La noche del 20 de enero pasado, cuando el presidente electo José Antonio Kast anunció el gabinete ministerial que lo acompañaría el 11 de marzo, supimos que estaba haciendo una apuesta riesgosa al conformar un equipo mayoritariamente de debutantes en lides ministeriales -20 de los 24 ministros- y de 16 independientes, casi todos sin trayectoria política ni previa figuración pública relevante.
En el reclutamiento del equipo jugó un rol consular Alejandro Irarrázaval desde la inédita OPE, tarea que continuó en los niveles siguientes de conformación de la nueva administración. El equipo económico, por su parte, había sido reclutado por Jorge Quiroz, que acompañó a Kast en la campaña como ministro de Hacienda in pectore desde mucho antes de su triunfo en segunda vuelta.
El diseño de gobierno, entonces, se basa en una poderosa dirección económica ejercida sin contrapeso por Jorge Quiroz, y la dirección y control político del gabinete ejercido desde el segundo piso por Irarrázaval, complementados por Cristián Valenzuela a cargo de la dirección comunicacional del gobierno.
Pero nada ocurre exactamente como está previsto. Las circunstancias cambian a veces radicalmente, como el brusco pasaje de la celebración del triunfo con un espectacular 58,2% e inéditos 7,25 millones de votos a encontrarse a menos de dos meses de iniciado el gobierno con un respaldo que oscila entre 29 y 40% según las encuestas.
La apuesta sorprendía por lo arrojada, pero parecía justificada por la fuerza con que llegaba al 11 de marzo el presidente Kast, jugado por una renovación casi total de los equipos y una independencia muy fuerte hacia los partidos políticos que lo respaldan. Ahora que el presidente tiene bastante más rechazo que aprobación en la ciudadanía, reaparece la necesidad de ministros que aporten su capital político y experticia, así como partidos y parlamentarios que defiendan al gobierno.
El diseño de un gabinete sin grandes figuras, la mayoría independientes y sin trayectoria, disponibles para subordinarse a la dirección económica y política señalada, correspondía al periodo de abundancia -más breve que lo previsto por el inusitada alza del petróleo-, el periodo de vacas flacas exige otra manera de organizarse y de funcionar.
Los errores y omisiones, la inexperiencia política, la falta de manejo frente a los medios, el desconocimiento de las lógicas parlamentarias, en fin, todos pecados veniales cuando el gobierno tiene una nítida mayoría social, se convierten en defectos inexcusables desde el momento en que el presidente y su gobierno concitan rechazo mayoritario y su apoyo se reduce significativamente.
Primero comenzó a hacer agua la idea de que estábamos frente al ministro de Hacienda más poderoso del que teníamos noticia desde el inicio de la transición. Por la confianza absoluta del presidente Kast en sus capacidades, su incontestable influencia en el programa de gobierno, la libertad que le otorgaron para poner y quitar reyes en los ministerios asociados a la tarea de recuperar el crecimiento, y también por la autoridad y desparpajo con que comunica sus ideas y decisiones.
No habían transcurrido dos semanas cuando los ministros del Interior y Segpres salvaron in extremis la tramitación en la Cámara de Diputados de las medidas de mitigación del alza de los combustibles, que el ministro Quiroz decidió aplicar de una sola vez sin la amortiguación que permitía el Mepco.
Luego sostuvo un round con los ministros políticos sobre la inclusión de la limitación de edad para la gratuidad universitaria en el proyecto de ley de Reconstrucción y más recientemente debió contemporizar cuando el ministro de Vivienda lo resituó lejos de la condición de primus inter pares que le había sido asignada por el presidente Kast y ejerció en propiedad durante las primeras semanas. Una vez más, la pretensión totalizante de la conducción económica encuentra sus límites y a poco andar el poder de Hacienda comienza a encontrar sus naturales contrapesos.
El otro componente del diseño es el inédito rol que juega el segundo piso en la conducción del gobierno. Tuvimos periodos de mayor y otros de menor influencia y centralidad de este espacio en gobiernos anteriores, pero nunca como ahora hubo la pretensión de ser la instancia central de conducción política del gobierno.
La arquitectura institucional del gobierno de Chile está construida para empoderar a los ministros en sus respectivos ámbitos de acción, con dos puntos focales siempre en tensión, el de la conducción económica desde Hacienda y el de la conducción política desde Interior. El buen funcionamiento gubernamental es cuando éstos están en equilibrio dinámico.
Cuando el poder real está en un espacio distinto de donde está localizado el poder formal, el funcionamiento de las instituciones cruje para restablecer ambos poderes en el mismo lugar. O naufraga. La idea de un segundo piso fuerte, en roles de control y conducción política del gabinete, es completamente disparatada y puede funcionar en época de bonanza, cuando el viento sopla fuerte a favor, al inicio de un gobierno cuando los ministros están afirmándose en sus responsabilidades y calibrando sus poderes.
En cuanto comienzan las dificultades se necesitan ministros que se arriesguen a tomar decisiones, a participar protagónicamente del debate público, a desarrollar capital político y jugárselo para sumar apoyo a su gobierno, ya no sirven autoridades débiles, dependientes y subordinadas a quienes los nombraron.
El Segundo Piso volverá seguramente a jugar el rol asesor del presidente de la República, para informar en detalle de la realidad de la sociedad y de su gobierno, definir lineamientos estratégicos y comunicacionales, en fin, ayudarle a afinar y ajustar objetivos políticos y programáticos, abandonando toda pretensión de control y conducción del conjunto del gobierno. En un rol que exige invisibilidad, discreción y anonimato, el de backstage del presidente.
El ministerio del Interior, desde hace poco liberado de las tareas de seguridad y orden público, está llamado a jugar el rol de jefe del gabinete, de control y conducción del conjunto del gobierno, de coordinación y armonización de las distintas dimensiones y actores de la acción gubernamental, obligatoriamente en estrecha y permanente relación con el presidente.
Terminó el rodaje. Esta semana comienza el trámite de la ley más importante que tramitará el gobierno de José Antonio Kast. Aquí termina la breve etapa en que habrá operado la ilusión de un gobierno conducido por el eje Segundo Piso-Hacienda y comienza una travesía larga y sembrada de obstáculos, más cerca del resultado de primera vuelta que del 58% de la segunda, en el que primará la política, la búsqueda de acuerdos para hacer avanzar sus propuestas, la difícil construcción de mayorías parlamentarias y la más ardua tarea de recuperar adhesión social. En esta etapa el éxito nunca es lo más probable, pero si el poder real y el poder formal no están situados en el mismo espacio y las mismas personas, el éxito pasa a ser imposible. (Ex Ante)
Pepe Auth
