidad al profesor. Para construir protocolos que detectaran a tiempo al alumno en crisis. No lo hicieron. Y la pregunta que incomoda no es si tuvieron buenas intenciones. Es si alguna vez entendieron que gobernar no es marchar.
Porque hay algo que la militancia política tiende a omitir: la experiencia concreta de sufrir los problemas que se promete resolver. Es distinto exigir educación gratuita desde una asamblea universitaria que gestionar un sistema escolar con miles de establecimientos, profesores agotados, familias fragmentadas y adolescentes con salud mental deteriorada. Es distinto hablar de convivencia escolar en un discurso que enfrentarla en un liceo de la periferia donde el inspector es la única figura de autoridad presente. Gobernar exige haber conocido de cerca la carencia, haber hecho cuentas para llegar a fin de mes, haber necesitado al Estado y haberlo encontrado ausente. Sin esa experiencia, las políticas públicas tienden a ser diseñadas para el relato, no para la realidad.
Esta tragedia no es un problema de tres semanas. Es una señal de alerta que llega al inicio de un nuevo gobierno sobre un problema que lleva décadas sin enfrentarse de verdad. Y esa señal puede ser también una oportunidad: la de elevar la educación a una verdadera política de Estado, no como campo de batalla ideológico. Eso significa profesores elegidos con criterios de excelencia y formados con rigor. Significa psicólogos y trabajadores sociales reales en los colegios, no en el papel. Significa protocolos que funcionen antes del estallido y no después. Y significa algo que requiere coraje político real: devolverle al profesor la autoridad que le fue arrebatada, respaldarlo cuando enfrenta situaciones que lo sobrepasan, y exigirle una desideologización y el ejercicio de la responsabilidad que le da la más noble tarea del mundo: enseñar.
Finlandia transformó su educación eligiendo a los mejores para enseñar, pagándoles dignamente y construyendo una cultura donde el profesor es figura de respeto genuino. Pero Finlandia no tuvo que enfrentar lo que enfrenta Chile: sindicatos docentes que durante décadas han antepuesto la defensa gremial a la calidad de la enseñanza, bloqueando evaluaciones, resistiendo reformas y protegiendo a quienes no deberían estar frente a un aula. El Colegio de Profesores ha sido, en demasiadas ocasiones, un muro antes que un puente. La ministra de Educación lo sabe o debería saberlo. No será fácil enfrentarlo. Pero debe tener la fuerza, la capacidad y la voluntad de encarrilar todo esto hacia una transversalidad real, donde la calidad no sea negociable y el alumno vuelva a ser el centro.
Yo lo viví de cerca. Siendo alumna de Economía en la Universidad Católica, tuve que ir al Pedagógico y me crucé con una manifestación donde colgaban de un árbol un muñeco con la cara de Edgardo Boeninger, al que le habían dibujado el bigote de Hitler. Boeninger: uno de los intelectuales más respetados y constructivos de la historia reciente de Chile, símbolo del diálogo y los acuerdos. Verlo convertido en ese símbolo de odio dentro de una universidad no fue sólo una anécdota. Fue una señal de que la ideologización extrema llevaba años instalada en la educación chilena, vaciando espacios que deberían ser de pensamiento crítico y convirtiéndolos en trincheras. Eso no ocurrió de la noche a la mañana. Y no se va a deshacer sin decisión, sin valentía y sin la disposición de llamar las cosas por su nombre.
Los jóvenes que hoy amenazan colegios, que agreden inspectores, que no encuentran palabras para decir lo que sienten, no nacieron así. Fueron formados así. Por ausencias, por omisiones, por adultos que delegaron su rol y por un Estado que llegó siempre tarde. Cambiar eso es posible. Pero requiere decisiones que duelan, liderazgo que no le tema al largo plazo y la honestidad de reconocer que lo que hemos hecho hasta ahora no ha funcionado.
Aún se puede. Pero el tiempo no perdona. (El Líbero)
Iris Boeninger
