El reciente enojo del Socialismo Democrático (SD) con el gobierno por desmarcarse olímpicamente de la Ley Nain-Retamal revela fracturas más profundas que van mucho más allá del episodio puntual que terminó con la absolución del carabinero Claudio Crespo y que dejó instalada en la izquierda una amarga sensación de impunidad.

Lo que el Partido Socialista y sus socios más cercanos aún no resuelven es si quieren seguir caminando junto al Frente Amplio y el Partido Comunista. Tras haber compartido gobierno -primero como comparsas y luego con responsabilidades centrales-, no son pocos los que piensan que la alianza ha sido un mal negocio.

En el momento político actual, cuando la balanza se inclina nítidamente hacia la derecha, poca gente parece querer más de lo que ofrece Boric y compañía. Del PC, mejor ni hablar. Aliviado tras el fin de una campaña que escondió a Daniel Jadue como si fuera Alf, hoy puede exhibir sin complejos sus nostálgicas convicciones. Más de alguno debe pensar que hay que arrancar de ellos como de la lepra.

La idea de correr con colores propios ya rondaba antes de la primaria. “¿Por qué no hacemos algo entre nosotros?”, se preguntaban varios dirigentes del SD. Con Carolina Tohá como cabeza de serie, algún sparring Vlado Mirosevic y quizás Alberto Undurraga, representante de un mundo demócratacristiano en extinción. Incluso la insulsa postulación de Paulina Vodanovic habría calzado mejor en ese esquema.

Pero primó el sentido de la responsabilidad: “¿cómo hacer grupo aparte si somos el riñón del gobierno? Estamos condenados a organizar la fiesta con ellos.” Eran los días en que Tohá parecía ser la candidata del presidente y Jeannette Jara no figuraba en la foto. Tres doritos después, la candidata del PC -en una campaña más Labubu que Lenin- se imponía inapelablemente en la primaria. En la elección que realmente importaba, sin embargo, la coalición recibió una pateadura. “Se acabó”, dijo algún sociolisto en un bar santiaguino la noche de la derrota: cargar con estos socios es un hándicap, como correr con un balón de gas amarrado a la espalda.

El problema es que la estrategia del desacople hace agua por varios lados.

Primero, porque la ilusión de que la ciudadanía quiere reemplazar la borrachera refundacional por un retorno concertacionista no pasa de ser eso: una ilusión. No solo lo demuestra el magro resultado de Tohá en la primaria, sino también la peregrina tesis del supuesto “voto oculto” de centroizquierda que se manifestaría por Matthei en primera vuelta. Mucha carta y poco caudal electoral. No hay evidencia alguna de que los chilenos quieran revivir una alianza de centroizquierda moderada. El penoso derrotero de Amarillos y Demócratas —hoy inclinados ante Kast por un puestito— debería bastar como advertencia.

Segundo, porque los proyectos políticos requieren liderazgos que los encarnen, y en el mundo del SD escasean los nombres capaces de protagonizar una resurrección. En la lista preliminar de presidenciables 2029 aparecen Boric y Jara por derecho propio, además de Camila Vallejo y Tomás Vodanovic. Todos frenteamplistas o comunistas. Ninguna figura del PS se cuela entre los primeros lugares. ¿Podría Tohá reverdecer laureles? ¿Crecerá Vlado en versión senatorial? ¿Invertimos en Claudio Castro? Todas apuestas lejanas.

Tercero, porque fue la propia ex gran familia concertacionista la que abdicó de su legado y se plegó acríticamente a la rebeldía juvenil cuando le resultó funcional para golpear a Piñera, primero en 2011 y luego en 2019. ¿De qué proyecto diferenciador estamos hablando? Salvo contadas excepciones —de Brunner a Peña— que denunciaron esa claudicación, el resto bailó al ritmo autoflagelante de los hijos. Si no hubo carácter para defender los treinta años, cuesta imaginar que ahora emerja la estatura moral que exige la empresa.

Cuarto, porque los números son implacables: el progresismo, sumando de chincol a jote, está lejos de ser mayoría en Chile. Si Kast ganó por paliza es porque el escenario es desolador. Y si la izquierda se divide en dos, las posibilidades de reconquistar el poder se reducen aún más.

El drama del SD es anterior a la incómoda alianza que ha significado este gobierno. Socialistas, pepedés y democratacristianos -ni hablar de los radicales- fueron negligentes en renovar sus elencos cuando correspondía. Anclados en la experiencia autoritaria, creyeron que solo ellos podían interpretar al país. No advirtieron que, subterráneamente, se estaba formando una generación socializada en democracia, que exigía nuevos vínculos de representación.

Los millennials tomaron nota de la dificultad de la Generación X para acceder a la primera línea, monopolizada por baby boomers —barones de un lado, coroneles del otro— y decidieron construir sus propias naves electorales para competir con los padres. Y les ganaron. A diferencia de España, donde el PSOE identificó a tiempo la amenaza que representaba Podemos y parió a Pedro Sánchez para contenerla, los partidos de la Concertación ignoraron todas las señales -incluida la irrupción de ME-O- y en 2009 optaron por el suicidio, yendo a buscar liderazgo al baúl de los recuerdos.

Quién sabe. Si el recambio se hubiera animado a tiempo, quizás el joven Gabriel Boric que entró a estudiar Derecho en Pío Nono habría militado en la Juventud Socialista. Hoy es demasiado tarde. El SD debe convivir con el frenteamplismo que lo humilló, porque cualquier alternativa tiene francamente color de hormiga. (Ex Ante)

Cristóbal Bellolio