En medio de la escalada de los conflictos geopolíticos en Medio Oriente de los últimos días, que se dan en un año que había ya comenzado con una inusual incertidumbre en política internacional, los riesgos globales se mantienen latentes.

Las acciones iniciadas este fin de semana nos recuerdan que por muy favorable que puedan haber sido y estén siendo las condiciones externas para las economías emergentes, incluido Chile, el mundo enfrenta escenarios de riesgo que tienen el potencial de modificar de manera significativa las expectativas para el mediano plazo.

Es difícil prever a ciencia cierta cuáles serán los caminos que seguirá el conflicto en Medio Oriente y todas las implicancias que tendrá, pero en principio podemos asumir que serán similares a reacciones vistas en conflictos anteriores en la región, con tensiones sobre el mercado del petróleo y otras materias primas, shocks a las cadenas de suministro y el comercio internacional, y búsqueda de refugio en los activos más clásicos como el oro, el dólar y los bonos del Tesoro de EE.UU., entre otros.

Un aspecto que ya comentamos es que este episodio se topa con una debilidad o menor atractivo particular en el caso de EE.UU., cuyo propio ruido institucional ha hecho que los mercados disminuyan su apetito por el dólar y sus bonos soberanos. Este elemento podría matizar en parte las reacciones que observemos en los mercados estas semanas. Con todo, se abre espacio a un escenario de menor crecimiento y mayores presiones inflacionarias, que se transmiten a todos los mercados y tensionan a las autoridades económicas locales.

Y como economía abierta al mundo, ya hemos visto varios ejemplos a nivel local que demuestran que la dinámica global se ha vuelto algo más compleja de manejar, es mejor estar preparados en Chile ante potenciales eventos negativos. Quizás, más preparados incluso que hace unos años atrás.

Sin embargo, sabemos que más allá de la lectura coyuntural que se quiera hacer de ciertas cifras económicas, la posición actual de la economía chilena está bastante más expuesta a shocks internacionales, dado que tenemos colchones más limitados de los que se construyeron en la década del 2000. El Banco Central lleva un tiempo reconstruyendo su posición de reservas, con el objetivo de depender menos de los vaivenes de los mercados en situaciones de estrés.

En este punto estamos bien encaminados. Pero en materia fiscal, saliendo de la discusión reciente sobre resultados del 2025, estamos al debe y se requiere definir una estrategia creíble y alcanzable en el mediano plazo, para tener a qué recurrir en periodos de mayor tensión global y menor acceso a los mercados de capitales. De cierta forma, nos falta retomar seguros que alguna vez tuvimos, que fueron útiles en periodos complejos, y que hoy están ausentes.

Toda la batería de análisis privados y públicos en esta materia ha estado enfocada en corregir el rumbo (con una muy buena base técnica en varios frentes) y, si bien se entiende que las partes incumbentes busquen explicar el por qué estamos en determinada posición fiscal, el diagnóstico está más que claro hace tiempo y la solución no pasa por cambiar el termómetro con el cual medimos las cosas.

Nuestra economía entra al 2026 con un encuadre global favorable, con un elevado precio del cobre, aunque ahora opacado por un eventual incremento del precio de la energía a nivel mundial, un crecimiento sólido de nuestros principales socios comerciales y un apetito de los inversionistas globales por activos en nuestras economías.

Así, condiciones reales y financieras se alinean para proyectar un buen repunte de la actividad a mediano plazo, luego de la pérdida de tracción que han mostrado las cifras en los últimos meses, sobre todo en empleo. Ante un mundo cada vez más incierto, hay que aprovechar todo factor externo que sea favorable para dinamizar nuestra economía y, mientras dure, reconstruir colchones que sabemos siempre serán bienvenidos y necesarios.

El ser autocomplacientes no nos aporta mayormente en ninguna de estas dos tareas prioritarias y es mejor hacerse cargo a tiempo. Eso me recuerda cuando, en el colegio, uno defendía una mala nota con el bajo promedio del curso en la prueba. El clásico de las madres en ese caso, o al menos la mía, era “¿y a mi qué me importa el resto?”. (Ex Ante)

Felipe Jaque