El Tercer Foro de Desarrollo de América Latina y el Caribe con China concluyó el 19 de agosto en Zhengzhou, provincia de Henan. La reunión definió seis áreas de cooperación que abarcan tecnología, bienestar social, energía y educación, pero no anunció montos de inversión, plazos de ejecución ni acuerdos vinculantes. Por eso, su verdadera importancia no reside en resultados inmediatos, sino en que Beijing busca extender su presencia más allá de la compra de materias primas y la construcción de puertos, para entrar en terrenos más sensibles y duraderos: las normas tecnológicas, las políticas sociales, la formación de profesionales y la producción de conocimiento.
No fue una cumbre, pero puede dejar huella
El encuentro fue organizado por el Instituto de América Latina de la Academia China de Ciencias Sociales y el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe, SELA. Por China participaron Qiu Xiaoqi, representante especial para asuntos latinoamericanos, autoridades académicas y funcionarios de Henan. Del lado latinoamericano asistieron representantes del SELA, la Comunidad Andina, la Asociación de Estados del Caribe, la CEPAL, la Organización Latinoamericana de Energía, además de diplomáticos, académicos y empresarios.
No fue una cumbre presidencial ni una reunión ministerial del Foro China-CELAC. Tampoco se firmaron tratados de libre comercio ni se anunciaron grandes créditos o proyectos de infraestructura. Presentarlo como un salto histórico en las relaciones birregionales sería, por lo tanto, inflar el globo más de la cuenta. Sin embargo, estos encuentros cumplen otra función: fijan prioridades, forman redes y convierten gradualmente los conceptos promovidos por Beijing en temas aceptados dentro de la agenda pública latinoamericana.
Seis áreas que también responden a China
El foro identificó seis líneas de trabajo: tecnología digital y reducción de la pobreza; envejecimiento demográfico y crecimiento inclusivo; comercio agroalimentario; energías renovables e innovación tecnológica; logística inteligente y empleo; y cooperación educativa y entre centros de estudios. Son asuntos relevantes para América Latina, pero también coinciden, casi punto por punto, con las fortalezas industriales y las dificultades internas de China.
El gigante asiático posee una enorme capacidad productiva en vehículos eléctricos, paneles solares, baterías, telecomunicaciones, comercio electrónico y logística inteligente. Al mismo tiempo, la desaceleración económica y la contracción demográfica limitan la capacidad de su mercado interno para absorber toda esa oferta. América Latina aparece entonces como mercado, fuente de alimentos, energía y minerales críticos. La cooperación en pobreza, envejecimiento y educación permite, además, que China deje de ser solamente un socio comercial y comience a influir en la gestión pública, la investigación académica y la formación de nuevas generaciones.
Una transformación silenciosa
La primera edición, realizada en Beijing en 2024, se concentró en presentar la llamada “modernización china” y establecer un canal de diálogo entre centros de estudios. La segunda, celebrada en Lima en 2025, incorporó infraestructura, digitalización, energía, gobernanza global y la necesidad de corregir los desequilibrios comerciales. La tercera regresó a China con una agenda más concreta, vinculada a empresas, gobiernos locales y políticas sociales.
Comparado con las reuniones ministeriales del Foro China-CELAC, las cumbres empresariales y las actividades de la Franja y la Ruta, el encuentro de Zhengzhou tuvo menor rango político, menos recursos comprometidos y escaso impacto mediático. Sin embargo, vino a completar una pieza menos visible del despliegue chino: una red permanente integrada por académicos, organismos regionales, gobiernos locales y empresas. No es el escenario principal de la diplomacia china hacia América Latina, pero puede ser el lugar donde se escriban algunos de sus futuros libretos.
El problema no es vender más materias primas
China ya es el principal socio comercial de varios países sudamericanos, pero la relación continúa siendo marcadamente asimétrica. América Latina exporta principalmente soja, cobre, hierro, petróleo y litio, mientras importa maquinaria, productos electrónicos, vehículos, paneles solares y otras manufacturas de mayor valor agregado. La CEPAL lleva años advirtiendo que las exportaciones regionales hacia China están excesivamente concentradas en unos pocos productos primarios, una estructura que puede profundizar la reprimarización de las economías latinoamericanas.
Por eso, el éxito de estas seis líneas no debería medirse por el aumento del intercambio comercial, sino mediante preguntas bastante más incómodas: ¿las inversiones chinas desarrollarán proveedores locales?, ¿crearán empleos estables?, ¿habrá una transferencia tecnológica efectiva?, ¿quién controlará los datos?, ¿podrán sobrevivir las empresas nacionales frente a la entrada masiva de vehículos, plataformas digitales y manufacturas chinas a bajo precio?
Si no existen respuestas claras, la “logística inteligente” podría terminar acelerando la llegada de productos chinos; la cooperación energética podría limitarse a extraer litio y cobre, y la reducción digital de la pobreza podría generar una dependencia prolongada de plataformas, equipos y tecnologías de vigilancia provenientes de China.
Estados Unidos enfrenta algo mayor que un foro
Considerado aisladamente, el encuentro de Zhengzhou no modificará el equilibrio entre Estados Unidos y China. Pero al sumarlo al puerto de Chancay, las redes eléctricas, la tecnología 5G, los vehículos eléctricos, la cooperación espacial, los medios de pago y los programas educativos, surge una estrategia regional mucho más amplia y de largo aliento.
Washington cometería un error si respondiera únicamente con advertencias sobre la “amenaza china”, sin ofrecer financiamiento, acceso a mercados o alternativas de infraestructura. Esa actitud reforzaría la percepción de que Estados Unidos exige alineamiento político, pero no está dispuesto a contribuir al desarrollo regional. Beijing, en cambio, podría seguir presentándose como un socio respetuoso de la soberanía y solidario con el Sur Global, pese a las dudas que persisten sobre la transparencia de sus empresas, los subsidios estatales, la seguridad de los datos, el impacto ambiental y las condiciones laborales.
América Latina debe fijar sus propias reglas
El Foro de Zhengzhou no constituye un hito histórico, sino una declaración de intenciones cuyos resultados todavía están por verse. China necesita mercados, recursos naturales, respaldo diplomático e influencia internacional. América Latina necesita capital, tecnología, infraestructura y mayores opciones externas. Hay espacio para cooperar, pero sus intereses no son automáticamente coincidentes.
La región no debería verse obligada a escoger entre Washington y Beijing, ni convertir la “cooperación Sur-Sur” en un cheque en blanco. Licitaciones transparentes, evaluación ambiental, protección de datos, empleo local, transferencia tecnológica y diversificación de las inversiones deben ser condiciones básicas de cualquier acuerdo. En definitiva, el impacto de estas seis áreas no dependerá solamente de lo que proponga Beijing, sino de la capacidad latinoamericana para sentarse a la mesa con una agenda propia y sin regalar la mano. (Red NP)
Andrés Liang
Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica
