Es difícil dudar que la intervención norteamericana en Venezuela marcó un punto de inflexión, en muchas dimensiones. Sin embargo, no es fácil determinar su naturaleza: ¿qué significa esa inflexión? Si acaso es cierto que el orden liberal internacional de posguerra está agónico, ¿con qué categorías será reemplazado? Supongo que no hay reto intelectual más urgente que responder estas preguntas: será imposible tomar decisiones correctas si no sabemos en qué juego estamos involucrados.
En ese contexto, lamentarse por la derrota del derecho internacional no parece ser el mejor camino. En parte porque ese entramado ha sido completamente impotente para detener la tiranía chavista y proteger a los venezolanos, y en parte porque esa instancia —al menos en su versión contemporánea— reposa sobre una ilusión progresista. El primero en formular esa ilusión fue Kant, quien aseveraba que el mundo avanza de modo inexorable hacia la paz. La convicción de que el mundo podría regirse por reglas es inseparable de la fe en que la historia tiene una dirección (que, por cierto, solo el progresista conoce). La dificultad estriba en que dicha ilusión conduce a tomar malas decisiones: el progresista no acepta el conflicto y, por lo mismo, queda extraviado en el mundo tal y como es (si alguien tiene dudas, basta ver cómo está desapareciendo Europa del mapa geopolítico).
Guste o no, el derecho internacional solo es efectivo cuando es convergente con los intereses de las grandes potencias. De allí que apelar a sus normas sin atender al contexto —y a sus condiciones de posibilidad— implica pedalear en el aire. Puede ser útil para confortarse moralmente, pero no para actuar en el mundo. Si se quiere, aquí aplica con precisión la crítica de Maquiavelo: quienes dibujan repúblicas imaginarias que nunca han existido y nunca existirán no entienden nada de política.
Nada de lo dicho obliga a conformarse con la postura cínica del realista. El discurso de la pura fuerza tiene más de un punto ciego, pues no deja ver que siempre hay múltiples bienes en juego. Si el internacionalista corre el riesgo de ver solo reglas abstractas, el realista solo ve intereses desnudos. Y, de hecho, es difícil concebir una justificación para la intervención en Venezuela en ausencia de un itinerario democrático. La fuerza no lo explica todo, y la noción de interés es más equívoca de lo que parece: al fin y al cabo, allí se alojan fenómenos muy distintos que el realista no puede distinguir.
En cualquier caso, la pregunta central subsiste. Si tanto el internacionalismo como el cinismo son insuficientes, ¿qué criterios emplear? La respuesta, como sugería Raymond Aron, remite a la prudencia: debemos esforzarnos por comprender los fenómenos, identificar los bienes comprometidos e intentar tomar las mejores decisiones en contextos inciertos. Dicho de otro modo, ni la mera apelación a reglas abstractas ni el falso cinismo de la fuerza reemplazan el ejercicio de nuestra libertad. El problema venezolano solo puede comprenderse desde estas coordenadas. La fuerza no se justifica a sí misma y, al mismo tiempo, la inacción frente a la tiranía tenía bastante de culpable.
Por lo demás, todo indica que estos dilemas serán cada vez más frecuentes. Estamos presenciando un cambio de época, que merece ser examinado con detalle: pasamos de una aplastante dominación unipolar a un escenario con múltiples actores en pugna. Este es el dato fundamental: los Estados Unidos ya no son el hegemón ni están en condiciones de garantizar la paz global. Eso los obliga, según indica su política de seguridad nacional, a asegurar su propia área de influencia. No pueden controlar el mundo, pero sí pueden controlar parte de él. La gestualidad de Trump tiende a ocultar este cuadro de fondo: el mandatario encarna el fin de la globalización feliz, pero ese orden está agonizando por motivos ajenos a él. En estricto rigor, no solo está acabando la ilusión del derecho internacional, sino también la ilusión del comercio pacificador. En palabras del historiador francés Arnaud Orain, hemos entrado a una era del capitalismo de la finitud. Si la globalización noventera suponía un mundo ilimitado, donde todos podrían prosperar con la expansión infinita de los intercambios, hoy sabemos que no alcanza para todos. La consecuencia es que todo puede convertirse en objeto de disputa. La creencia de que el comercio supone ganancia para todas las partes —algo así como el axioma elemental de la economía política moderna— ya no persuade ni funciona como argumento. Hay que notar cuán profundo es el cambio de óptica: ya no se trata de instaurar reglas que garanticen el libre intercambio de bienes y servicios, sino más bien de ganar posiciones geopolíticas que permitan adquirir superioridad respecto de los adversarios.
Como puede verse, el episodio venezolano forma parte de una densa trama de factores interconectados. Si Chile quiere jugar algún papel en este escenario, el primer deber de nuestros dirigentes es comprenderlo a cabalidad. Ni la condena vana ni la celebración acrítica de la intervención de Trump contribuyen al desafío. (El Mercurio)
Daniel Mansuy



