Incauto es el que cree que en Chile solo se realizan abortos por las tres causales y con ello justifica el asesinato de un niño por nacer. Claro, porque si la mujer fue violada, su vida peligra o la del niño es inviable, quién podría oponerse. ¡Qué ingenuidad más grande! Si alguien quiere saber la verdad, entonces se hará cargo de que la ley no obliga a denunciar al violador ni a probar el hecho. De ello se sigue que basta con el testimonio de la madre para que se aborte al hijo. En otras palabras, el violador queda impune, mientras al inocente se le condena a muerte sin siquiera el derecho a que su madre sepa cuál será el procedimiento o, al menos, se tome tres minutos de su vida para oír los últimos latidos de su corazón. Y es que, supuestamente, eso sería demasiado cruel.

En contraste y como una voz en el desierto resuenan las palabras del cardenal Fernando Chomali quien ha lamentado la división que produjeron sin retractarse del valor de la vida del niño por nacer: «Escuchar el latido del corazón de un hijo en el vientre debe ser uno de los momentos más conmovedores de la vida de una madre. Ojalá toda mujer que enfrenta un embarazo difícil pueda contar también con alguien que la acompañe, la escuche y la sostenga. Toda vida siempre merece ser acogida. ¡El amor es más fuerte!».

Lamentablemente, para quienes defendemos la vida desde la concepción hasta la muerte no hablamos solo de embarazos difíciles. ¿Sabía usted que, en nuestro país, ya existe el aborto libre para mujeres mayores de 45 y menores de 15 años? Así es desde marzo. Como siempre la izquierda antidemocrática, sin respetar al Congreso, lo legalizó a través de la norma técnica N°259 que, en la práctica, declara que todo embarazo en esos rangos etarios pone en peligro la vida de la madre, aunque no exista ningún diagnóstico que lo acredite. De ello se sigue que la madre puede abortar a su hijo hasta los nueve meses de gestación. Pero eso a muchos no les parece cruel; lo cruel es oír los latidos de un niño por nacer.

Tampoco les parece cruel que la misma norma legalice la asistolia fetal como método abortivo. La técnica se aplica a niños en los últimos meses de su gestación. Consiste en inyectar a través del abdomen materno Cloruro de Potasio, Lidocaina o Digoxina directamente en el corazón para generar un paro cardiaco y es tan cruel que los veterinarios tienen prohibido aplicarla en animales (ley 20.380). El argumento que ellos esgrimen es que se provoca sufrimiento injustificado. En síntesis, la asistolia, al inyectar una sustancia letal, causa un sufrimiento y estrés innecesario dado que la inyección de los químicos directamente en el corazón genera una quemadura interna y un dolor insoportable antes de detener el músculo cardíaco. Por estas razones, la medicina veterinaria prohíbe estrictamente este método, pero, curiosamente, sí se puede aplicar a niños por nacer. ¿Qué les parecerá a los incautos esta crueldad? ¿Será comparable a verse obligada a escuchar los latidos de ese corazón a punto de ser quemado con químicos?

Podemos hacer el mismo ejercicio con otras técnicas abortivas para avanzar en la defensa de la vida del niño frente a la supuesta tortura que experimentaría su madre por el solo hecho de escuchar su corazón. La administración de fármacos como la Mifepristona interrumpe de forma inmediata el flujo de oxígeno y nutrientes que el niño recibe a través de la placenta, lo que provoca la detención de sus funciones vitales y el cese de su desarrollo. Luego es expulsado del vientre. Si el niño es distinguible de los demás tejidos, los protocolos evitan que la madre lo vea. ¿Por qué?… reflexionemos.

Con el proceso de aspirado no son necesarios los protocolos. No profundizaré. Sí me parecería razonable que, en el aborto, así como en cualquier otro caso médico, la paciente entendiera a cabalidad lo que va a vivir y lo que hará. Solo en un mundo desquiciado, donde lo que se prohíbe hacer a un feto animal se permite en un niño en gestación, puede la ignorancia transformarse en un acto de piedad y, la toma de consciencia en uno de tortura. ¿Cuáles son las condiciones que desquician un diálogo racional sobre la obligatoriedad de oír los latidos del hijo antes de condenarlo a muerte?

Primero, la transvaloración promovida por el progresismo anticristiano que vacía las palabras de su significado: tu hijo es un feto, su aborto, una medida de salud, un derecho humano de la mujer a su cuerpo, y oír su corazón, una crueldad legislativa y/o tortura. Mentiras, solo mentiras que se sostienen gracias a que parte de la prensa no da espacio a otros testimonios como los de las madres que no abortaron tras una violación o que por el solo hecho de oír los latidos de su hijo, dejaron de fumar o de consumir drogas. Tampoco se da espacio a las experienciasde las mujeres que dicen sufrir o haber sufrido un síndrome post aborto. Es cierto que la medicina no reconoce la existencia de dicho síndrome, pero tampoco niega que las consecuencias del aborto en la salud mental de la madre puedan ser gravísimas. Y es que una vez embarazada, la mujer no pierde nunca su condición de madre de ese niño. ¿Y qué pasa con las personas nacidas de madres violadas? ¿O con aquellas, como el famoso futbolista Cristiano Ronaldo o el también célebre cantante Andrea Bocelli cuyas madres no los abortaron a pesar de las dificultades médicas y materiales? 

En suma, para dejar de ser incautos es necesario entender que el revuelo causado por el proyecto sobre los latidos del niño en gestación es producto de que da en el blanco de una cultura de la muerte impulsada por élites neomalthusianas cuyo objetivo es la reducción drástica de la natalidad y la destrucción total del legado de Cristo. El problema es que a pesar de la evidencia- avance de agendas globalistas financiadas con miles de millones de dólares que imponen la ideología de género, el feminismo, el aborto o “salud reproductiva” y la eutanasia o “muerte por compasión”-, los incautos siguen creyendo que la baja en las tasas de natalidad es mera casualidad. Podrían, si son cristianos, leer el Evangelium Vitae (1995) de San Juan Pablo II en el que advierte del avance de una cultura de la muerte anticristiana en Occidente. Entonces comprenderían que el proyecto que obliga a una mujer a oír a su hijo es solo el comienzo de la recuperación de las bases morales de nuestra civilización puesto que, si ni siquiera somos capaces de defender al más inocente e indefenso de todos los seres humanos, las probabilidades de sucumbir al totalitarismo característico de las sociedades ateas serán una certeza. Y es que, sin Dios, si nada es sagrado o digno del máximo respeto, tampoco habrá ley o institución que resista. (El Líbero)

Vanessa Kaiser