Con el anuncio del gabinete aún en suspenso, el gobierno entrante de José Antonio Kast se perfila entre señales al mercado, pulseadas por Seguridad e Interior y una coreografía de nombres que busca proyectar normalidad: economistas, tecnopols, tecnócratas y figuras con llegada al empresariado. Pero lo decisivo no está en los currículos, sino en el guion político de un “gobierno de emergencia” asentado en un triángulo de seguridad, crecimiento y batalla cultural. En un telón de fondo global de derechas más decisionistas y de retorno del “poder duro”, el ciclo Kast enfrentará dilemas de primera línea: cuánto polarizar con guerra cultural, cómo navegar presiones geopolíticas tipo “Donroe” cuando China es socio clave, y hasta dónde concentrar el poder sin erosionar la legitimidad.
Configuración de un gobierno aún en proceso
El gobierno de José Antonio Kast empieza a configurarse como suelen hacerlo los gobiernos que llegan con la promesa de “orden”: con prisa, con señales a los mercados, con disputas por Seguridad e Interior, y con una verdadera coreografía de nombres en una inevitable danza simbólica. Según reportes de prensa, el anuncio del gabinete se movería a la semana del 20–21 de enero, con el propio Presidente electo estirando el plazo para “afinar” las designaciones.
En ese mismo registro, distintos medios han dado por encaminado el arribo del (micro) economista Jorge Quiroz a Hacienda -designación comunicada en reuniones con el empresariado- y se menciona también a Martín Arrau para Obras Públicas, mientras se diluye la idea inicial de “bi” o “triministros” económicos, al menos en la etapa de instalación. El exministro Claudio Alvarado (UDI-Piñera 2) presidiría Interior, precedido por la fama de ser un hombre dialogante; al igual que García Ruminot (RN), que estaría destinado a La Moneda, ambos con perfil de políticos transaccionales.
El mundo de los tecnopols -académicos con presencia pública y saberes expertos- estaría bien representado igualmente (se habla de Louis de Grange e Iván Poduje), así como la familia de los tecnócratas (en Educación, Salud y Desarrollo Social). La presencia del poder empresario -CEOs de fuste o de primera línea gerencial- se expresaría en Cancillería y en Defensa, y quizás mañana, además, en las carteras de Economía, Energía, Vivienda, Agricultura y Minería, cargos todos susceptibles de ser ocupados también por personal tecnocrático o político. Frente a ellos circulan todavía nombres que entran y salen del foco, según los vaivenes y los balances internos del gabinete de ministros, decisión inicial que, piensan algunos analistas, dirá mucho del talante, los deseos y la orientación del futuro gobierno de Kast.
Nada de esto, sin embargo, agota lo interesante. Los nombres son apenas signos de superficie; fusibles frente a la primera crisis que, temprano o tarde, sobrevendrá, o bien piezas intercambiables en este juego de ajedrez de nunca acabar. ¿Cómo se moverán las piezas y con qué autonomía propia? ¿Cuál será el perfil del gabinete que, desde ya, y si termina concretándose con este tipo de nombres y repartición de influencias, no aparece como especialmente amenazante? ¿Qué relación guardarán los cargos entre sí y con el Presidente? ¿Cómo decantarán las alianzas y los grupos internos? ¿Quiénes serán los ministros más fuertes y cuáles los más visibles? ¿Qué estructura adoptará el gabinete en su funcionamiento orgánico? ¿Habrá o no habrá un comité político? ¿Dónde se manifestará el gobierno de emergencia? ¿Qué papel desempeñará el “segundo piso”? ¿Será centro estratégico, guardián del Presidente, ente coordinador, fiscalizará a los ministros, dirimirá controversias o las creará? ¿De quiénes dependerán las comunicaciones gubernamentales y cómo irá desenvolviéndose “el relato” que tanto le faltó a Piñera en sus dos mandatos?
En su momento ejecutivo, que se acerca rápidamente, la política es el arte de estructurar el vértice del gobierno. El Presidente es, de suyo, decisivo en nuestro régimen y en la tradición institucional chilena. Su carisma personal es una parte esencial de su figura protagónica. Su estilo de trabajo y la impronta de su liderazgo son ingredientes esenciales. Pero, sobre todo, pesan su visión, su ideología y su capacidad de comunicarla al país a través de los medios, las redes sociales y sus acciones cada día.
Por el momento sabemos poco de todo eso, y el Presidente electo ha sido parco en revelar su pensamiento y anticipar la forma de su gobierno. Con todo, ha establecido algunas imágenes. Evitar ser etiquetado de inmediato como un gobierno ultra. Rodearse de figuras convencionales, y respetables, de la derecha. Señalizar a la sociedad una administración de individuos directivos y no de cuotas de partido. Un fuerte elemento “tecno”: tecnopols, tecnocrático, profesional, de la “buena sociedad” y con probable sobrerrepresentación de graduados de la Universidad Católica de Chile. Menos ordenado y planificado de lo que se había supuesto. Con cierta dificultad (vistosa) para entenderse con el partido aliado y su líder, J. Kaiser. Y, alineado, claramente, por un lado, con el establishment empresarial (sus ramas y gremios) y, por el otro, con el frente ideológico de los países latinoamericanos que, orquestados por Milei, toman partido en favor de Trump y su doctrina.
El telón de fondo global: del “soft power” al garrote
El significado más profundo del gobierno en formación, como vengo argumentando en esta columna de opinión, es un cambio de patrón: un relevo dentro de las derechas chilenas, un cambio de estilo de gobierno (de la “gerencia” a la “emergencia”) y, en el trasfondo global, una mutación de las derechas occidentales hacia una política más decisionista, más plebiscitaria y menos liberal.
Quiero ordenar a continuación -como en un mapa de riesgos- los patrones emergentes de este ciclo. No para profetizar, sino para comprender la lógica interna del proyecto y -sobre todo- las tensiones que asoman. Porque, como se ha repetido hasta el hastío en estos días, si algo enseña la historia reciente es que los gobiernos que confunden un triunfo heterogéneo con un mandato ideológico absoluto suelen acortar dramáticamente su propia luna de miel programática.
A este respecto, cabe decirlo de entrada: la novedad mayor no está en Chile. Está en el mundo que Chile habita.
El giro contemporáneo de las derechas -en Europa, India, Turquía, Estados Unidos, Brasil, Argentina, Centroamérica- no es simplemente un corrimiento “hacia la derecha” dentro de un mismo eje liberal-conservador. Es, más bien, una reorganización del repertorio: nacionalismo cultural, soberanismo, securitización del conflicto social, desconfianza frente a los controles institucionales y un estilo de liderazgo que privilegia la expedición por sobre la deliberación.
En Estados Unidos, este desplazamiento se expresa hoy como revalorización explícita del hard power y de una política hemisférica de dominación que algunos medios -con ironía involuntaria- bautizaron como “Donroe Doctrine”: un juego de palabras entre Donald (Trump) y la vieja Doctrina Monroe.
Más allá del apodo, el punto es serio: Reuters describe esta orientación como una reactivación de la idea de una “zona de influencia” americana en el continente, con China como blanco estratégico y episodios tan extremos como la intervención en Venezuela y la disputa por el control de recursos energéticos y de cadenas de suministro. Vox agrega que la administración ha explicitado el objetivo de restaurar la “preeminencia” en el hemisferio, invocando la tradición monroísta y coqueteando con una versión contemporánea de “gunboat diplomacy”.
The Economist, desde las alturas de su cátedra liberal, acaba de resumir escuetamente el significado “mundial” de lo que calificó como una “redada” que “importa mucho más allá de Venezuela”. Una razón es cómo sucedió. Fue una impresionante exhibición del “poder duro” y de sus límites. Otra es la razón por la que sucedió. En lugar de citar la democracia o los derechos humanos, como hicieron una vez los presidentes estadounidenses, Donald Trump dijo que su objetivo era controlar el petróleo de Venezuela y afirmar el dominio sobre el hemisferio occidental. Y un tercero es cuándo sucedió. El Sr. Trump está apresurando la desaparición del viejo orden de resoluciones de la ONU, del derecho internacional y de los valores universales. El drama que se halla en curso ayudará a determinar qué ocupa su lugar”.
Este acto importa en Chile por tres razones.
Primero, porque reordena incentivos. Si Washington vuelve a pensar América Latina como “patio trasero geoestratégico”, las cancillerías de la región -incluida la chilena- pasan a operar bajo presión: alineamiento, costos de autonomía, sanciones comerciales, cooperación en seguridad, migración y narcotráfico. El futuro gobierno de Kast tendrá aquí una zona importante de decisiones por adoptar, que seguramente no estaban previstas en el cálculo de su “gobierno de emergencia”.
Segundo, porque exporta estilo político. La retórica de “enemigos”, el vaciamiento del pluralismo y la política como guerra contra amenazas de todo tipo se convierten en un modelo cultural transnacional, amplificado por redes sociales, think tanks, iglesias y circuitos de financiamiento y asesoría. Los republicanos y los nacional libertarios, y los aliados UDI más próximos a Kast, se verán beneficiados por la circulación e importación de dicho modelo, que opera desde México hacia el sur, con batallas clave por venir en Brasil y Colombia. Ese clima puede favorecer aventuras de endurecimiento de las derechas, pero con el riesgo de una mayor polarización ideológica interna.
Tercero, porque ofrece, ¡cómo no!, una coartada de época; cual es la idea -cada vez más repetida- de que “el mundo es peligroso y exige gobiernos resolutivos” (crimen organizado, migraciones, epidemias, cambio tecnológico devastador, irrupción de China). Esto justificaría buscar “democracias más expeditas”, ejecutivos más concentrados y controles con mayor capacidad de respuesta en menos tiempo. Aquí conviene poner luz amarilla al semáforo ideológico: que el capitalismo sea cada vez más veloz no vuelve automáticamente obsoleta la democracia liberal; obliga a ésta a pensarse en clave de efectividad y eficiencia, en vez de sacrificarla al autoritarismo, a la ejecutividad y a la concentración del poder en función de un estado de emergencia permanente.
En breve, estas nuevas derechas no son inventos locales, sino parte de una ola global. En Occidente, adoptan expresiones ideológicas variadas en torno al eje trumpiano de gobiernos de control hobbesiano, a la reorientación geopolítica bajo la inspiración de la ideología MAGA y a la reorganización de las democracias bajo modelos decisionistas y de emergencia frente al mundo de amenazas que nos rodean.
Agotamiento de la derecha postransicional
El segundo patrón que necesitamos cartografiar es el interno. Permite observar, efectivamente, que se agota la derecha postransicional organizada inicialmente alrededor del binomio UDI-RN y su cultura de acuerdos (con sus vetos y votos) que posteriormente entró en fase de oposición más dura. Ahora pasa la posta a un bloque que se auto-percibe como la “nueva élite” de derechas, con fuerza electoral propia, la dirección del gobierno y una clara pretensión hegemónica
He sugerido que lo de Kast no es un simple “movimiento” pendular, sino, como ha dicho Simón Schwartzman, sociólogo y amigo brasileño, un movimiento de balancín: una sucesión de contingencias y crisis que arrastran al sistema desde la ilusión gerencial hacia experimentos refundacionales alternados; arriba y abajo, en una puntual alternancia de fuerzas. Kast llega al gobierno rodeado del germen de una nueva élite que busca sustituir a la “derechita cobarde”, acusada de tibieza ante una supuesta hegemonía cultural de la izquierda. Incluso hay el orgullo revivido de una nueva intelectualidad de derechas, con sus think tanks, influencia académica e identidad emergente, buscando en el pasado siglo inspiradores sobre cuyos hombres pararse (Jaime Guzmán, Osvaldo Lira, Francisco A. Encina, Mario Góngora, Jaime Eyzaguirre, Gonzalo Vial, Alberto Edwards).
En la nueva derecha convergen, con tensiones internas, al menos tres familias. Conservadurismo social cristiano: orden moral, familia, autoridad disciplinaria y sospecha frente a las políticas de género y diversidad. Libertarismo nacional (o “nacionallibertario”): antiestatismo selectivo (menos regulación económica, más Estado punitivo), soberanismo, desprecio por los organismos internacionales, apetito por la batalla cultural. Securitarismo de tipo “democracia protegida”; esto es, la idea de que el pluralismo es un lujo cuando hay “emergencia” (¡y siempre la hay!) y que el orden -incluida la guerra cultural- puede requerir un Estado más coercitivo que, en lo mínimo, debe ser un guardián hobbesiano. De aquellas fuentes y estas corrientes -que han sido estudiadas por Cristi y Ruiz (1992), Herrera (2020, 2023), Alenda (2021), Verbal (2022)- se organiza, en un debate de posturas contrastantes, el pensamiento actual de las derechas chilenas.
Por mi parte, sostengo que las corrientes contemporáneas de derechas iliberales se inscriben en una tradición iliberal chilena de largo aliento -con resonancias portalianas y culminación autoritaria en el siglo XX- y que hoy se revitaliza en Occidente como presión en favor de democracias de emergencia, instrumentales, orientadas al control social y a la acumulación del capital, liberado de excesivas “permisologías”.
Lo importante aquí, por ahora, no es demonizar, de entrada, esas corrientes de pensamiento en desarrollo ni cancelarlas bajo el rótulo de “fascistas” u otros espantapájaros semánticos. Es necesario atender y describir lo que está ocurriendo en Chile: un traslado del centro de gravedad desde una derecha liberal-conservadora (a ratos meramente pragmática, y, no olvidar, perfectamente conforme con nuestra peor experiencia dictatorial del siglo XX) hacia una derecha que busca traducir y reescribir la cultura política de su sector en términos radicalmente distintos. Aquellos propios de una ideología “democrática autoritaria”, alimentada por el trumpismo MAGA y una incipiente ideología de “seguridad nacional integral”, civil y militar, de fronteras e Hinterland, moral y práctica, de Estado de emergencia y apertura de la economía para la libre circulación de los animal spirits.
Del gobierno gerencial (Piñera) al gobierno de emergencia: Kast
El tercer patrón de nuestro mapa en construcción es el estilo de gobierno. Si Piñera representó -caricaturizando un poco- la política como administración y el Estado como empresa (New Public Management con pen drive para los ministros), el ciclo Kast se perfila más bien como gobierno de emergencia: un Ejecutivo que se concibe a sí mismo en un “teatro de guerra” donde se han de ejecutar las operaciones encaminadas a emancipar la economía, asegurar un orden securitario y librar las “batallas culturales”.
En una ocasión anterior propuse una imagen que considero útil: un gobierno organizado en áreas funcionales que llevan a cabo las prioridades centrales de la emergencia.
En primer lugar, el Estado hobbesiano (Seguridad, Interior, Justicia, Defensa) como núcleo de promesas inmediatas: crimen, migración, fronteras. Es una zona de alto riesgo, pues la búsqueda del favor inmediato de las masas y del temprano reconocimiento por parte de los poderes fácticos puede provocar “mareo de altura” y errores catastróficos.
En segundo lugar, el motor del crecimiento (Hacienda, Economía y carteras productivas, logísticas e infraestructurales) necesario para liberar los animales spirits; una suerte de “unleash the dogs of war” shakespeareano, pero en los mercados, reduciendo permisología, bajando impuestos, acelerando inversiones, estimulando la competencia, apoyando a los grandes capitales, restituyendo el orden público, fomentando alianzas público-privadas y retirando lo más que se pueda al Estado de la esfera económica.
Es una zona de ganancias potenciales si acaso se observa el despertar de esos “espíritus”, dándole movimiento al mundo del trabajo y del consumo. Las cartas de Fortuna, además, aparecen repartidas en favor de las pretensiones gubernamentales. Como siempre, el riesgo es la concentración de las ganancias, el abuso empresarial, la sensación de autosuficiencia de la élite, los discursos triunfalistas (cómo no recordar a algunos ministros de Piñera y al propio Presidente, fotografiándose victorioso junto al plinto del “derrotado” general Baquedano).
Y, en tercer lugar, el Hinterland, la retaguardia ideológica, donde se libran las batallas culturales, las de mayor impacto a mediano y largo plazo: en la educación (en todos sus aspectos, como currículo, valores, disciplina, sala de clases, autoridad docente), combate al secularismo, expurgación de cualquier wokeismo, moral sexual, ideologías de género, interculturalidad, universidades y su autonomía, libertades académicas y de comunicación, etc. Colonizar esta esfera -de la cultura, la memoria, la imaginación, las ciencias y las humanidades- es hoy una prioridad de las nuevas derechos duras, iliberales, extremas o radicales. Es a la conquista de hearts and minds que se siente llamadas las “fuerzas del bien”.
Este triángulo –seguridad, crecimiento, cultura– configura, en el caso del proyecto Kast, el andamiaje interior de su gobierno de emergencia, que buscaría simultáneamente: (i) Efectividad en resultados visibles (baja del delito, control territorial, expulsiones, cárceles, golpes mediáticos); (ii) Eficiencia en medios (gestión tecnocrática del Estado, desregulación de los mercados, “destrabar” inversiones, reducir burocracia); y (iii) hegemonía cultural para que los avances logrados no sean meramente reconocidos en los sondeos de opinión sino que se transformen en “sentido común”.
Tensiones del ciclo: cuánto, cómo y a qué costo
Llegamos así al punto decisivo de los patrones que hemos descrito hasta aquí: el de las tensiones que amenazarán al gobierno de Kast. Si éste aspira a transitar desde un modelo liberal-conservador de estilo gerencial, como el adoptado por Piñera en sus dos administraciones, hacia un modelo de emergencia-seguridad + crecimiento acelerado + restauración cultural, entonces sus dilemas no son secundarios; son constitutivos. Y, desde ahora, identificarlos puede servir para anticipar las evoluciones del nuevo gobierno.
¿Cuánta guerra cultural puede soportar un gobierno que promete orden?
La guerra cultural tiene un problema práctico: consume agenda, polariza y obliga a gobernar con el lenguaje de trinchera. Puede entusiasmar a la base, pero también puede estrechar la coalición necesaria para reformas en los planos de seguridad y de economía. Este es un dilema que recorrerá al gobierno Kast, tironeado de un lado por los halcones -Kaiser, sus hermanos y su partido- y, del otro, por las palomas, el segmento moderado y pragmático de su bloque de apoyo.
Aquí el efecto “pinza” interna adquiere importancia: si el ala dura necesita demostrar su épica cultural para no sentirse traicionada, la moderación táctica del Presidente tenderá a ser inestable. Hay, pues, el riesgo de un constante vaivén y de una lucha intestina latente, en la que Kast no podrá esconder sus valores y su visión del mundo, como hizo durante la campaña.
¿Cuánta subordinación a la “doctrina Donroe” y al MAGA-trumpismo es viable en un país como Chile, cuyo principal socio comercial es China?
Esa doctrina empuja a escoger bandos o, al menos, a pagar costos por la ambigüedad. Reuters describe la doctrina como orientada a expulsar la influencia de competidores (China, Rusia, Irán) del hemisferio, con el control de recursos y de las cadenas de suministro como obsesión. Para Chile, significa que la Cancillería no será sólo un ministerio; será una sala de máquina donde el discurso soberanista chocará con la interdependencia real y las decencias forzadas.
La idea de un canciller dedicado exclusivamente al doux commerce y a promover las inversiones de cualquier país del mundo puede convertirse en una opción bienintencionada pero ingenua. Aquí, los púgiles tendrán que dejar caer los guantes y actuar en medio del chantaje de las grandes potencias que pugnan por el control del mundo y de las riquezas naturales o “raras”. Una vez debilitados los organismos de las Naciones Unidas y las demás instancias de mediación -públicas y privadas- no habrá más el recurso a un árbitro internacional.
La derecha nacional-libertaria chilena, que detesta los “organismos internacionales” pero aplaude los mercados internacionales, se verá en dificultades para llevar adelante una política coherente. Esta tensión no se resolverá con retórica. Chile tiene una larga experiencia de disputas con el poder hegemónico del hemisferio: disputas por el cobre, intervención en el asesinato del general Schneider, ayuda abierta y clandestina al golpe militar y en la posterior represión, y también, en sentido contrario, la valiosa actitud del embajador de los EE.UU., Harry G. Barnes, que apoyó, entre otros, a los centros académicos independientes que durante la dictadura mantuvieron espacios autónomos para el estudio, la investigación, la enseñanza y difusión de las ciencias sociales y las humanidades.
¿Cuánto “mileísmo” cabe en La Moneda?
En el plano regional, el alineamiento con Milei puede ser un modelo (desregulación, choque cultural, guerra contra “la casta”), pero también una fuente de costos: alineamiento tras un procónsul volátil que en cualquier momento se tropieza y dispara al vecino; conflicto permanente con una Argentina que tan pronto le vaya mejor se vuelve de inmediato expansiva, y una política pública y de relacionamiento gobernada por memes.
Además, el mileísmo es -en parte- una economía política neoliberal de motosierra; una manera de entender un gobierno de emergencia. Chile, con su Estado más institucionalizado y su estructura de pactos y su Presidente electo más formal y retraído, no es Argentina. Tampoco su economía es inestable y desordenada. Aun así, existirá una corriente que lleva hacia el trumpismo y que buscará arrastrar a la diplomacia chilena hacia allá, la que -al menos mediáticamente- será conducida, promovida y dramatizada por el presidente transandino.
¿Qué modernización del Estado: gerencia eficiente o decisionismo concentrador?
Seguramente este es uno de los dilemas más delicados. Modernizar el Estado significa hacerlo más capaz (mejor información, mejor gestión, mejor coordinación, mayor profesionalización y nivel tecnológico), pero también puede significar hacerlo más hobbesiano y expedito (menos contrapesos, más discrecionalidad, mayor concentración y uso de los recursos de control y comando).
En la nueva derecha que busca consolidar su hegemonía, algunos segmentos se aproximan al tipo ideal de “autoritarismo competitivo”, donde el mecanismo crucial no es la represión frontal, sino elevar el costo de oponerse a las decisiones de la autoridad ejecutiva. Desde ya existe una tendencia en Kast y sus voceros a emplear la consigna del “gobierno de emergencia” para encapsularlo de posibles críticas. Un intenso foco en las prioridades programáticas debiera ser bienvenido, a condición de que no inhiba la libre discusión, no se use para recortar la agenda pública ni se limite el ejercicio plural de enfoques críticos.
Dicho en otras palabras, la “emergencia” no debiera servir como pretexto para restaurar una “ democracia protegida” que es simplemente una designación local avant la lettre (debida a J. Guzmán) de lo que hoy se denomina democracia iliberal, a pesar de la relativa inestabilidad del término.
¿Qué tan profundo puede ser el “régimen de emergencia” sin romper la legitimidad?
La promesa de seguridad total y crecimiento rápido desafía las “leyes de gravedad” de las sociedades complejas, según dije en una columna anterior. Si el gobierno Kast instala expectativas imposibles, la frustración puede volverse rápidamente en su contra, aplicándole la misma lógica emocional que lo llevó al poder: polarización de las élites, enojo, reclamos y una acumulación de insatisfacciones… pero ahora dirigida contra él.
De hecho, a veces sutilmente, a veces a regañadientes, el grupo del Presidente ha comenzado a abandonar la consigna del país que se cae a pedazos. El gabinete en formación -y sus integrantes que hasta aquí han trascendido- no son para nada un equipo de choque. De hecho, las figuras más exaltadas del nuevo grupo de poder parecen estar quedando fuera de la primera línea ministerial o bien se les asignan posiciones de asesoría estratégica o comunicacional. El discurso confrontacional empieza a ser sustituido por el lenguaje de los tecnopols y de los tecnócratas. Y el círculo íntimo de Kast evita cuidadosamente aparecer promoviendo batallas culturales; una de las razones, seguramente, para deshacerse de Kaiser, vocero de dichas batallas.
Nada de todo esto implica un abandono de esas cruzadas. Ellas siguen latentes en los textos programáticos, los discursos y las propuestas del bloque ganador de la elección del 14-D, así como en las trayectorias de sus líderes. Por lo mismo, lo que ahora existe (y se manifiesta) es la tensión entre las diferentes posturas e ideales que coexisten al interior del gobierno sin dar mayor luz sobre su futuro desempeño.
Epílogo: la prueba de la “figura presidencial”
Entre los columnistas y opinólogos se insiste, con razón, en un punto que hoy se vuelve crucial: Kast debe pasar de opositor irreductible a jefe de Estado (todavía le cuesta), pero, sobre todo, debe construir una “figura presidencial”. Esta es una mezcla de psicología individual, despliegue (performance), institucionalidad encarnada y definición ideológica de su administración del gobierno.
En efecto, la presidencia en Chile no es sólo un cargo; es un dispositivo de conducción, orden, coordinación, moderación y representación simbólica. Es en el ejercicio del cargo que se va definiendo esa figura a través de sus opciones, decisiones, discursos. Así nacen un relato y las narrativas presidenciales, en circunstancias en que la aportación social de significados sobre “este presidente” se convierte en el definitorio de su imagen pública.
Si el gobierno optara por la épica del enemigo interno, correría el riesgo de convertir la “emergencia” en su identidad. Si opta por una moderación sostenida, corre el riesgo de fracturar su base radicalizada. Si intenta hacer ambas cosas, puede terminar en lo peor de ambos mundos: con un perfil ambiguo y con escaso reconocimiento tanto entre los suyos como entre los demás, como pudo haberle ocurrido al Presidente Boric.
Dicho en el lenguaje más sobrio posible: el ciclo Kast se jugará en el delicado equilibrio entre la eficacia estatal para hacer frente a la emergencia que él mismo ha creado y la mantención del principio liberal que anima a la democracia que lo eligió Presidente. La primera, sin la segunda, puede derivar en un orden autoritario “iliberal”. La segunda, sin la primera, podría desembocar en un gobierno impotente, incapaz de dotar al país de un esquema de gobernabilidad con seguridad y crecimiento. (El Líbero)
José Joaquín Brunner



