Delcy Rodríguez, la presidenta encargada de Venezuela, se ha transformado en un personaje de inesperada connotación internacional. Quizás, un verdadero ícono. No hay antecedentes de un paso tan raudo -en realidad, en muy pocas horas- de ser pieza clave de un régimen autoritario a encabezar un proceso de transición inserto en adaptaciones bruscas y modificaciones complejas. Un modelo que invita a plantearse cuán extrapolable puede ser.

Ha resultado muy impactante observar cómo la extracción de Maduro está derivando en la configuración de un modelo transicional nuevo, enmarcado dentro de aquellos denominados pactistasEs decir, una transición que provoca cambios de raíz, pero evitando una implosión o una reforma de corte autoritario o situaciones de ingobernabilidad. La novedad del ejemplo venezolano radica en la decapitación del régimen y su reemplazo por una figura que se inserta en la dinámica de cambios, pero monitoreable a distancia. Es decir, un proceso ajustado a los nuevos imperativos y al paso del tiempo. Al inevitable Zeitgeist. 

¿Quién hubiera imaginado a Delcy Rodríguez recibiendo en el palacio presidencial a ministros claves de la administración Trump y al jefe del Comando Sur, o condecorando al director de la CIA, o abriendo la industria petrolera a inversionistas “del imperialismo”?

Es cierto que un observador desprevenido podría mostrarse conmocionado, pero el momento venezolano debe ser visto en toda su gama de novedades y matices, pues, finalmente, contribuye a la reconfiguración tectónica de las relaciones internacionales. Como muy bien apunta el internacionalista español Luis Pérez-Gil se ha empezado a vivir una época marcada por hegemonías depredadoras por parte de las grandes potencias. Eso genera, tanto un equilibrio internacional sumamente inestable, como procesos sui generis

¿Sería realista eludir este dato?

Hoy en día las transiciones son muy distintas. Ha quedado obsoleta la idea de focalizarse en la representatividad de quienes aspiran a suceder a un régimen exhausto. La experiencia demuestra que, muchas veces, lo construido se derrumba apenas el entusiasmo inicial se agota. Afloran resentimientos antiguos. Adquieren fuerza las disputas subterráneas y el poder termina siendo capturado por grupos extremos. Los colapsos abruptos y descontrolados traen muchos pesares a sus pueblos. 

La obsolescencia de tales ideas no responde a un asunto de voluntad ni de modas pasajeras. Basta tener presente el fracaso rotundo del proceso de transición preparado con paciencia y acuciosidad por Jozip Broz Tito en Yugoslavia. Elaboró un plan muy racional, basado en la representatividad de las repúblicas federadas y en la alternancia étnica en los principales cargos públicos. Sin embargo, avasalladores recambios de élites emergieron tras su fallecimiento y sobrevino el desplome. Estallaron múltiples guerras civiles. Con la secesión, surgieron varios Estados. Miradas las cosas con perspectiva de hoy, el proceso careció de una buena dosis de tutelaje.

En cambio, en el otro extremo, hay dos transiciones reconocidamente exitosas -la española y la chilena- las cuales remiten su gloria y celebridad a una naturaleza descarnadamente pactista, donde una dosis de espíritu fáustico resultó clave.

En ambos casos, las fuerzas salientes y entrantes concibieron un pacto bajo ese espíritu y pudieron navegar por aguas procelosas. En eso radicó su éxito. No fue por las nostalgias de experiencias previas, ni por el azar, ni por la conjunción divina ni gracias a ejercicios teóricos, los cuales suelen perderse en abstracciones. Fueron pulsiones impregnadas de fausticidad.

En España, ello hizo carne en todo el quehacer político. Como si estuviesen sometidos a una mano tuteladora, sus protagonistas hicieron múltiples esfuerzos para evitar deslices o errores de cálculos que tiraran por la borda el acercamiento a las instituciones comunitarias y a la OTAN. El miedo a perder esa perspectiva fue el gran leitmotiv del proceso.

En Chile, en tanto, las brisas fáusticas se reflejaron en el compromiso con una economía de mercado abierta al mundo y con un sistema democrático que tomó resguardos ante las inevitables posturas jacobinas, las trayectorias discursivas maximalistas y frente a las tentaciones nostálgicas. Aquel espíritu perduró con habilidad “florentina” durante tres administraciones. 

Es entonces la constatación de un camino transicional tutelado lo que permite ver ahora con cierto optimismo la situación en Cuba. Ya se pueden divisar ciertas aproximaciones sugerentes. 

Primero, que es gracias a la posibilidad del tutelaje que se logró abrir un camino real hacia el final del régimen. Nunca antes ocurrió algo similar. Hubo, por cierto, innumerables ventanas que parecieron abrirse. Muchos soñaron con salidas reformistas, aperturistas. Sin embargo, todas estuvieron asociadas a algunos de los delfines de Fidel Castro -Robaina, Lage, Aldana- quienes, mirando las cosas en retrospectiva, estaban imposibilitados de ir más allá de reformas tímidas y aisladas. Es lógico pensar que terminarían en un nuevo tipo de autoritarismo. Por eso, se albergaron falsas esperanzas.   

Segundo, que el pathos iniciado en 1959 obliga a buscar un relevo que combine dos características fundamentales: poder y prosapia.

En ese contexto se ha hablado de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, alias “el cangrejo”, pues se presume que es un hombre inserto en el poder real. Figura como jefe de la escolta de su abuelo y pareciera reunir características de referente al interior de las generaciones más jóvenes del clan Castro. Estirpe y prosapia. O sea, reuniría lo necesario para buscar caminos pacíficos y ordenar el tránsito inter-élites. Además, parece tener un rol directivo en el conglomerado militar empresarial GAESA, la gran empresa del país, la cual, al dominar los rubros esenciales de la economía (turismo, mercado de divisas, construcción, importaciones e incluso una red de comercio minoristas estatales), puede forzar las cosas para hacerse con ciertos espacios en el proceso transicional. 

Si por azares del destino, la opción del “cangrejo” no resultare, no será difícil encontrar otro. En estas coyunturas, los voluntarios sobran. Lo realmente difícil es el “ojo clínico” a la hora de encontrar la persona adecuada. En el caso de Delcy, hasta ahora, se ha demostrado acertado. 

En síntesis, el espíritu fáustico en los procesos transicionales pactados pareciera ser clave, al adquirir efectos estratégicos relevantes. Y, mirado en el largo plazo, benéficos.

El carácter tutelado -directo o indirecto, cubierto o encubierto- de cualquier transición refuerza la autoconciencia ciudadana sobre el proceso que empieza a vivir y logra insertarlo en el contexto histórico. Contribuye a atemperar los ánimos y a que las fuerzas concurrentes no sobreestimen ni subestimen ninguno de los elementos en juego. Protege contra los deseos de demolición y los descontroles.  (El Líbero)

Iván Witker