Es algo natural que cualquier administración que va de salida busque defender su legado. Pero en este caso estamos ante un esfuerzo desesperado por convencer a la opinión pública de que lo que vivió durante cuatro años no fue exactamente lo que experimentó.

  • Además, se está utilizando abusivamente la maquinaria del Estado y el acceso ilimitado a los medios de comunicación que tienen el Presidente y sus ministros, que se turnan para ofrecer puntos de prensa cuyo único objetivo es ensalzar la gestión del gobierno.
  • ¿Cuál es el afán de relitigar un pleito respecto del cual el pueblo chileno ya emitió un veredicto categórico e inapelable? La última elección presidencial fue, en los hechos, un plebiscito sobre la gestión de Boric y el resultado contundente: el poder fue entregado, por abrumadora mayoría, al candidato que basó su campaña en criticar al gobierno.
  • En democracia, ese tipo de señales no admite demasiadas interpretaciones. Cuando la ciudadanía decide cambiar de rumbo con tal claridad, lo hace por una evaluación negativa del desempeño del gobierno, considerando las expectativas incumplidas, las prioridades desplazadas y las promesas que no resistieron la prueba de la realidad.
  • Aún más elocuente resulta el comportamiento de la propia candidata oficialista, Jeannette Jara, quien hizo todo lo humanamente posible por tomar distancia del gobierno, pese a haber sido una de sus ministras estrella.
  • Si la tesis exitista que hoy se intenta instalar tuviese algún asidero, lo lógico habría sido que su campaña se apoyara con orgullo en los logros de la administración saliente.
  • Pero ocurrió exactamente lo contrario: la estrategia consistió en marcar diferencias, deslindar responsabilidades y subrayar identidad propia. En política, las conductas hablan más fuerte que los discursos. Y cuando la heredera natural de un proyecto opta por despegarse de él, el mensaje es inequívoco.

Memoria colectiva. En Chile, además, existe un fenómeno conocido y reiterado: los presidentes tienden a mejorar su evaluación una vez que abandonan el cargo. Superadas las pasiones del poder, la opinión pública toma distancia del fragor cotidiano y comienza a ponderar aspectos que en su momento quedaron eclipsados por la contingencia.

  • La comparación con el sucesor, inevitable, suele contribuir a una mirada más benevolente. Así ocurrió con Sebastián Piñera, objeto de críticas feroces durante su segundo mandato, pero revalorizado con el tiempo, especialmente tras su fallecimiento, por amplios sectores de la población.
  • Y algo similar puede decirse de Michelle Bachelet, quien terminó su segundo período con niveles de aprobación muy bajos y, sin embargo, años después recuperó una popularidad significativa.
  • Pero ese proceso es orgánico. No puede ser inducido desde arriba ni forzado mediante el uso intensivo del aparato comunicacional del Estado. La memoria colectiva no se reprograma por decreto; la ansiedad le está jugando una mala pasada al primer mandatario.

Un problema profundo. La evaluación histórica se construye con el paso del tiempo, cuando los hechos se asientan y las emociones se aquietan. Intentar anticipar ese juicio mediante una campaña de propaganda tiene algo de artificioso, denota un enorme el nerviosismo del presidente y, lo peor de todo, es contraproducente. Porque cuando la ciudadanía percibe que la están manipulando, la reacción natural suele ser el escepticismo.

  • En el caso de Boric, el problema es más profundo. Porque su legado está marcado por los dos años en que el gobierno se dedicó a desmantelar el país y sus instituciones; apostando todas sus fichas a un proceso constituyente que monopolizó la agenda política, social y económica.
  • Aquel intento de demolición del estatus quo no solo polarizó a la sociedad, sino que generó una enorme incertidumbre. El texto constitucional que el jefe de estado promovió con entusiasmo desde La Moneda fue finalmente rechazado por una mayoría contundente, dejando una estela de desconfianza.
  • Ese período coincidió con un estancamiento económico persistente, una caída en los niveles de inversión, fuga de capitales y una sensación de parálisis que afectó a distintos sectores productivos.
  • La promesa de un “nuevo Chile” se estrelló con la realidad de un país que demandaba estabilidad, certezas y gradualidad. El contraste entre el impulso refundacional y las urgencias cotidianas, seguridad, empleo, costo de la vida, fue minando su capital político desde el inicio.

El objetivo oculto. Por eso pienso que esta ofensiva comunicacional de última hora tiene como objetivo principal, fortalecer y viabilizar las aspiraciones políticas personales de un presidente joven que, por definición, no concibe, y no tendría por qué hacerlo, su paso por el poder como un episodio terminal.

  • El Presidente tiene motivos fundados para estar nervioso, por la competencia potencial de la figura de Jeannette Jara, que se insinúa como una posible candidata del Socialismo Democrático y la Democracia Cristiana,  actuando desde el Partido Socialista.
  • Boric pertenece a una generación que llegó para quedarse, y es natural que aspire a regresar algún día a La Moneda “en gloria y majestad”. Para que ese escenario sea plausible, necesita que su administración no quede fijada en la memoria colectiva como una experiencia fallida.
  • En definitiva, el frenesí de estas semanas finales aparece como un esfuerzo desesperado para impedir que se consolide un juicio adverso, que se transforme en un obstáculo infranqueable para sus aspiraciones políticas.
  • En último término se trata de un asunto personal, de su futuro liderazgo dentro de la coalición que lo acompañó en el gobierno. Para él, es imperativo que sobreviva fuera del poder. Lo que se ve bastante difícil con el “oficialismo” más fracturado que nunca; y, sin la unidad de toda la izquierda, su espacio político se jibariza, su liderazgo se diluye quedando relegado al Frente Amplio y al PC, fuerzas que no dan el ancho para sustentar sus ambiciones. (Ex Ante)

Jorge Schaulsohn