La juventud siempre ha sido una etapa de búsquedas, pero pocas veces esas búsquedas se han vivido
con tanta soledad como hoy. Ser joven implica más que una edad o una condición pasajera. Todos lo
hemos sido alguna vez y, con el tiempo, dejamos de serlo. La juventud no es una fecha o un tránsito
biológico, sino una construcción social propia de la modernidad occidental. A diferencia de otros
momentos históricos, hoy los jóvenes habitan la ambigüedad. No son considerados niños, pero
tampoco terminan de ser reconocidos como adultos. En ese territorio intermedio necesitan espacios
para crecer y, sobre todo, guía para no hacerlo solos.
Este momento vital está marcado por una autonomía reciente y frágil, que debe afirmarse y defenderse
de manera constante. Los tiempos y espacios juveniles se transforman en escenarios de ensayo
identitario. Es el momento del “yo soy”, del deseo de diferenciarse y dejar huella. Allí emerge una
tensión inevitable con el entorno, con la autoridad y con quienes administran los espacios en disputa.
La necesidad juvenil de intervenir y transformar lo que los rodea ayuda a comprender buena parte de
sus fricciones con el mundo adulto.
En este escenario, el espacio virtual aparece como un ámbito central para el desarrollo personal. Los
jóvenes han crecido junto a él, incorporándolo de manera natural a su vida cotidiana, y muchos de sus
recuerdos se encuentran atravesados por experiencias vividas en Internet y sus plataformas, tanto
valiosas como dolorosas. En la búsqueda de autonomía, la juventud llega a este espacio, lo ocupa y lo
habita. Allí construye vínculos y los rompe, prueba formas de ser, las afirma o las descarta, en un
proceso que no responde a un uso instrumental, sino a una experiencia vital que ocurre mientras se
van formando como personas. Sin embargo, el mundo adulto suele quedarse en lo visible. Observa la
pantalla, el teléfono o el computador, pero no alcanza a ver lo que realmente está ocurriendo detrás de
ellos.
La discusión, entonces, se empobrece. Se habla de reducir tiempos, de prohibir accesos, de apagar
dispositivos. Pero la clave no está en menos pantalla, sino en más acompañamiento, en más adultos
pendientes de nuestros jóvenes. El espacio virtual no es ni más, ni menos inocente que el espacio
físico. Así como de niños aprendimos por dónde cruzar, qué no tocar y de qué cuidarnos, los jóvenes
también necesitan orientación para moverse en estos nuevos e inhóspitos territorios.
Hoy, demasiadas veces, han vivido esa experiencia en soledad. Y si seguimos respondiendo con
prohibiciones en lugar de presencia, no solo renunciamos a acompañarlos. Terminamos confirmando
su intuición más profunda. Que están solos justo en el momento en que más necesitan ser vistos.
(Red NP-Dirección de Comunicación y Medios-Vicerrectoría de Vinculación y Compromiso Público-Universidad Católica de Temuco)

José Alegría Morán
Académico Departamento de Ética Aplicada
Universidad Católica de Temuco