¿Qué sensibilidades de izquierda están emergiendo frente al gobierno de José Antonio Kast? La intensidad de la agenda del oficialismo ha puesto esta pregunta en segundo plano, pero cualquier anticipación de escenarios necesita abordarla con detención. Pablo Ortúzar lo hace en una columna titulada «El retorno de la izquierda golpista». En ella pone la alarma sobre la violencia estudiantil, los diputados que piden la renuncia de ministros, el feminismo que llama a cacerolear y un Giorgio Jackson que retorna al púlpito. Todo esto es motivo de preocupación, porque recuerda a los antecedentes de octubre. Sin embargo, hay una diferencia que amortigua las extrapolaciones más ominosas. Mientras la sensibilidad de izquierda que tuvo su apogeo entre la revuelta del 2019 y la Convención Constitucional fue de impugnación y refundación del orden existente, la izquierda actual se halla entrampada en una actitud conservadora. Esta es una novedad que merece análisis. 

Pero, ¿conservadora? ¿No era Kast el conservador por antonomasia? ¿No es una izquierda conservadora una contradicción en los términos? No necesariamente. El conservadurismo —junto al socialismo y el liberalismo— es una de las grandes ideologías modernas y ha venido cargada de ideas y valores sustantivos como el orden, el respeto de tradiciones y jerarquías, una oposición al laicismo y un escepticismo hacia la potencia de la razón y las teorías en política. En esta medida, el conservadurismo no marida bien con la izquierda.

Pero al mismo tiempo, de las ideologías modernas el conservadurismo es la menos definida, precisamente por su escepticismo teórico. Por ello, es susceptible de reducirse a una pura actitud ante el cambio, que emerge siempre que existan partidarios de transformaciones radicales (ya sean progresistas o reaccionarios). Samuel Huntington lo considera «el sistema de ideas usado para justificar cualquier orden social establecido, no importando dónde o cuándo exista, en contra de cualquier desafío fundamental contra su naturaleza, sin importar de dónde provenga».

Es en este sentido que ha nacido una izquierda conservadora. Y con esta aseveración no estoy pensando en un partido o una oposición, sino que en una sensibilidad que trasciende la política profesional y que tiene raíces en la sociedad civil. ¿Cuál es el orden establecido que esta izquierda quiere conservar? Principalmente, el de las políticas del segundo gobierno de Bachelet y Boric: la gratuidad universitaria, la ley de cuarenta horas, la desintegración del sistema tributario y la política ambiental. También, el de las políticas históricas que se han seguido en materia de derechos humanos. Pero, incluso, artefactos de la “tecnocracia neoliberal” como el MEPCO.

A través de los megáfonos desempolvados tras cuatro años de cautiverio no se escuchan impugnaciones al modelo neoliberal, no se siente el rugir de las retroexcavadoras, no suena el dulce anhelo por nada nuevo ni alterno; ni nuevas constituciones, ni otros modelos. Y esto, quiero insistir, es una novedad con un peso específico que se debe aquilatar.

¿Cómo explicarla?

En primer lugar, hay que buscar una respuesta en la propia historia de la izquierda desde el retorno de la democracia. Se podría objetar que los “autocomplacientes” de la Concertación en torno al cambio de siglo constituyeron una izquierda conservadora. Hay dos motivos por los cuales no son equivalentes a lo que hoy observamos. Primero, el legado de la Concertación que los autocomplacientes quisieron conservar es difícil de entender como uno de izquierda. Segundo, su actitud estuvo lejos de penetrar en la sociedad civil.

En segundo lugar, el gobierno de la Nueva Mayoría sí que produjo transformaciones con un claro tenor de izquierda. Sin embargo, tampoco logró instalar una sensibilidad conservadora respecto de estas transformaciones. Para explicar esto es clave el factor de recambio generacional que el Frente Amplio —nacido del descuelgue de Revolución Democrática del gobierno de Bachelet— empujó. Frente a cualquier transformación que hicieran los remanentes de la Concertación, había una generación cuya identidad política consistió en declarar la necesidad de refundar Chile, demoliendo el modelo que la Concertación —por más que se vistiera de Nueva Mayoría— llevaba el pecado de haber perfeccionado. Hoy no existe entre las generaciones jóvenes que siguen a la frenteamplista una contraposición tan marcada como la anterior.

En tercer lugar, los dos gobiernos de derecha de Piñera fueron conservadores respecto de lo que había hecho la Concertación y la Nueva Mayoría. Se llamó a Piñera I el quinto gobierno de la concertación y Piñera II —contra sus propias convicciones— no amenazó deshacer las reformas de la Nueva Mayoría, incluida la gratuidad universitaria. Esto dio cancha a la izquierda para gastar poca energía en conservar algo que Piñera quisiera deshacer y enfocarse en proponer la refundación del orden existente. En cambio, el gobierno actual de derecha exhibe de manera clara un componente reaccionario (en el sentido estricto y descriptivo del término): intenta producir transformaciones sustantivas cuyo sentido es retornar a un estado de cosas que considera mejor y que fue degradado por la actividad del progresismo. Inevitablemente, esto pone a la izquierda en actitud guardiana de lo existente.

Todos estos son factores que sustentan la novedad del fenómeno. Se podría objetar que este conservadurismo es un fenómeno puramente coyuntural y que prontamente la izquierda podría retornar a la actitud impugnadora y refundacional del pasado. Hay dos razones que hacen dudar de esta deriva. En primer lugar, esa actitud se encumbró sobre un relato y un proyecto que se evaporó al calor de los eventos que van de octubre del 2019 hasta el gobierno de Boric. Figuras como Winter o Tohá han reconocido que el gran problema de la oposición es que hoy no tiene un relato y producirlo es difícil en medio de una coyuntura tan agitada. En segundo lugar, al menos el Frente Amplio, enfrenta un dilema: retornar a una impugnación al modelo los llevaría a tener que reconocer que el gobierno de Boric fue impotente; pero ensalzar el legado de Boric impide impugnar un modelo que incorporó sus “logros”.

¿Podría resurgir la impugnación refundacional a la izquierda del Frente Amplio? Esa izquierda siempre ha existido y existirá. No obstante, resulta difícil imaginar que obtenga un respaldo de masas como el que tuvo en octubre del 2019 y en las elecciones de la Convención Constitucional. Existe poco cerco para correr en el escenario actual. Así las cosas, pareciera que el conservadurismo de izquierda sobrevivirá a su primera infancia y será una corriente cuyo desarrollo cambiará la anatomía política del país. (El Líbero)

Lucas Miranda

Profesor Investigador Faro UDD