En defensa de los bingos

En defensa de los bingos

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Mucha gente me pregunta si voy a ir al gobierno y contesto: “Primero, no me han invitado. Y segundo, no creo porque sigo pensando igual”.

Si un colegio tiene un vidrio quebrado, hay dos formas de arreglarlo. La fórmula que le gusta a la izquierda: que la gente se indigne, haga una marcha frente al Mineduc, que el ministro de turno se comprometa a solucionar el problema, llame a una licitación pública, se dicte el decreto, pase por Contraloría, se abran los sobres y se adjudique a una fundación recién creada por un camarada. Así, el Estado en poco más de ocho meses, y después de gastar ingentes sumas en procedimientos engorrosos, abogados y asesores, cambiará el vidrio.

La otra solución es la de derecha: que la gente se empodere, haga una vaca, un bingo, una kermesse o una rifa, con la plata compren los materiales y el fin de semana vayan con sus niños y entre todos arreglen el colegio. Así, en dos semanas, la comunidad escolar organizada a un costo mínimo soluciona el problema. Esto además, como aconseja la Agencia de la Calidad de la Educación, tiene un efecto positivo sobre el rendimiento académico, mostrando compromiso y responsabilidad de la comunidad educativa en torno a su colegio.

La izquierda me funó por defender esa idea, acusándome de insensible, negligente, miserable, tacaño y para qué sigo. La derecha se quedó callada y no se atrevió a dar la pelea cultural de fondo, una pelea moral y filosófica. ¿Qué significa empoderarse?, ¿qué significa responsabilizarse?, ¿quién es el más indicado para resolver un problema: el afectado que sabe dónde le aprieta el zapato o el funcionario/político que no sufre las consecuencias de las soluciones que propone?

Para la izquierda, la solución de los problemas debe venir del Estado. Allí están los funcionarios y políticos que desinteresadamente y sin contaminarse por intereses mezquinos o por afanes de lucro saben cómo solucionar los problemas de la gente. Para financiar las soluciones deben sacarle plata a la misma gente mediante impuestos. Y luego asignarla de forma de satisfacer de mejor forma el bien común. Esto aplica para todo, desde educar a los niños hasta financiar las jubilaciones. Todo debe hacerlo el Estado. Como sabemos, ese sistema termina corrompiéndose por los conflictos de interés, la negligencia funcionaria y el aprovechamiento político. Los funcionarios y políticos que administran el Estado nunca resultan tan virtuosos, tan eficientes ni tan neutrales. Los proclives al partido de turno aportan menos y jubilan antes que los demás, consiguen los mejores trabajos y se saltan las colas que hace el resto (Ministra de Salud).

Para la derecha, el Estado es el último recurso. La que debe organizarse para solucionar sus problemas es la sociedad civil. Son las familias las primeras encargadas de sus niños y ancianos. Son las personas las primeras responsables de su jubilación, para no recargar a los demás o a sus hijos con el costo de su vejez. Solamente si no pudo, deben los hijos primero y el Estado después acudir en su auxilio. Es una muy mala idea endilgarle la solución de todos los problemas de la vida al Estado, porque nos deshumaniza, dificulta la creación de comunidades, debilita los vínculos sociales de familia, vecindad y amistad. Cuando es el Estado el encargado de dar soluciones a los problemas de la ciudadanía y ante una necesidad de ayuda, la respuesta surge espontánea: “Para eso pago mis impuestos, que se haga cargo el fisco”. Por eso es que la izquierda quisiera estatizar la Teletón; le molesta el voluntariado de bomberos; detesta los colegios subvencionados y les pone impuestos a las donaciones filantrópicas. El poder de los gobiernos se debilita con la derecha y eso no les gusta a los profesionales de la política. El asistencialismo es un enemigo de la libertad y la democracia, con buenas intenciones esclaviza y deshumaniza.

El discurso donde me referí a los bingos lo hice en el aniversario de Enseña Chile, una organización que encarna esa misma idea de que las soluciones a nuestros problemas pueden venir de la sociedad civil: jóvenes profesionales asumen el desafío y se dedican ellos mismos a enseñar, más que a marchar para exigir que el Estado eduque mejor. Se empoderan. Es lo que hace Desafío Levantemos Chile —que un amigo me lo describió como “Techo para Chile, pero sin culpa”— y tantas otras instituciones que congregan el esfuerzo privado para la solución de problemas públicos. De eso se trató la elección pasada, de elegir entre el comunismo estatista, fabricante de miseria, violencia y tiranía, y los partidarios de una sociedad libre, vibrante y democrática que, no siendo perfecta, es mejor que la alternativa. Ganó la sociedad libre, defendámosla. (El Mercurio)

Gerardo Varela