Una buena actuación legislativa de gobierno se caracteriza porque une a los propios, divide a la oposición y se asegura de tener los votos para su aprobación.
Cuando sucede que una acción de gobierno divide como nunca a la derecha, une a la oposición e incluso la amplía y no hay más opción que salir derrotados, puede considerarse que se cometió un error de los grandes.
La reforma constitucional en seguridad ha conseguido un repudio muy amplio entre los constitucionalistas, intelectuales y comunicadores. La oposición política habló mucho, pero lideró poco esta reacción colectiva. En cambio, la derecha se explayó en un debate muy amplio que ha sido público casi desde el principio.
Mucho se ha hablado de los contenidos y las consecuencias que tendría un cambio constitucional, pero se ha prestado menos atención a los efectos políticos que tiene el haber presentado esta iniciativa. Sin embargo, esta es una dimensión importante porque este proyecto partió mal, cosechó divisiones, se esperó a que hiciera todo el daño imaginable al oficialismo y se reaccionó tarde al reconocimiento del error.
Propiamente no se trató de una iniciativa de gobierno, sino de una fracción del gobierno, que actuó tan en reserva que gran parte de los que deberían haberla conocido estaban al tanto de sus detalles antes de que fuera oficial. Con posterioridad, la paternidad de semejante criatura solo ha sido asumida por Arrau, lo que confirma la creencia de que ni de lejos actuó en solitario.
Pedir disciplina en el oficialismo cuando la cantidad de sorprendidos es mayor que la cantidad de enterados ha sido imposible. El desorden en las reacciones públicas ha sido completo y, para todos los efectos prácticos, termina cuando la presidenta del Senado, Paulina Núñez, se limita a informar que la reforma constitucional en esta área no concita la unidad de los senadores de derecha y hay que concentrarse en los otros aspectos donde sí existe amplio acuerdo en abordar.
Recién el 25 de agosto el gobierno definió una línea de conducta que le permite sortear lo peor de la polémica, cuando ya el desgaste oficialista había sido tan profundo como inútil.
Antes, muchos dirigentes políticos y parlamentarios, en particular republicanos, habían salido en defensa de la iniciativa, pero más por disciplinados que por convencidos. Los que hicieron lo mismo, pero que ni siquiera son del partido eje de gobierno se vieron obligados a defender la posición oficial con la misma sinceridad que pondría un talibán hablando en defensa de los derechos de las mujeres.
Hay comentarista, falta conductor
En este episodio, como en otros, la directriz presidencial de Kast ha estado ausente. Dar el paso de proponer un drástico desequilibrio de poder a favor del Presidente no podía ser resuelto sin la participación del mismo Kast, pero este reaccionó ante la crisis producida saliendo “en defensa” de Arrau, como si se tratara de una iniciativa sectorial, un exceso de entusiasmo del ministro y se estuviera haciendo un gran lío por “una pequeña reforma a la Constitución”.
Este enfoque no resulta creíble, más parece una maniobra defensiva del Mandatario ante un efecto comunicacional que lo estaba impactando negativamente.
Cierto que la reforma empleaba pocas palabras, pero afecta de modo permanente el funcionamiento del sistema democrático y al ejercicio de los derechos de las personas. Este es un efecto principal, no secundario y es algo a lo que el gobierno le quiso quitar importancia cuando era lo que más llamó la atención pública sin que se explicara bien su necesidad.
El gobierno se ha acostumbrado a actuar por segmentos y no como un todo. Sorprende siempre a algunas de sus principales figuras formales con hechos consumados de los que carecían de información precisa.
No sé si todos entenderán a qué se están refiriendo cuando se acusa la existencia de personajes oficialistas “iliberales”, pero está claro que quienes más se opusieron a esta iniciativa republicana fue un amplio sector liberal de derecha que actuó con gran resolución y claridad de conceptos.
En este debate nadie en el oficialismo puede ser tratado de cobarde. Los que se enfrentaron fueron distintos tipos de convicciones que se defendieron sin ánimo de transarlas. Esta disposición a fijar límites a la iniciativa de su propio gobierno es, quizá, lo más trascendente que dejará este episodio.
Un gobierno que opera por segmentos inconexos
Una cosa es que Kast se haya negado a conformar una coalición de todos sus partidos oficialistas y otra distinta es que asome la imposibilidad de constituir una unidad orgánica, dotada de un mando que le dé coherencia a su actuación.
Se permitió un retroceso en la percepción del ejercicio de una autoridad solvente y eso tiene mucha más importancia que el caso específico que la produjo.
En todo este proceso, el comité político de La Moneda no parece haber jugado un rol relevante. El mismo Kast aparece en el rol de comentarista de lo que hacen sus ministros, pero no asumiendo por completo la autoría de lo presentado.
Nuevamente una situación compleja se deja crecer hasta hacerse casi inmanejable, para que luego un ministro asuma la responsabilidad por los estropicios.
Lo que está en duda es si el gobierno está preparado para actuar mejor o seguirá con este modo fracturado, oscuro y confuso de tomar decisiones a medias y pagar por completo todo tipo de costos.
La Moneda no tuvo ningún control de la situación creada por su propia iniciativa y se le vio durante días dando tumbos, hasta verse obligada a retroceder en toda la línea, sin que nadie puede explicar qué se pretendía conseguir con tanto desatino.
A todo esto, la centroizquierda quedó casi a nivel de observador porque no fue protagonista de la crítica más profunda y certera que quedó en mano de la academia, los constitucionalistas y los comunicadores. Quien ocupó la primera línea política de oposición a este proyecto ha sido la derecha liberal que vio afectada sus convicciones más profundas y que las ha defendido con entereza.
Esto va a redibujar las relaciones políticas. Retrotraerse a la situación anterior no parece realista. Lo que acaba de ocurrir fue una sorpresa, lo que no va a ocurrir es que se repita. Ahora todos estarán esperando que, desde no se sabe bien de que lugares en penumbras de Palacio, surja una nueva iniciativa “iliberal”.
La derecha moderada parecía haberse acomodado a secundar un gobierno que no dirigía. Se sabía derrotada en su propio sector en la última elección. Ahora sabe que no ha perdido su razón de ser y que sus convicciones están intactas, plasmadas en la institucionalidad y pueden requerir que se las defienda. Otra etapa comienza. (El Líbero)
Víctor Maldonado
