Si se necesitaba una señal del atribulado momento por el que está pasando el país, se nos apareció el Imacec de mayo -el quinto consecutivo bajo cero- que viene a ahondar nuestros prolongados desvelos. Desde 1990 sólo dos veces el promedio de ese indicador en los primeros cinco meses del año fue negativo (si se excluye el dato de 2020, resultado de una economía impactada inusualmente por la pandemia).

La mayoría de los jóvenes chilenos no habían experimentado hasta ahora el que podría ser el primer semestre de sus trayectorias vitales con una economía decreciendo y el empleo hundiéndose a ojos vista, sobre todo para ellos.

“Emergencia, recesión, estancamiento, póngale el nombre que quieran”, escribió con inquietud Cristián Warken en su última columna.

¿Cómo pudo la economía vibrante de los “30 años” caer en el pozo en el que ahora nos encontramos y que ya dura más de una década? No es un misterio ni mucho menos: la espesa permisología le puso un fuerte freno a la inversión; los costos laborales al empleo; las frondosas regulaciones a la productividad; y, las reformas tributarias, a la inversión extranjera. Todo eso se hacía bajo el supuesto que las consecuencias sobre la economía serían como mucho marginales, contradiciendo a quienes alertaban de lo contrario -se les motejaba peyorativamente de “economicistas”-, es decir, que podrían impactar severamente su dinamismo hasta el punto de un posible estancamiento.

Pero, sobre todo, se impuso en la élite política una corriente -más bien una contracorriente- que puso al crecimiento económico en ralentí (el régimen mínimo de revoluciones por minuto de un motor en marcha sin acelerar), mientras se impulsaba sin mayor contención el gasto del Estado y de las personas -los retiros de fondos de pensiones y los IFEs les proveyeron de una soñada liquidez-. En poco tiempo nos gastamos como país en guerra los ahorros laboriosamente incubados a lo largo de años y décadas.

En la década pasada se extendió una cierta idea que el país ya había crecido lo suficiente y que ya era hora de repartir sin demora los frutos que se habían acumulado hasta allí. Para peor, la reposición de esos ahorros -que sólo puede lograrse en un nuevo ciclo de crecimiento sostenido- no ha alcanzado el necesario consenso político como para reparar más temprano que tarde la debilidad en la que de un tiempo a esta parte se ha puesto la economía chilena.

En muchos sentidos Chile es ahora la sombra de lo que fue hace apenas unos cuantos años atrás. Y lo es por la inhabilidad del sistema político para enfrentar oportunamente las nuevas exigencias que imponen los tiempos y las contingencias, cediendo a la tentación de gastar lo que ya no hay en las arcas fiscales.

Nunca hemos debido olvidar las palabras que escribió Martin Luther King ya en 1958: “el progreso humano no es automático ni es inevitable”, a lo que agregó que “cada paso hacia la meta requiere… esfuerzos incansables y la preocupación apasionada de individuos dedicados”. La batalla por el progreso debe seguir librándose sin cejar, para que el talento, el emprendimiento, las empresas y sus colaboradores, los que toman riesgo y crean riqueza, aporten lo mejor de cada uno al desarrollo humano de Chile. Darla por ganada o abandonarla a medio camino ha sido un error garrafal que debemos corregir sin demora. (El Líbero)

Claudio Hohmann