¿Se aprende de los fracasos? Al respecto, debemos observar en el tiempo la respuesta de Estados Unidos ante su derrota frente a Irán. Episodio en el cual la “superpotencia” no consiguió imponer las condiciones para poner término a las hostilidades. Por el contrario, en los 14 puntos firmados en Versalles se recogen las demandas de Teherán, proyectando un Irán repotenciado en su influencia regional si es que se consigue superar la moratoria de hostilidades pactadas por 60 días, para luego avanzar a la fase siguiente de un acuerdo definitivo. Lo cual muy posiblemente sea, o al menos intente, ser boicoteado por Israel.

Por cierto, los miembros de la OTAN que han perseverado en desatender las convicciones éticas y los principios jurídicos que han prohibido el crimen de agresión en el Estatuto de Roma, no se sumaron a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, sino que optaron por mantenerse como espectadores del desenlace. Ello sin presentar posiciones categóricas frente al crimen internacional de agresión, acción que se realizó precisamente cuando la diplomacia fue truncada por una ofensiva militar que pretendió evitar un avance en las negociaciones que aparentemente pretendían contener el desarrollo nuclear iraní.

Al respecto, si su histórico aliado –Estados Unidos– hubiese conseguido eliminar el régimen de los Ayatolás sin el costo que les ha significado el cierre del Estrecho de Ormuz, posiblemente la acción de fuerza habría sido celebrada con los argumentos en “favor de la estabilidad y los derechos humanos de los iraníes”, sin embargo, la evidencia nos permite afirmar que los festejos hubiesen respondido a la posibilidad de ser beneficiados gracias a la conversión de Irán en un nuevo aliado. Uno que les facilitaría un mayor abastecimiento de hidrocarburos.

El regreso a la anarquía que beneficia a los poderosos debe contar con la anomía del resto, y a su vez esa conducta explicita la decadencia de actores que -según su narrativa- encarnan los principios y valores con los que Occidente contribuyó a la protección de la dignidad humana.

La erosión sistemática de la observancia de esa contribución que dio legitimidad, principalmente, a las democracias liberales, se robustecía en el reconocimiento de la diplomacia como el principal mecanismo para el entendimiento, la estabilidad y la paz. Ella se movía entre los lineamientos acordados y regulados en la Carta de las Naciones Unidas y en los distintos regímenes internacionales.

La clave de la estabilidad ha sido el diálogo y una actitud abierta a la comprensión de las causas que generan las tensiones y los conflictos en el escenario internacional, mientras que la misión de la diplomacia es buscar formas de acuerdo que no transgredan las normas y los principios del respeto.

En efecto, hemos visto con mayor intensidad el resurgimiento del “Far West” con la llegada del siglo XXI: la guerra ilegal en Irak, la ocupación de Afganistán, las acciones para derribar a Gadafi, la consolidación de la impunidad permanente sobre los crímenes cometidos sobre población palestina, la inacción ante la crisis de Sudán, el papel que están jugando potencias europeas y otras en el Sahel, las acciones militares que regresan al Líbano a la edad de piedra, entre otros muchos escenarios en los cuales hemos sido testigos de las contradicciones de los “promotores de la libertad”.

En consecuencia, no hay señales que permitan un retorno de la diplomacia, básicamente porque no hay líderes que la unjan, sin embargo, la aceleración del declive o decadencia podría ser un primer paso para que el futuro no muy lejano nuevamente se considere a la diplomacia seria como el instrumento que mejor cautela los intereses nacionales y la convivencia. (El Líbero)

Jaime Abedrapo