La opción oficial fue ignorar el aniversario del golpe de Estado y guardar silencio. Fue como intentar borrar del calendario una fecha incómoda. Pero, la historia está allí, con su carga de emociones de toda clase y, en este caso, muchos dolores. El 11 de septiembre es un momento de desgarramiento de la nación y, precisamente por eso, habría sido valioso que el presidente Kast hubiera entregado un mensaje que favoreciera la concordia nacional y la convivencia democrática. No ocurrió así. No hubo tampoco ningún acto religioso en La Moneda como signo de respeto a los caídos hace 53 años.
Se puede entender que el mandatario tenga sus propios sentimientos sobre el significado de una fecha que marcó tan dramáticamente nuestra historia, pero algo pudo haber dicho que, sin violentar sus sentimientos, mostrara una clara voluntad de contribuir, como jefe de Estado, a curar las heridas del pasado y a superar los antiguos enconos. Hubiera bastado con que reafirmara su compromiso de favorecer la cohesión nacional en el marco del régimen de libertades. ¡Cómo no tener algo que decir que ayude a Chile a evitar errores como aquellos por los que pagó un costo tan alto!
El diputado republicano Luis Sánchez intentó explicarlo en un programa de radio Cooperativa. Dijo que la decisión de Kast de no realizar actos oficiales de conmemoración del golpe de Estado, era una forma de “poner atajo a la división” entre los chilenos. “Esta es una fecha sobre la que existen visiones contrapuestas -señaló-. Han pasado ya más de 50 años desde el año 73, tenemos miradas distintas y no porque unos sean más o menos ignorantes (que otros), sino que tenemos historias familiares distintas”.
“Yo no estaba vivo en la época -afirmó- pero me crié con las historias de mis abuelos, con las historias de mis papás, y todos tenemos visiones distintas (…). Habrá gente que tiene familiares detenidos desaparecidos; yo, personalmente, tengo familiares que fueron víctimas de la reforma agraria. O sea, todos tenemos historias en esto, y la posición de cada uno está influida por su historia”.
Por supuesto que lo vivido por cada persona y por cada familia influye decisivamente en el juicio que se tenga sobre el 11 de septiembre, pero somos una nación y el futuro depende de que seamos capaces de aprender de la historia. No se trata de ignorar las discrepancias, pero sí de ponderar aquello que tenemos en común y que debemos sostener para poder vivir juntos. No sirve cerrar los ojos y decir algo así como “cada uno con su preferencia”. Tenemos que proteger el espacio y el patrimonio compartidos.
A partir de 1990, los chilenos hemos hecho un camino de reencuentro que no ha estado exento de dificultades, pero que le ha dado estabilidad al país por casi cuatro décadas. El éxito de la reconstrucción democrática fue posible porque amplios sectores coincidieron en el empeño de dar un sustento sólido al pluralismo y al diálogo. Hubo que desarmar trincheras y tender puentes.
No habrá una historia oficial sobre las causas y consecuencias del 11 de septiembre de 1973. El análisis histórico nunca está cerrado. Lo que sí puede haber son consensos respecto de las lecciones que deben tenerse presentes para que la sociedad sea mejor, o sea, más humana. Se trata de dejar atrás los recelos y las desconfianzas. No es sencillo, pero es indispensable para que las nuevas generaciones no hereden los rencores del pasado.
Tenemos que evitar que el mal se imponga en la sociedad, o sea, las furias sectarias y el avasallamiento de las personas, y eso exige apostar por el entendimiento. Conspiran contra tal posibilidad quienes razonan según un esquema en el cual ellos encarnan el bien absoluto, y los adversarios, el mal absoluto. Es el maniqueísmo que asigna la luz a los propios, y las tinieblas a “los otros”. Fue, exactamente, esa lógica destructiva la que estuvo detrás de los odios y los miedos que precipitaron a nuestro país a la inmensa tragedia del 73. ¿Qué puede impedir que nos hagamos cargo de ello para reforzar el pacto de civilización que es el Estado democrático de Derecho? Nada, por supuesto. Basta con la buena voluntad.
Seguirán expresándose entre nosotros las diferencias propias de una sociedad abierta, pero podemos coincidir en los asuntos esenciales: el rechazo de la violencia como método político, la contención de toda forma de frenesí ideológico, la adhesión sin reservas a la cultura de los derechos humanos y la vida en democracia. (Ex Ante)
Sergio Muñoz Riveros
