La decisión del gobierno de traspasar directamente el alza del petróleo al precio de los combustibles que utilizan los vehículos motorizados y la industria es la primera de su tipo en muchos años, terminando en los hechos con la que ha sido la política pública no escrita desde el estallido social en adelante, de suspender o subsidiar las alzas de los servicios y de los bienes de primera necesidad en cuyos precios tiene incidencia la regulación del Estado.
¿Cuál ha podido ser la razón de una decisión que a todas luces perjudica la apreciación de la ciudadanía respecto del gobierno? No hay que ir muy lejos para advertirla: el Estado no dispone de los fondos para financiar un subsidio que, nadie lo pone en duda, sería extraordinariamente oneroso. Es mucho menos una decisión ideológica y mucho más el resultado del inevitable carácter pragmático que impone la indisponibilidad de recursos. Cuando usted no tiene plata sabe bien que en la práctica no tiene otra opción que ajustarse a esa dura realidad. Sería impensable que si nuestros fondos soberanos estuvieran saludablemente colmados -como hasta no hace mucho- el gobierno no hubiera considerado financiar con esos recursos algún mecanismo para amortiguar el alza -o, incluso, para absolverla hasta un cierto punto-. Pero ahora no hay ahorros soberanos a los que echar mano. Y en esto tampoco hay mayor controversia.
Y es que el déficit crónico de las arcas fiscales no constituye ninguna novedad para el sistema político. La mayoría de los candidatos que compitieron en la última elección presidencial conocían de sobra el problema. Las propuestas que hicieron entonces se enmarcaron en un inédito contexto de responsabilidad fiscal, en lo que ha de considerarse un notable ejercicio de realismo de nuestro sistema político.
Pero mucho antes de lo que nadie previó se produjo lo que muchos venían advirtiendo en el último tiempo: que una crisis internacional -el alza del precio del petróleo de estos días puede considerarse una forma de ella- encontraría al país desguarnecido, sin mayor capacidad de maniobra para enfrentar sus peores efectos.
La oposición, era que no, está aprovechando la oportunidad que le cayó del cielo -del cierre del Estrecho de Ormuz habrá que decir- para acusar al gobierno de la más inicua insensibilidad. Pero no advierte que si de populismo se trata, porque eso sería subsidiar el alza con recursos de los que el Estado apenas dispone, otros -los verdaderos populistas- tienen ventajas para competir políticamente y están listos para aprovecharlas.
La situación a la que se enfrenta el país es lo suficientemente compleja como para esperar de la oposición un rol político-estratégico consistente con el tipo de desafíos que se han puesto súbitamente por delante ya no del gobierno, sino que de la nación en su conjunto. ¿Habrá alguien en la oposición con capacidad para liderar en estos delicados momentos del escenario mundial, cuando Chile requiere a sus mejores hombres y talentos para enfrentar la turbulencia de estas horas? No se oye padre. (El Líbero)
Claudio Hohmann
