Una preocupación, en algunos casos bastante parecida al pánico, se está manifestando por estos días en el mundo progresista. Se han parafraseado una y otra vez las palabras con que Marx y Engels iniciaron el Manifiesto Comunista, esta vez transformadas en “un fantasma recorre América: el fantasma de la extrema derecha”. Y, efectivamente, las victorias de fuerzas identificadas con la derecha más extrema podrían parecer el fenómeno político más llamativo -y para muchos el más inquietante- a la luz de los recientes resultados electorales en Colombia y Perú, y antes en Paraguay, Argentina, Ecuador y nuestro propio país.

Una segunda mirada, sin embargo, muestra una realidad distinta. Esos triunfos electorales no han significado la imposición de una ola arrolladora. Por el contrario, han sido resultados estrechos y, en algunos casos, dramáticamente estrechos. Incluso en Chile, donde la victoria presidencial de José Antonio Kast se acercó al 60% de los votos en segunda vuelta, resulta evidente que pequeñas variaciones en la primera vuelta podrían haber producido un desenlace muy distinto. Franco Parisi obtuvo alrededor de medio millón de votos menos que Kast y, de haber pasado él al balotaje, probablemente habría recibido buena parte de los mismos sufragios que finalmente se movilizaron para impedir el triunfo de Jeannette Jara.

Por eso, el hecho político verdaderamente relevante no parece ser la emergencia de una derecha extrema irresistible. En varios de estos países, los nuevos gobernantes carecen de mayorías legislativas propias o de estructuras políticas consolidadas. El verdadero fantasma que recorre América es otro: la virtual desaparición del centro político, tanto de izquierda como de derecha. Y es precisamente ese vacío el que ha permitido que las elecciones sean definidas por los extremos, casi siempre por márgenes reducidos y donde la competencia entre proyectos de gobierno ha dejado lugar al miedo, la rabia o el rechazo.

En política, igual que en la naturaleza, sigue siendo válida la tercera ley de Newton: toda acción genera una reacción en sentido contrario. Por ello, la situación que hoy enfrentan los antiguos partidos de centroizquierda y centroderecha en América Latina y en Chile no puede comprenderse sin examinar sus propias decisiones del pasado reciente. De ahí que tantos se pregunten hoy en Chile: “¿Por qué perdimos?”. Es una pregunta que corresponde responder a las fuerzas políticas -de izquierda y derecha- que reconstruyeron la democracia chilena y que hoy se ven sometidas a la influencia de los extremos. Hasta ahora, buena parte de esa reflexión se ha desarrollado en círculos intelectuales y académicos, particularmente en la izquierda. Se trata, sin duda, de un espacio necesario. Pero la política no se detiene mientras académicos e intelectuales reflexionan. Todos los días obliga a dirigentes y representantes populares a tomar decisiones concretas. Y son precisamente esas decisiones las que revelan las convicciones profundas de quienes las adoptan. “Por sus frutos los conoceréis”, advirtió Jesús en el Sermón de la Montaña y pocas actividades humanas confirman con tanta claridad ese aserto como la política.

La discusión en torno a la Ley de Reconstrucción ha ofrecido durante los últimos días ejemplos particularmente ilustrativos de ello. Frente a la iniciativa del gobierno, el Partido Socialista y el Frente Amplio concurrieron con propuestas propias. El PS hizo lo que corresponde a una fuerza que pretende incidir: presentó medidas concretas y elevó la apuesta negociadora al pedir la división del proyecto, separando la reforma tributaria de las materias directamente vinculadas a la reconstrucción por los incendios en Viña del Mar y el Biobío: fue una entrada a la negociación. El Frente Amplio, en cambio, cuestionó la lógica general del proyecto y presentó una alternativa distinta, enfatizando que su discrepancia era con el enfoque mismo de la propuesta gubernamental. El Partido Comunista, por su parte, optó por abstenerse de formular propuestas y desestimó la utilidad de ese tipo de conversaciones. En una sola jornada quedaron, así, expuestas tres conductas distintas, tres maneras de entender el diálogo político y tres concepciones diferentes acerca de la democracia representativa.

El gobierno, por su parte, actuó con una mezcla de apertura y presión. Mostró disposición a negociar, pero no dudó en aprobar la idea de legislar usando la precaria mayoría de tres votos que puede ejercer en el Senado. Esa es también una forma de negociar: demostrar que tiene una alternativa a una solución negociada y que está dispuesto a utilizarla aun cuando ella genere una ley precaria y con pocas posibilidades de proporcionar seguridades jurídicas a futuros inversionistas.

Para demostrar su disponibilidad a la negociación, el gobierno, por intermedio del ministro Quiroz, sugirió que considera la posibilidad de modificar el proyecto de ley en lo que toca al crédito tributario al empleo, focalizándolo en nuevas contrataciones de mujeres y jóvenes, y en relación con  la invariabilidad tributaria con la reducción de su duración a 20 años y la incorporación de una prima de entrada (propuesta que hizo el PS), pero ofreciendo esta última posibilidad a cambio de bajar a 22 y no a 23% la tasa del impuesto corporativo. Este gesto podría ser una reacción al documento con propuestas que, transversalmente (esta vez el PC se avino a participar), enviaron senadores de oposición a los ministros Quiroz y Alvarado la noche misma del día en que se aprobó la idea de legislar y que, al decir de la senadora Vodanovic, presidenta del PS, constituye una suerte de síntesis de lo que plantearon los expertos que expusieron ante la Comisión de Hacienda del Senado. Es decir, las partes ya están negociando.

La discusión de la Ley de Reconstrucción que tendrá lugar durante el mes de julio será, así, el espacio en el que mostrar la extensión y profundidad de las visiones de todos los actores políticos, demostrándola en su práctica concreta más que en reflexiones académicas. Un terreno en que un sector de la centroderecha, liderado por el jefe de la bancada de diputados de Renovación Nacional, Diego Schalper, dio un ejemplo: decidieron enfrentar los previsibles denuestos de la derecha extrema y se atrevieron a alzar la voz para criticar el reinicio de un nuevo ciclo de acusaciones constitucionales cruzadas que son la expresión más clara y a la vez más destructora de la institucionalidad democrática. Se opusieron por ello a aprobar la acusación en contra del exministro Nicolás Grau y anunciaron la presentación de un proyecto de reforma constitucional para aumentar el quorum necesario para aprobar acusaciones en contra de ministros y otras autoridades de igual rango.

Ese es el tipo de actitudes políticas concretas que definen a un político y a una organización política. Las reflexiones académicas son necesarias, pero son estas decisiones prácticas las que finalmente revelan el carácter de las personas y de las organizaciones. La pregunta que queda abierta es si habrá en la centroizquierda y, particularmente, en el socialismo democrático, la disposición a realizar gestos equivalentes. Porque si el verdadero problema de nuestro tiempo es la desaparición del centro político, su reconstrucción exigirá mucho más que diagnósticos brillantes: requerirá actos concretos de coraje político. (El Líbero)

Álvaro Briones