El tono de Kast-Francisca Echeverría

El tono de Kast-Francisca Echeverría

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El día que fue elegido Presidente, José Antonio Kast cambió de tono. Abandonó el estilo confrontacional con que había construido su personaje público y habló a los chilenos de la calle de un modo sencillo y hasta acá desconocido, que de paso alejó del imaginario de las élites el fantasma de autoritarismo. Para muchos, ese discurso largo y discontinuo constituyó un alivio, una cierta garantía tras un recorrido político marcado por mensajes contradictorios. Para otros, más cercanos, el giro hacia la unidad y los acuerdos pudo sonar decepcionante, como una forma de tibieza anómala en quien había obtenido un inédito caudal de votos. Ya comienzan a despuntar las primeras discusiones sobre qué debiera encarnar exactamente este gobierno y las presiones que recibirá de su propio sector no serán para nada despreciables. Kast tendrá el desafío de mostrar que el perfil que inauguró el 14 de diciembre no constituye debilidad ni impostura, sino una apuesta política capaz de abrir un camino al país tras una larga década de crisis.

¿Qué hizo José Antonio Kast la noche del triunfo? Habló, sin mayor capacidad retórica, sobre el respeto a la ley, la cultura del trabajo, un modo de tratarse entre adversarios políticos, la colaboración de diversas fuerzas en un proyecto de país y el papel activo de cada chileno en reconstruir una convivencia que se ha deteriorado. Se refirió a los inmigrantes con dignidad y sin caricaturas; se comprometió a trabajar con energía, pero sin ofrecer milagros; llamó a tratarnos de un modo distinto en nuestras diferencias, y a buscar restaurar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. No profirió los eslóganes fáciles de las derechas duras ni tampoco humilló a los perdedores. Asumió su papel de Presidente en un nivel distinto al de candidato y dio una señal fuerte de querer gobernar para todos los chilenos.

Con su discurso de ese día, Kast hizo algo importante. Manifestó de un modo nuevo que capta la profundidad de la crisis y su propio papel en ella. Amplió la idea del “gobierno de emergencia” a algo más que las evidentes urgencias económicas y de seguridad: se hizo cargo de un problema de convivencia y de confianza que no había aparecido con esa nitidez en intervenciones anteriores. Mostró que entiende que la inquietud ciudadana no tiene que ver sólo con la delincuencia y la precariedad, sino también con la deficiente respuesta de la política institucional y con el hastío por la fractura paralizante entre las clases dirigentes. Y sus palabras no fueron sólo la constatación de esos quiebres, sino también un intento de empezar a restaurarlos. Su discurso, débil en oratoria, tuvo una dimensión performativa.

Si en un debate de días previos se vio a Kast agrediéndose mutuamente con su contrincante, en el discurso tras la elección dio la impresión de que abandonaba el personaje y recuperaba a la persona: empezaba a decir lo que quería decir, más allá de la estrategia. Dejó de actuar para imponerse, y buscó establecer puentes con sus distintos aliados y sus contrincantes, y desde ahí se situó frente a los chilenos, aspirando a representarlos. No intentó seducir, torcer la atención a proyectos propios, sino que miró al país auténtico y a sus habitantes reales, e inauguró un vínculo con ellos. En estos gestos, y pese a haber avivado en el pasado otras lógicas, dio la impresión de ser más que nunca él mismo: un chileno (y un cristiano) que está ahí no para sí ni para defender intereses partidistas, sino para trabajar por un bien que es común y que involucra a personas concretas.

Si Kast es consistente con ese primer mensaje, su objetivo no será la consolidación de una fuerza de derecha con rasgos filoautoritarios, ni de una visión del mercado que pretenda supeditar toda la vida social a sus propios criterios. Los forcejeos que pueda haber desde las distintas derechas por la hegemonía de ciertos discursos constituirán el primer reto del Presidente electo y definirán en buena medida su capacidad de hacer frente a la imponente tarea que viene.

Kast ya ha marcado un rumbo, que no es claudicación, traición a sí mismo, ni renuncia a impulsar algo nuevo. Por el contrario, este tono del Presidente electo, más real y sobrio, puede ofrecer al país una alternativa todavía inexistente para superar la crisis política, social y económica en la que estamos sumidos. Hasta ahora es sólo un comienzo que requiere consolidarse. No todo depende de las palabras, pero este caso muestra hasta qué punto son importantes. (El Líbero)

Francisca Echeverría