El hogar común

El hogar común

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En los próximos días, nuestro país vivirá uno de los eventos más relevantes de las últimas décadas de su historia. Un proceso constituyente para trabajar en una nueva Constitución para Chile y pensar cuál es el país que imaginamos juntos y cómo podemos construirlo. Un debate en medio de tiempos complejos de pandemia, crisis políticas y sociales.

Desde hace más de un año que nuestras universidades —junto a otras 27 casas de estudios y más de 60 organizaciones— se unieron para invitar a la ciudadanía a dialogar sobre el país y a imaginar su futuro, respondiendo en una conversación en grupo qué cambiar, mejorar o mantener de Chile. A pesar de las complejidades de la crisis social y la pandemia, más de cien mil personas, mujeres y hombres, de las 346 comunas del país, de diferentes edades y realidades socioeconómicas, respondieron al llamado de Tenemos que Hablar de Chile. Fue así como conversaron a través de una pantalla expresidentes de Chile, dirigentes sociales, académicos y académicas, grandes y pequeños empresarios, personas dedicadas a la política, integrantes de nuestros pueblos indígenas y adultos mayores. Hubo participantes privados de libertad, personas con discapacidad, escolares, migrantes y, sobre todo, miles de personas cuya única credencial era el deseo de compartir sus historias, anhelos e ideas.

Algunos de los hallazgos que encontramos nos pueden ayudar en este camino. El Chile que surge en estos diálogos no es una voz única, pero tampoco bandos en lucha: nuestras diferencias conducen a la complementariedad y no a la polarización. Si bien en estas miles de conversaciones también encontramos una extendida sensación de incertidumbre e inseguridad, y un profundo sentido de fragilidad de los proyectos de vida que supera a la pandemia, el relato común que surge es que no somos —a ojos de la propia ciudadanía— un país inviable por sus quiebres y disputas, sino uno que valora inmensamente su diversidad, el entendimiento y la convivencia. La empatía también emerge como parte de la identidad nacional, no desde las instituciones, sino desde la idea de una ciudadanía que no es apática al sufrimiento de otros y que se pone a disposición para contribuir al bien común.

Otro hallazgo fundamental es que la conversación sobre Chile es todavía una conversación esperanzada. En ella, predomina la convicción de que es posible lograr que las cosas cambien para bien, y que sea un cambio que transforme nuestra convivencia en favor de la cohesión y el encuentro. Está, también, expandido un anhelo: que las instituciones funcionen para todos y todas, que una ética y práctica respetuosa e integradora marque nuestro trato entre las personas, y que la ciudadanía pueda participar más y mejor de las decisiones que afectan a sus proyectos de vida.

Esa participación es, precisamente, fundamental en el proceso que viene. En ese sentido, la participación de la ciudadanía no significa que de ella emanen necesaria y directamente todas las soluciones y respuestas, que la mirada técnica y científica no sea importante, o que los representantes no tengan que cumplir un rol resolutorio en las decisiones. La participación significa, por sobre todo, un vínculo con la cotidianidad. Es asegurar una conexión con la diversidad de las chilenas y chilenos; es un puente con sus experiencias y realidades, con sus ideas y anhelos. Solo de esta forma lograremos un proceso con mayor adhesión y sostenibilidad que resulte en la creación de un mejor futuro para todas y todos.

Chile vive horas decisivas y la ciudadanía nos dice que es tiempo de diálogos amplios y de acuerdos. Porque debemos cuidar con responsabilidad la esperanza de las personas en estos momentos de incertidumbre. Es un llamado a las autoridades políticas, sociales y empresariales. Es también la gran labor que tendrán quienes sean elegidos como convencionales constituyentes: pasar de la disputa a la inclusión, de la divergencia a la convergencia, para así transformar la diversidad de miradas y las diferencias de opiniones en los ladrillos de un hogar común. Nuestras universidades y este proyecto conjunto estamos disponibles para contribuir a estos propósitos. (El Mercurio)

Ennio Vivaldi V.
Rector Universidad de Chile

Ignacio Sánchez D.
Rector Pontificia Universidad Católica de Chile

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