Una hipótesis que se formula desde hace más de 100 años. Oswald Spengler hizo sensación en 1918 con el tema. Lo discutía recurrentemente con el historiador Julio Retamal, gran figura cultural que nos dejó el año pasado, por su libro “¿Existe aún Occidente?” (2007), ya que sosteníamos definiciones distintas de lo que era Occidente. Él veía el último medio milenio como un gradual abandono de los fundamentos; en cambio, lo interpreto como el despliegue de nuevas creaciones, aunque problemáticas, propias a la sociedad abierta.
Lo que se discute ahora es si sobrevivirá el Occidente político-estratégico, basado en la convergencia entre EE.UU. y Europa occidental, resultado de las guerras mundiales, pero que acogía como polo de atracción, incluyendo a Japón tras 1945. Ese conglomerado hizo del “mundo libre” un concepto algo presuntuoso, pero nada de falso, muy veraz para una parte de la humanidad que no estaba dentro de sus fronteras. Ese orden ha sido un ancla del mundo y no solo en lo estratégico.
Parecería que la agresividad de la administración Trump contra la OTAN colmaría los sueños de otra época de los soviéticos y por cierto del régimen de Putin, de separar a Europa occidental de EE.UU. Por otro lado, entonces el general De Gaulle sostenía la necesidad no solo de armamento nuclear para Francia, sino que una estrategia independiente, con un fuerte sabor anti “anglosajón”; sin embargo no se retiró de la alianza política de la OTAN, que al final de los finales garantizaba la propia independencia de los países europeos, entre ellos de Francia.
Ahora, a más de 50 años de la muerte del general y a más de tres décadas de la desaparición de la URSS, se erosiona día a día la confianza entre las democracias desarrolladas —el núcleo del mundo libre—, facilitando a la Rusia provista de un nacionalismo de extrema derecha una hegemonía político-militar en Europa para las próximas décadas. Está el aparente abandono de la entente de parte del Washington actual; como tantas veces, existe también una crisis de autoconfianza interna en Europa. La clase política tradicional —generalizo, por cierto— dejó de tener conciencia de cuáles son los valores occidentales; la nueva clase política que emerge se ofusca en algunos problemas reales, pero sin integrar su visión en una fuente más amplia y se refugia en consignas.
EE.UU. en la era Trump está enfrascado en una redefinición de sí mismo que destaca un nacionalismo estrecho, que a mediano plazo afectará la posición norteamericana en el mundo. Se habrá dañado, quizás irreversiblemente, la idea de un Occidente político-estratégico, además vinculado a ideales y prácticas de la sociedad abierta. No sabemos si la fase actual es el inicio de una posición radicalmente diferente de parte de Washington, o podrá retornar a una asociación con un Occidente definido como las democracias desarrolladas incluyendo a las asiáticas, asumiendo algunos ideales occidentales.
¿Y Europa? Las confederaciones o las asociaciones entre países son de suyo frágiles. Las ciudades-estado griegas se asociaron por seguridad solo una vez, y no sin dudas, para conservar su libertad ante los persas. Después se dedicaron a destruirse entre ellas. Lo lograron. Una asociación de seguridad en Europa sin Washington solo puede estar basada en el liderazgo compartido de tres de sus potencias, Reino Unido, Francia y Alemania. Ninguna de ellas deja de estar desgarrada en política interna. ¿Cuándo no ha sido así? Para nuestra América esto tiene una importancia suma. No es algo que nos sea indiferente, tanto por las posibilidades de interacción como por nuestras instituciones. (El Mercurio)
Joaquín Fermandois
