La elección de Keiko Fujimori como presidenta del Perú no representa únicamente un cambio de gobierno. También podría marcar un punto de inflexión en la evolución política de América Latina. En los últimos años, países como Argentina, Ecuador y Chile han experimentado un giro hacia gobiernos de centroderecha o de orientación conservadora, reflejando el cansancio ciudadano frente al estancamiento económico, el deterioro de la seguridad pública y las deficiencias de la gestión estatal. Sin embargo, la verdadera pregunta no es si la región gira hacia la izquierda o la derecha, sino cómo este nuevo escenario podría redefinir la relación entre China y América Latina.

Una estrategia china que ha sobrevivido a los cambios de gobierno

Durante las últimas dos décadas, el mayor éxito de China en América Latina no ha consistido en respaldar a determinados partidos políticos, sino en construir una red de cooperación económica capaz de sobrevivir a la alternancia democrática. Tratados de libre comercio, inversiones mineras, proyectos energéticos, puertos, ferrocarriles, redes eléctricas, infraestructura digital, tecnología 5G y cadenas de suministro para vehículos eléctricos forman parte de una estrategia de largo plazo que ha integrado progresivamente a China en el desarrollo económico regional.

El Perú constituye uno de los mejores ejemplos. La entrada en operación del puerto de Chancay redujo significativamente los tiempos de transporte entre Sudamérica y Asia, convirtiendo al país en un nodo logístico estratégico del Pacífico. Al mismo tiempo, la fuerte presencia de empresas chinas en la minería del cobre y otros minerales críticos demuestra que Pekín ya no apuesta únicamente por proyectos aislados, sino por una red estratégica que conecta infraestructura, recursos naturales, logística e industria.

El regreso de la centroderecha no significa un rechazo a China

Algunos sostienen que el retorno de gobiernos de centroderecha implicará un rápido retroceso de la influencia china en la región. Esa conclusión, sin embargo, simplifica en exceso la realidad.

China ha construido un modelo basado en comercio, inversión e integración productiva, no en afinidades ideológicas con un gobierno específico. Tanto administraciones de izquierda como de derecha necesitan crecimiento económico, inversión extranjera, empleo y acceso a mercados internacionales. Mientras esas necesidades persistan, China seguirá siendo un socio económico de enorme relevancia.

Por ello, el verdadero desafío para Keiko Fujimori no será decidir si coopera o no con China, sino cómo evitar que esa relación derive en una dependencia excesiva de un solo mercado o de una única fuente de inversión. Como dice el viejo refrán, ningún país debería poner todos los huevos en una sola canasta.

Lo que realmente podría cambiar son las reglas del juego

Durante su campaña, Keiko Fujimori prometió recuperar la confianza de los inversionistas, fortalecer la seguridad ciudadana, combatir el crimen organizado, atraer capitales y mejorar la eficiencia del Estado. Todo indica que su gobierno mantendrá una orientación favorable a la economía de mercado y buscará reactivar grandes proyectos de inversión, especialmente en el sector minero.

Ello no significa deshacer la cooperación con China ni revertir las inversiones existentes. Lo que sí podría cambiar es el marco institucional que las regula. La revisión de inversiones en infraestructura crítica, la protección de sectores estratégicos, la transparencia en las licitaciones públicas y mayores mecanismos de supervisión podrían convertirse en prioridades del nuevo gobierno.

En otras palabras, lo que está en discusión no es la presencia de China, sino las reglas bajo las cuales esa presencia seguirá desarrollándose.

La competencia entre Estados Unidos y China entra en una nueva etapa

Ese es precisamente el nuevo desafío para Pekín.

Si durante la primera etapa la competencia se concentró en conquistar mercados, la segunda estará marcada por la calidad de las instituciones.

A medida que más países latinoamericanos refuerzan el Estado de derecho, la transparencia y la protección de sus intereses estratégicos, las empresas chinas deberán demostrar no solo capacidad financiera y tecnológica, sino también disposición para operar bajo estándares de gobernanza cada vez más exigentes.

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha desplazado el eje de su estrategia regional hacia la seguridad de las cadenas de suministro, los minerales críticos, la infraestructura portuaria, los cables submarinos y las tecnologías estratégicas. La competencia entre Washington y Pekín ya no dependerá únicamente del volumen de inversiones, sino de cuál modelo ofrece mayores garantías de estabilidad, transparencia y confianza.

El verdadero desafío de Pekín

La victoria de Keiko Fujimori no debería interpretarse simplemente como un triunfo del sector proestadounidense ni como un revés para China. Más bien, representa una señal de que América Latina podría estar entrando en una nueva etapa, donde la apertura económica convivirá con mayores exigencias institucionales y de seguridad nacional.

Si el Perú logra construir un modelo que combine apertura a la inversión extranjera con transparencia, Estado de derecho y protección de sus intereses estratégicos, otros países del vecindario andino podrían seguir un camino similar.

Durante los últimos veinte años, el mayor éxito de China en América Latina fue haber construido una red económica capaz de sobrevivir a los cambios de gobierno. Durante los próximos veinte, su mayor desafío será demostrar que esa misma red también puede adaptarse a democracias cada vez más exigentes en materia de transparencia, institucionalidad y rendición de cuentas.

El verdadero reto para Pekín ya no consiste en llegar a América Latina. Consiste en permanecer en una región donde las reglas del juego están comenzando a cambiar. (Red NP)

Andrés Liang

Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica