El milenio actual se inició con una fantasía: se había acabado la polarización en el mundo. Y no solo eso: las ideologías también habían sucumbido. Daba lo mismo que gobernara Tony Blair, Ricardo Lagos, Aznar o Berlusconi. Todos gobernaban más o menos igual. La gente se preguntaba cómo el mundo había podido vivir la insensatez de la guerra, en qué momento habíamos tenido líderes tan locos en el pasado.

El sustento académico lo dio Fukuyama. Siguiendo la dialéctica de Hegel, nos alertó del “fin de la historia”, donde en la práctica nadie se oponía a la economía de mercado, a la democracia liberal y a la cooperación internacional.

Fukuyama tuvo razón, pero le faltó agregar que el fin de la historia era solo momentáneo…

Hoy el mundo volvió a girar de la misma forma que siempre, con guerras, polarización, líderes mesiánicos, proteccionismo.

Y estamos, como tantas veces, con el alma en un hilo.

Rol clave en esto ha jugado el líder de Estados Unidos, Donald Trump, quien desde su irrupción en la política rompió todos los esquemas de los aburridos 2000. Su estilo directo, confrontacional e incendiario le permitió conectar con una base de votantes desencantados, pero también profundizó divisiones en la sociedad estadounidense y dividió al mundo. Estados Unidos, lejos de ser el faro de la libertad, se transformó rápidamente en el emblema del proteccionismo, de la agresividad y del iliberalismo.

Tal vez lo verdaderamente nuevo de Trump, y de cierta forma es una “genialidad”, ha sido transformar la política en espectáculo, algo que al ritmo de las redes sociales es verdaderamente inédito. Los discursos de Trump, cargados de frases simples y ataques personales, han logrado una eficacia comunicacional innegable, pero a costa de degradarlo todo. No se sabe cuándo habla de verdad o cuándo habla en broma, transformando la verdad en un concepto relativo. En lugar de contener el conflicto lo exacerba para consolidar poder personal, convirtiendo esa lógica en un método de hacer política.

Ejemplos hay por miles. Basta recordar hace pocos días cuando dijo: “¿Por qué no capturamos el barco? ¿Podríamos usarlo? Me dijeron que no, que era más divertido hundirlo”. La banalidad del mal en estado puro.

Las últimas actuaciones en la guerra de Irán han conseguido que Europa se distancie de Estados Unidos, hasta el punto de declararse ajena al conflicto. La resistencia europea ha provocado otra salida de tono del Presidente estadounidense: habrá que “retirar a Estados Unidos de la OTAN”. Otra amenaza que probablemente no se cumplirá (requiere dos tercios del Congreso para hacerlo). Pero queda claro que, con Trump, la distancia entre las palabras y las cosas es ilimitada.

La guerra de Irán le está costando caro en popularidad. Por primera vez bajó esta semana del 40% de apoyo. Pero más caro le está costando Trump a occidente su forma de hacer política. La vieja democracia liberal y la economía de mercado han perdido a su principal guía. La necesaria unión entre Europa y Estados Unidos va quedando atrás.

El drama es que Donald Trump no es una anomalía pasajera, sino un síntoma que se puede acrecentar. Y mientras las causas que lo impulsaron sigan vigentes, su influencia —o la de figuras similares— difícilmente desaparecerá. El mundo ha vuelto a rodar en el eje de siempre, y un país lejano e irrelevante como el nuestro, lo único que puede hacer es mantener prudente distancia del delirio.

Chile ha mostrado históricamente una preferencia por equilibrios institucionales, incluso en escenarios de alta conflictividad. Una identificación estrecha con Trump podría desalinear a Kast de las expectativas implícitas del electorado chileno respecto de la forma y del fondo, del ejercicio del poder.

Desde Chile no hay mucho más que hacer. (El Mercurio)

Francisco José Covarrubias