En el intenso debate sobre la presunta actitud iliberal del gobierno del Presidente José Antonio Kast en su propuesta por darle más poderes y atribuciones al Estado para combatir la delincuencia, una buena parte de la derecha ha olvidado la saludable postura contraria a otorgarle más poderes y atribuciones al gobierno que en general tienen los liberales. Porque uno nunca debiera olvidar lo peligroso que resulta dotar al gobierno de poderes y atribuciones excesivas, las voces de la derecha liberal debiesen hablar fuerte y claro contra la inconveniente idea de, so pretexto de enfrentar la crisis de seguridad, hacer crecer en exceso el aparato estatal y concentrar demasiados poderes en el ejecutivo.
Los liberales creen que la libertad es el valor más importante que debiera promover las sociedades. Porque la gente debiese tener el derecho a hacer lo que quiera con sus vidas sin temor a represalias por parte del Estado o de grupos que quieran imponer sus propios valores al resto de la sociedad, los liberales creen que el contrato social debiese ser especialmente cuidadoso en evitar que el Estado adquiera demasiado poder. Si bien se necesita un Estado fuerte y eficiente que haga respetar las libertades individuales, siempre existe un riesgo no trivial de que termine por regular en exceso la vida de las personas, limitando las libertades individuales más allá de lo necesario o razonable.
Cuando el Estado es demasiado grande, resulta inevitable que se multipliquen las regulaciones y las restricciones innecesarias. Cada vez que se crea una nueva burocracia, los burócratas que reciben sueldo estatal necesitan crear reglas que justifiquen sus propios cargos. Inevitablemente, muchas de esas reglas restringen innecesariamente la libertad individual. Cada vez que se establece un reglamento o un permiso burocrático, el Estado restringe —algunas veces para bien, pero muchas veces para mal— la libertad de las personas.
En los años 80, cuando buscaba desenterrar las ideas liberales, el Presidente de Estados Unidos Ronald Reagan sintetizó la amenaza que representa un Estado demasiado grande al declarar que las nueve palabras más temidas del idioma inglés eran “yo soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”. Precisamente porque quiere usar al Estado para construir una sociedad diferente, definida más por la igualdad que por la libertad, la izquierda a menudo cree —y argumenta— que el Estado es más parte de la solución que del problema. En su discurso de victoria, el entonces alcalde electo de Nueva York, Zohran Mamdani sintetizó la visión izquierdista de que el Estado es la solución a los problemas con las siguientes palabras: “Demostraremos que no hay problema demasiado grande para que el gobierno lo resuelva, ni preocupación demasiado pequeña para que le importe». Para Mamdani, los problemas los soluciona el gobierno. Para los liberales, los problemas se solucionan promoviendo la creatividad de las personas y generando los incentivos correctos para optimizar la creatividad individual y la innovación.
En el debate político que se ha producido a partir de la agenda contra la delincuencia e inseguridad que ha propuesto el gobierno, la izquierda ha enarbolado la bandera de la libertad y ha liderado con fuerza la advertencia contra un Estado demasiado poderoso. Por su parte, sabiendo que los chilenos viven con temor a la delincuencia y no pueden ejercer su libertad de caminar tranquilos por la calle, el gobierno ha hecho una serie de propuestas que buscan dar más herramientas al Estado para garantizar la seguridad de las personas.
Sorpresivamente, algunas de las propuestas parecen desconocer el riesgo que implica otorgarle demasiados poderes y atribuciones al Estado —que pueden ser usadas de forma abusiva por cualquier gobierno o por burócratas estatales.
No es de sorprender que varias voces liberales se hayan sumado a la crítica oportunista de una izquierda que a menudo cree que las soluciones a todos los problemas pasan por otorgarle más poder al Estado. El hecho que los liberales estén ahora en la misma vereda de la izquierda criticando al gobierno no significa que defiendan los mismos valores. Mientras la izquierda critica al gobierno porque discrepa de los poderes adicionales específicos que La Moneda quiere darle al Estado, los liberales desconfían en general de la facilidad con que el gobierno de Kast ha abandonado la saludable actitud de dudar que la solución a los problemas del país pasa por darle más poderes al Estado.
Aunque es comprensible que el gobierno busque implementar medidas que protejan la seguridad de tal forma que las personas puedan ejercer su libertad sin temor a ser las víctimas de la delincuencia, La Moneda no debiera olvidar que siempre hay riesgos cuando se le entregan demasiados poderes y atribuciones a las burocracias o al gobierno de turno. La libertad es un bien demasiado valioso como para entregárselo al cuidado exclusivo del aparato estatal.
Ahora que se ha abierto a revisar su paquete de reformas para combatir la delincuencia y la inseguridad, el gobierno del Presidente Kast debiera recordar que, muchas veces, darle más poderes y atribuciones al gobierno y hacer crecer el Estado termina generando más problemas que soluciones. (El Líbero)
Patricio Navia
