El fetiche del derecho internacional-Roberto Munita

El fetiche del derecho internacional-Roberto Munita

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La reciente operación de Trump en Venezuela para capturar a Maduro desató un fenómeno ya conocido: de repente, todos son expertos en derecho internacional. Esto no es nuevo, en todo caso, y parece ser parte de nuestra idiosincrasia: hace pocos años, para la fiebre de la nueva Constitución, todos se creían eruditos en la materia, cuando muchos de nuestros compatriotas no habían leído siquiera la Constitución vigente.

Al respecto, no me interesa dar lecciones (no me siento experto en esta área), pero precisamente por las dudas que me genera el caso, quiero aportar con algunas ideas.

Partamos por lo básico. No hay un solo derecho internacional. De hecho, la primera distinción que se hace es entre el derecho internacional privado -el que regula relaciones entre privados, y que a la vez permite una subdivisión entre el derecho internacional laboral, el derecho internacional tributario, etc.- y el derecho internacional público, que rige las relaciones entre Estados. No es un detalle menor. Chile, de hecho, cuenta con un Código de Derecho Internacional Privado, pero sería irrisorio pensar en un Código de Derecho Internacional Público.

El derecho internacional público, claro está, es mucho más complejo que el privado. No existe -ni puede existir- un supraestado que imponga reglas a Estados soberanos (no estamos en Robotech, aquella recordada serie ochentera, en la que el ataque alienígena de los Maestros de la Robotecnia obligó a los países de la Tierra a unirse bajo un solo gobierno planetario). Por tanto, el derecho internacional público es mucho más incompleto e inestable que otras ramas jurídicas, incluso que el derecho internacional privado.

¿Eso significa que el derecho internacional público no existe? Para nada. Existe, pero hay que entenderlo como es: un derecho líquido y escurridizo, construido principalmente a partir de tratados, acuerdos y costumbres entre países. Por lo mismo, es más débil. Y precisamente por eso debemos cuidarlo, protegerlo y fortalecerlo. De ahí la existencia de contar con organismos como la ONU o la OEA, los que -precisamente por la debilidad de esta clase de derecho- muchas veces no pueden intervenir con eficacia. Esta es la principal razón del porqué los organismos internacionales nunca lograron poner fin a la dictadura de Maduro, como sí lo pudo hacer Estados Unidos.

Nada de lo anterior implica aplaudir todo lo que haga Trump. Ese juicio requiere un análisis mucho más fino, profundo y calmado, y ya llegará el momento de hacerlo. Quien mejor lo expresó fue Rafael Gumucio, en su ya famoso post en X: “Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas”.

Lamentablemente, el episodio Trump–Maduro demuestra que no hemos aprendido mucho. Las redes siguen siendo explosivas y la polarización intacta: algunos se adelantaron a condenar todo por no ajustarse al derecho internacional (¿a cuál?) o por venir de los yankees. Otros, en cambio, alaban a Trump como si fuera un salvador. Esta última postura ha llegado a extremos curiosos. Axel Kaiser, quien entiendo que es abogado, dijo recientemente: “Si, efectivamente, desde todo análisis posible, acá hay una violación de derecho internacional, muy bien violado está el derecho internacional”.

Ambas posturas son nefastas. Por un lado, declarar apuradamente que hubo una violación al derecho internacional, ignorando la complejidad normativa, es algo que debiera escapar a cualquier analista lego; eso mejor dejémoselo a los jueces competentes. Pero por otro, ningunear el derecho internacional celebrando que esté “bien violado” no es atendible para nadie con sentido común, y menos para un abogado.

El derecho internacional no es un fetiche ni un eslogan. Es frágil, imperfecto, pero indispensable. Tratarlo con liviandad, ya sea para condenar o para celebrar su quiebre, sólo nos empobrece como comunidad política. Este puede ser un buen desafío social para este 2026 que comienza. (El Líbero)

Roberto Munita