Los gobiernos rara vez terminan siendo aquello que prometieron sus programas. Las circunstancias, los intereses que articulan y el ejercicio del poder van configurando su carácter. Algo de eso comienza a ocurrir con el Gobierno Kast.
Su origen ideológico está en Jaime Guzmán y su equipo económico habla el lenguaje del neoliberalismo: disciplina fiscal, rebaja de impuestos, desregulación y medidas pro-inversión. Jorge Quiroz encarna esa tradición y, simbólicamente, quiere ser Büchi.
Pero la práctica del gobierno está dibujando otra cosa.
Daniel Mas representa esa mutación. Su tarea no es solo mejorar las reglas generales, sino identificar sectores, proyectos y cuellos de botella, y movilizar al Estado para destrabarlos. Minería, energía, salmonicultura, construcción o infraestructura empiezan a relacionarse directamente con un Estado que se define a sí mismo como “facilitador de la inversión”.
Eso ya no es el neoliberalismo que triunfó en 1975.
Ese año fue decisivo, porque fue cuando los Chicago Boys comenzaron a desplazar dentro del régimen a la derecha nacionalista, desarrollista y corporativista, representada entre los militares por Gustavo Leigh, en la tecnocracia desarrollista por Raúl Sáez y en los círculos políticos por Sergio Onofre Jarpa.
Aquella derecha concebía la economía desde los sectores productivos, los gremios y un Estado activo. Jarpa sólo reapareció después de la crisis de 1982, tras fracasar en su diseño político y económico, sale del gobierno cuando Büchi entra a Hacienda.
Ahora, ¿está volviendo Jarpa? No exactamente, porque no es la reedición de su nacionalismo económico, del estatismo o de la idea de un proyecto nacional conducido por el Estado. Pero sí reaparece ese rasgo corporativista, esto es, concebir la economía desde sus sectores organizados y disponer desde el Estado incentivos y medidas específicas para su desarrollo.
La singularidad de Kast empieza a ser una mezcla más pragmática: neoliberalismo en la macroeconomía y corporativismo en la gestión productiva. Quiroz establece las condiciones generales, Mas articula al Estado con los gremios empresariales. No es la restauración de 1975, sino un neoliberalismo corporativizado, donde el Estado vuelve a ser activo.
Eso contiene un riesgo y abre, inesperadamente, una oportunidad para la izquierda. El riesgo es una nueva captura oligárquica del Estado: una economía funcional a sus núcleos de poder, ya sin la aspiración universalista de la modernización liberal.
La oportunidad es que la propia derecha está terminando con el tabú de la política industrial. La disputa ya no será Estado o mercado, sino qué Estado, para desarrollar qué capacidades y distribuir entre quiénes el poder y las oportunidades que genera el crecimiento. (La Segunda)
Jorge Insunza
