Cada avance tecnológico relevante suele ir acompañado de un fenómeno paralelo que se repite con una regularidad difícil de ignorar. Antes de que el problema sea comprendido en su totalidad, comienzan a aparecer soluciones que prometen resolverlo, lo que genera un entorno donde la velocidad de la oferta supera ampliamente la capacidad de evaluación de quienes deben tomar decisiones y donde la urgencia se instala como criterio de acción.

La reciente contención de un modelo avanzado por parte de Anthropic (Mythos) ofrece un ejemplo claro. Mientras la organización optó por restringir el acceso a una tecnología cuyo impacto no ha sido completamente evaluado, el mercado reaccionó con rapidez. En pocas horas comenzaron a circular metodologías, certificaciones y propuestas orientadas a mitigar un riesgo cuya naturaleza sigue siendo incierta, lo que evidencia una desconexión entre conocimiento y comercialización.

Este patrón no es nuevo. Lo que cambia es la velocidad y la intensidad con que se reproduce. La urgencia desplaza al análisis y la acción reemplaza a la deliberación. Empresas que buscan responder a nuevas amenazas terminan adoptando soluciones cuya eficacia no pueden verificar, generando un entorno donde la apariencia de control sustituye al control efectivo y donde la validación se reemplaza por confianza en la oferta disponible.

La dificultad radica en la capacidad de evaluar correctamente a los prestadores de servicios. En ausencia de estándares claros, proliferan diagnósticos genéricos, certificaciones sin respaldo y metodologías que no consideran las particularidades del contexto en el que se aplican. El resultado es una falsa sensación de seguridad que incrementa la exposición en lugar de reducirla, lo que puede agravar las consecuencias de un eventual incidente.

Para los Directorios, este escenario implica un riesgo directo. La aprobación de servicios es una decisión que puede ser jurídicamente cuestionada. La experiencia demuestra que muchos incidentes se originan en la asignación incorrecta de recursos, lo que pone en evidencia un problema de criterio más que de capacidad técnica o disponibilidad presupuestaria.

En este contexto, la gobernanza adquiere un rol central como un mecanismo que permite ordenar la toma de decisiones en entornos de alta incertidumbre. Establecer criterios de validación, exigir evidencia técnica, definir límites claros de implementación y resistir la presión por actuar sin comprensión suficiente son condiciones mínimas para evitar que la urgencia se transforme en negligencia.

La diferencia entre una organización que actúa con criterio y otra que responde de manera reactiva radica en su capacidad de sostener estándares de decisión incluso cuando el entorno empuja en sentido contrario. La urgencia puede ser un incentivo legítimo, pero cuando sustituye al análisis, se transforma en un riesgo en sí mismo. (Red NP)

Juan Pablo López

Director de CiberlegalAbogado