Ireneo Funes, el personaje de Borges, no podía olvidar nada. Recordaba cada hoja de cada árbol y reconstruir un día entero le tomaba un día entero. «Pensar es olvidar diferencias», concluía el narrador, y sospechaba que Funes no era capaz de pensar. Lo leímos como fantasía. Hoy es el manual de uso de nuestro teléfono.
Cada mensaje, foto y comentario que producimos queda guardado, con fecha y hora, en algún servidor, y cualquiera puede encontrarlo. Lo que antes se desvanecía, como la carta extraviada o la frase dicha en la sobremesa, hoy sobrevive intacto y literal. El olvido, que durante toda la historia humana fue la norma, pasó a ser la excepción.
Solemos creer que el olvido es una falla de memoria. Es lo contrario: una de sus mejores funciones. Nietzsche decía que se puede vivir casi sin recuerdo, pero que es imposible vivir sin olvidar. La psicología agrega que recordar es reconstruir, no archivar, y que la carga emocional de los malos recuerdos se apaga antes que la de los buenos. Necesitamos que el dolor se enfríe. Sin ese olvido, cada mal recuerdo sería una herida abierta.
De ese enfriamiento depende el perdón. Hannah Arendt sostuvo que, sin la posibilidad de ser perdonados, quedaríamos atrapados en un solo acto, víctimas para siempre de sus consecuencias. Dos amigos se reconcilian no porque recuerden con exactitud lo que se dijeron, sino porque el tiempo desdibujó la letra y dejó el sentido. Una familia vuelve a sentarse a la mesa porque nadie guarda un registro literal del agravio. Perdonar necesita un espacio entre el hecho y su recuerdo.
La red suprime ese espacio. El archivo digital no tiene contexto, ni edad, ni pudor. Una broma escrita a los diecisiete años pesa lo mismo que una convicción a los cuarenta. Una captura de pantalla reabre la pelea que el tiempo iba cerrando, porque ya no hace falta recordar, basta con revisar.
Así, las personas quedan fijadas en su peor momento. Paul Ricoeur pedía decirle al culpable «tú vales más que tus actos», pero el buscador no dice eso: muestra el acto, primero y sin fecha. El efecto alcanza incluso a quienes nunca han errado en público: saber que todo queda, y que se leerá sin contexto, empuja a la autocensura y a vivir ante un jurado eterno. La implicancia para el quehacer político es evidente, facilitando la cancelación y el alejamiento de talentos valiosos. Los jóvenes, que necesitan equivocarse para formarse, son los más expuestos.
Conviene precisar. No se trata de olvidar los crímenes graves ni de esconder lo que la ciudadanía tiene derecho a saber; la memoria histórica es una obligación, y ningún poderoso debería poder borrarse. Hablamos del olvido cotidiano: los errores de juventud, las palabras dichas en el enojo, las condenas ya cumplidas. Y de quienes sufren la difusión de imágenes íntimas, para quienes el hecho de que la red no olvide equivale a que la ofensa no termine nunca.
¿Qué hacer? Las plataformas podrían hacer más: mensajes que caduquen por defecto, herramientas para borrar lo antiguo, ningún recordatorio que resucite lo que nadie pidió ver. Pero el remedio último es cultural: preguntar por la fecha y el contexto antes de juzgar, no capturar ni reenviar lo dicho en confianza, no desenterrar el pasado ajeno por deporte.
Una sociedad que lo recuerda todo puede estar muy informada, pero le cuesta perdonar: sabemos casi todo de casi todos y, sin embargo, nos cuesta más que nunca dejar que alguien deje de ser su peor momento. Recuperar el olvido no es renunciar a la verdad, sino defender la posibilidad de empezar de nuevo. Elegir no recordar es, a veces, la forma más concreta que tiene el perdón. (Ex Ante)
Jaime Mañalich
CLAPES UC
