El ataque sufrido en Valdivia por la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, es completamente inaceptable. Nadie debiera pasar por algo así. Menos una autoridad de la República. Y menos aún una mujer, y de origen indígena. La ministra Lincolao es un lujo para el Estado de Chile: es una mujer que ha logrado construir un imperio de soluciones tecnológicas aplicadas a políticas públicas, que ha recibido diversos reconocimientos, como haber sido considerada una de las cinco mujeres más importantes para la comunidad latina en Estados Unidos por la prestigiosa revista Forbes (2016), una “titán de la tecnología” por la revista Washingtonian (2017), «Latina del año” por la Revista Latino Magazine y Visa (2023), y como una de las “10 chilenas que están cambiando al mundo” destacadas por TVN (2024). A pesar de todo eso, Lincolao dejó su cómoda vida en Washington para asumir un desafío mayúsculo en Chile. No por ambición; no buscando fama. Sólo como una forma de trabajar por Chile.
Ante este hecho, mi más franco repudio. Sencillamente no se puede tolerar algo así. Y es de esperar que muchos se sumen a este coro. Quienes callan se convierten en cómplices pasivos de la violencia. Porque, para quienes protagonizan estos actos —y también los que guardan un sospechoso silencio— las banderas del feminismo o de los derechos de los mapuche parecen ser, más bien, consignas vacías. Retórica útil cuando conviene, prescindible cuando incomoda. Pura música.
Hace años, el episodio de María Música —cuando lanzó agua a la entonces ministra Mónica Jiménez— generó un rechazo transversal. Fue un escándalo. Nadie lo relativizó. Hoy, en cambio, abundan los silencios. ¿Nos acostumbramos? ¿O depende de quién esté al frente?
La señal es clara: si no frenamos esto ahora, nos llenaremos de Música. Y no precisamente de música agradable.
El problema de fondo, sin embargo, es más profundo. Estamos viendo señales —todavía dispersas, todavía “controlables”— de una violencia que puede escalar. Lo ocurrido en Calama hace pocos días, junto con otros episodios que han ido apareciendo con cierta timidez en distintas partes de Chile, configuran un cuadro preocupante. Lo que parte como una pequeña ola puede terminar como un tsunami.
Ya lo vimos en 2019. Todo comenzó con un inocente llamado a “saltarse los torniquetes”. Lo que vino después es historia conocida. Violencia desatada, destrucción masiva, y daños que —hasta hoy— siguen golpeando con más fuerza a los más vulnerables. Muchos de los supermercados saqueados y quemados nunca volvieron a abrir. Y quienes más lo resienten no son los grandes empresarios, sino las familias que se quedaron sin acceso cercano a bienes básicos.
Ese espejo es incómodo, pero necesario. Porque nos recuerda que la oposición de entonces, obnubilada con la posibilidad de volver al poder, no estuvo a la altura en las primeras horas. Y las primeras horas —sabemos— son cruciales.
La pregunta que surge ahora es, entonces: ¿será distinto 2026 que 2019? ¿Podremos contar con todos, independiente de la vereda en la que se encuentren?
Durante el Gobierno del Presidente Boric, le hice esta misma pregunta a varios dirigentes del entonces oficialismo, y muchos me aseguraron que habían aprendido la lección. Que esto no podía repetirse. Bueno, en la cancha se ven los gallos. Según cómo reaccionen hoy, veremos qué tipo de oposición quieren ser: una democrática, que cree en la paz social, o una mezquina, que ve en el caos una oportunidad.
La violencia siempre es grave. Y cuando apunta contra quien tiene poder, no es menos condenable. Un pueblo sin autoridad es un pueblo sin convivencia.
Hace pocas horas, el cardenal Chomali escribió en sus redes sociales: “Para comprender el fenómeno de la violencia en los colegios hay que mirar lo que pasa en la familia. ¡Décadas desvalorizando el matrimonio y la familia!; ¡décadas pauperizando la autoridad de los padres y los profesores!”. A eso habría que sumar algo más: llevamos años debilitando la autoridad de quienes, desde el Estado, tienen la difícil tarea de conducir el país.
Hoy más que nunca corresponde pedir respeto. Respeto por las reglas, por las instituciones, y por quienes ejercen la autoridad, aunque no nos gusten.
Si no somos capaces de ponerle atajo a esto hoy, más temprano que tarde volveremos a enfrentarnos a una violencia que no sabemos dónde termina.
El resto es, ya lo sabemos, música. (El Líbero)
Roberto Munita
