El Informe sobre el Estado de la Unión que pronunció este martes el Presidente Donald Trump se origina en una tradición británica del siglo 14, el Discurso del Trono, que inicialmente era una convocatoria del Rey a los parlamentarios para señalarles qué temas quería tratar en el Parlamento de ese año. Posteriormente se transformó en un discurso anual y la práctica se extendió más allá de los países de habla inglesa, con un doble contenido: dar cuenta de las realizaciones y problemas enfrentados en el año anterior y fijar las prioridades del Jefe de Estado para el período siguiente. Las variaciones en cada caso son múltiples. En el Reino Unido, el Rey concurre al Parlamento y lee un informe que han preparado sus colaboradores; en otros países el Informe se envía por escrito. En Chile es ya una práctica establecida en las Constitución de 1833 y luego en la de 1925 en su forma actual.
En Estados Unidos, el Informe está considerado en el segundo artículo de la Constitución, aunque de manera más vaga. El texto pertinente dice que el Presidente debe entregar al Congreso, “de cuando en cuando (sic), información acerca del Estado de la Unión y recomendar la Consideración de las Medidas que juzgue necesarias y convenientes». Los primeros dos presidentes, George Washington y John Adams entendieron esto como una obligación anual de comparecer y fueron al Congreso a presentar sus informes. Pero en 1801 el Presidente Thomas Jefferson (autor material de la Constitución) consideró que la ceremonia ante el Congreso era demasiado parecida al Discurso de la Corona y envió su Informe por escrito. Y así ocurrió por más de un siglo, hasta que el Presidente Wilson decidió volver a la entrega verbal en una ceremonia que fue anualmente creciendo en la solemnidad que hoy tiene. La fecha se fija anualmente por ambas Cámaras del Congreso y a la sesión conjunta deben asistir los senadores y representantes, y son invitados permanentemente el gabinete presidencial, los miembros de la Corte Suprema, los altos oficiales de las Fuerzas Armadas. Siempre acuden también otros invitados del Presidente, generalmente estrechos colaboradores o personas que normalmente serán homenajeados o mencionados en su discurso.
El Discurso sobre el Estado de la Unión de este año ya ha pasado a la historia como el más extenso, superando por 20 minutos la marca anterior, del Presidente Clinton, en su última comparecencia. En realidad, aunque no hay información de años muy anteriores, es claro que nadie en el siglo XX, o antes, superó una hora. La extensión no parece deberse a una mayor entrega de información, sino a la cantidad de menciones y honores que se hacen a personas casi siempre presentes y también a la cantidad de aplausos que suceden a cada frase del Presidente. Este año, el homenaje más extenso fue para el equipo masculino de hockey sobre hielo, reciente ganador en las Olimpiadas de Invierno, y a cuyo capitán Trump entregó la Medalla de Honor Presidencial (las integrantes del equipo femenino, que también ganaron las Olimpiadas, también invitadas, se excusaron todas por “compromisos previos”).
Si se trata de informar acerca del Estado de la Nación y de proponer algunas nuevas iniciativas, el Informe cumplió, al menos de manera general, su objetivo. Pero no fue realmente un balance completo, con los resultados, las cifras y las propuestas que se esperan. Y en este caso, no hubo, por cierto, autocríticas de ninguna especie, ni sobre lo que falta. Partiendo por reiterar su ya conocida y discutible afirmación de que había “heredado un país en crisis” y que ahora ese país ya es otro, proclamó la llegada de una Edad de Oro de Estados Unidos, el crecimiento más importante de la historia del país, la baja del petróleo, la eliminación de programas DEI (diversidad, equidad e inclusión), el éxito de su política migratoria, el aumento del empleo de la inflación, el éxito de sus tarifas y el crecimiento de las promesas de inversiones, señalando que en un año había ido más allá de lo nunca esperado y que tenía a la mano tantos recursos, que se sabía qué hacer con ellos.
A todas estas cifras triunfales se contrastaron después cifras distintas, ya dadas por la prensa nacional y mundial: la inflación es de 2,6%, mayor que el 1,7% que dio el Informe; el precio del petróleo ha bajado mucho menos de lo que se dijo y sigue siendo alto en la mayor parte del país, la mayoría del público piensa que las tarifas más altas las pagan ellos en sus consumos diarios, las grandes inversiones se informan pero aún no se concretan. Incluso en materia de crecimiento se pone en duda que sea mayor, ante la magra cifra anualizada de crecimiento, de 1,4% en el último trimestre de 2025. Naturalmente, no es de esperar una autoflagelación de un Informe del Presidente, pero tanto optimismo como decir que los ahora sobran los recursos, parece exagerado.
Los resultados en materia internacional fueron planteados con un optimismo similar. Trump exhibió sobre todo la tregua de Gaza, que atribuyó especialmente a su yerno Jared Kushner, Enviado Especial, presente como invitado. Sobre Ucrania no dijo nada, salvo que se está trabajando muy fuerte, que es una guerra que no debió ocurrir y lamentó la muerte de 25.000 soldados al mes, lo cual es una clara exageración. También alabó la acción militar en Venezuela, donde ahora hay un “gobierno amigo”, encabezado por Delcy Rodríguez, que ya le habría entregado 80 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos. Y hasta mostró entre sus invitados a un preso venezolano puesto en libertad.
En cuanto a los asuntos inmediatos, hubo un reconocimiento a México por el éxito de su ejército y un llamado a mantener la cooperación en este plano; Cuba no fue mencionado en el mensaje y las palabras más fuertes se refirieron a Irán, repitiendo su compromiso de evitar que ese país llegue a tener armas nucleares, con poca referencia a la importante presencia de fuerzas norteamericanas, incluyendo dos portaviones, en la cercanía de Irán. Sin embargo, Trump reiteró su disposición a negociar con Irán, lo cual tiene lugar en este momento en Ginebra.
No hubo tampoco mención de Groenlandia, el asunto más ventilado en el reciente viaje a Europa. La cuenta fue, por lo tanto, muy prudente en los temas internacionales. Y si hasta ahí el discurso parecía normal, más allá de las arengas del comienzo, la suavidad del tono se hizo cada vez más sorprendente, cuando el Presidente enfrentó la peor derrota interna que ha sufrido hasta ahora, con el fallo de la Corte Suprema en contra de la imposición de aranceles comerciales al comienzo de su administración. Por cierto, Trump abordó el tema, dejando absolutamente claro que insistirá en la imposición de tarifas o aranceles y argumentó nuevamente en favor de ellos, que considera la mejor arma para equilibrar sus intercambios internacionales. Pero su crítica a la Corte Suprema fue muchísimo mas suave que los discursos pronunciados en los días anteriores, limitándose a calificar de “desafortunada” la decisión. Ya no hubo términos duros ante los cuatro miembros de la Corte que estaban ahí, dos de los cuales habían votado en su contra, incluyendo al presidente y redactor del fallo.
Hasta ahí, el “State of the Union” parecía un evento normal, tranquilo, un tanto aburrido por su longitud, pero no se había visto a un Presidente más enojado, frustrado o agresivo que alguno de sus antecesores. Hasta ahí, trascurrida algo más de una hora, había existido un comienzo triunfal, un conjunto de cifras discutibles, reconocimientos a equipos y personas y muy especialmente, se había recordado varias veces, desde el comienzo, que este año 2026 es el Aniversario 250 de la fundación de los Estados Unidos.
Pero luego, como señala el Washington Post, “el Presidente hizo un giro”. Decidió mostrar a la audiencia televisiva donde estaban los distintos sectores, (mirando desde la testera los republicanos están del lado derecho y los demócratas del izquierdo) y pidió que se pusieran de pie los que estaban de acuerdo con una frase: “La primera obligación del gobierno americano es proteger a los ciudadanos americanos, no a los extranjeros ilegales”. De inmediato, la bancada republicana se puso de pie (posiblemente alertada desde antes) y aplaudió largamente, por más de un minuto, mientras la bancada demócrata, que estaba del otro lado, guardaba silencio, como había hecho durante gran parte de la noche. Y el Presidente movía la cabeza negativamente.
Lo que vino después ha sido ampliamente comentado. El Estado de la Unión había terminado y había comenzado la campaña electoral. El optimismo “reaganiano” de la primera parte había abierto las puertas al negativismo “trumpiano”, para que este afirmara que todo estaba mal antes de que él llegara, que es lo que le gusta escuchar a sus partidarios. Después de gritar varias veces a los demócratas: “¿No les da vergüenza?” los acusó de “locos”, “enfermos” y de intentar destruir el país. Y por su lado, algunos de los parlamentarios demócratas tuvieron también palabras duras contra el Presidente.
La gritería fue breve, pero el resto del Informe mantuvo su tono. El Presidente acusó a la oposición de haber “creado los precios altos” y exigió a los republicanos que los enfrentaran mostrando cómo los precios han estado bajando. Pero luego vino el cierre político, más fuerte que todo aún. En inmigración, los recién llegados e indocumentados serían los culpables de los crímenes, las drogas y el fraude en los servicios de bienestar. “Los piratas de Somalia que han saqueado a Minnesota nos recuerdan que hay grandes partes del mundo donde el soborno, la corrupción y la ilegalidad son la regla” dijo Trump, sabiendo que se había invitado a la Sesión a familiares de víctimas de delitos. En Minnesota hay un número de inmigrantes de este país, pero la tasa de delitos cometidos por ellos son mucho menores que las de población general.
El lenguaje utilizado por Trump en su discurso nunca se había escuchado en un Estado de la Unión, pero es ciertamente su llamado a una mayor movilización de sus partidarios, con miras a la definición de noviembre. La prensa de Estados Unidos ha enfatizado en estos días la posibilidad de una derrota republicana en la elección, que incluye a un tercio del Senado y a toda la Cámara de Representantes. El Partido Republicano tiene mayoría de tres senadores y es difícil que pierda los cuatro senadores que los Demócratas necesitarían para ser mayoría (el Vicepresidente de Estados Unidos dirime los empates). Pero en la Cámara hay 435 representantes, con mayoría de cinco.
Los resultados recientes por elecciones vacantes han sido favorables a los Demócratas. Y las encuestas muestran una alta probabilidad de que el partido de oposición obtenga una mayoría en la Cámara. Ha aumentado consistentemente el rechazo al manejo de la economía y la política de inmigración en los meses recientes. 57% de los electores desaprueban el manejo de la economía, y la cifra sube a 65% cuando se refiere a la inflación. De hecho, la mayoría de los estadounidenses cree que los aranceles de Trump no los pagan ni las empresas extranjeras ni las locales, sino los consumidores.
También las muertes de ciudadanos norteamericanos en los últimos conflictos migratorios han cambiado las tendencias en las encuestas. Los ataques finales del discurso sobre el Estado de la Unión, por consiguiente, deben haberse debido a estas realidades. Economía y migración son los asuntos que más pesan en la población.
No es extraño tampoco que la respuesta de los demócratas al Informe sobre el Estado de la Unión haya sido muy dura. Esta tarea estuvo a cargo de la gobernadora del Estado de Virginia, Abigail Spanberger. En su discurso, no sólo enfrentó los principales temas de la alocución de Trump, sino que también lo acusó “de lo que siempre hace. Miente, busca chivos expiatorios y distrae”. Los demócratas saben que noviembre puede ser el fin de Trump. Pero también puede traer más conflicto y más enfrentamientos en un país tan dividido políticamente.
Mirando esto desde fuera de Estados Unidos, no es bueno tomar partido. Sólo lamentar que el país más poderoso del mundo, en momentos en que arrecian las crisis internacionales, en lugar de ser factor de solución, se encuentre en una condición de polarización que, en realidad, lo convierte en parte del problema. (El Líbero)
José Miguel Insulza
