Estados Unidos y sus aliados concluyen este miércoles su misión militar en Irak contra el Estado Islámico (EI), cerrando una etapa iniciada en 2014, cuando la organización yihadista llegó a controlar cerca de un tercio del territorio iraquí. El retiro deja a las fuerzas de Bagdad con una mayor responsabilidad en el combate contra las células que permanecen activas y coincide con las presiones para desarmar a poderosas milicias proiraníes.
La coalición internacional encabezada por Washington intervino en Irak después de la rápida expansión del EI y desempeñó un papel relevante mediante ataques aéreos, entrenamiento, asesoría, inteligencia y apoyo a las fuerzas iraquíes y kurdas. La derrota territorial de la organización yihadista en el país fue anunciada por el Gobierno iraquí en diciembre de 2017.
Myles B. Caggins III, coronel retirado del Ejército estadounidense y exvocero de la coalición, señaló a EFE que la mayor parte de los combates terrestres fue protagonizada por fuerzas iraquíes, kurdas y milicias chiíes, mientras que el apoyo internacional proporcionó capacidades que resultaron decisivas frente al EI.
Pese a haber perdido los territorios que llegó a controlar, el Estado Islámico no ha desaparecido de Irak. Pequeñas células permanecen principalmente en áreas del desierto occidental y sectores montañosos del país. Según Caggins, las fuerzas iraquíes cuentan actualmente con las capacidades necesarias para enfrentar esos focos y resulta muy improbable que el grupo vuelva a conquistar extensas zonas como ocurrió hace más de una década.
El término de la misión internacional podría, sin embargo, modificar la capacidad de reacción frente a eventuales amenazas. Entre sus efectos se encuentra la reducción de la coordinación cotidiana entre militares extranjeros y fuerzas iraquíes, aunque Caggins descarta que la salida de la coalición genere por sí misma un vacío de seguridad.
El militar retirado considera que Bagdad todavía requerirá cooperación bilateral con países que integraron la alianza, especialmente para acceder a equipamiento, asesoría especializada e intercambio de inteligencia.
El retiro también cierra un prolongado período de tensiones entre Estados Unidos y las milicias iraquíes vinculadas a Irán. La relación se deterioró especialmente después del ataque estadounidense que en enero de 2020 mató en Bagdad al general iraní Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, junto con Abu Mahdi al Muhandis, dirigente de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak.
Tras ese ataque, el Parlamento iraquí aprobó una resolución que pedía poner fin a la presencia de tropas extranjeras. Durante los años siguientes se registraron ataques contra instalaciones donde permanecían efectivos estadounidenses y contra otros intereses de Washington en Irak.
Las presiones políticas y de seguridad condujeron al término formal de la misión de combate estadounidense en 2021. Posteriormente, Washington y Bagdad alcanzaron en 2024 un acuerdo para avanzar hacia el cierre de la misión de la coalición en Irak.
La salida internacional coincide ahora con otro desafío para el Gobierno iraquí: el control y eventual desarme de grupos armados que mantienen estructuras propias y vínculos con Irán. Algunas de estas organizaciones han rechazado abandonar sus armas y sostienen que su existencia continúa siendo necesaria ante eventuales amenazas contra Irak.
Dhiaa al Asadi, exjefe del bloque parlamentario Al Ahrar, señaló a EFE que un eventual proceso de desarme requerirá abordar las preocupaciones planteadas por esas facciones. Entre ellas mencionó garantías frente a un posible resurgimiento del Estado Islámico y el retiro de fuerzas extranjeras que los grupos consideran una amenaza.
El futuro de estas milicias se ha convertido así en uno de los principales asuntos de seguridad para Bagdad y en un factor de tensión con Washington. Estados Unidos ha presionado a las autoridades iraquíes para limitar la actividad de organizaciones armadas que operan fuera del control efectivo de las instituciones estatales.
El exparlamentario kurdo Sarkawt Shams advirtió a EFE sobre eventuales consecuencias económicas si el Gobierno iraquí no consigue controlar a esas facciones, mientras que Caggins planteó que nuevos ataques contra intereses estadounidenses podrían provocar respuestas militares de Washington. Se trata, en ambos casos, de escenarios planteados por los entrevistados y no de medidas anunciadas oficialmente.
La retirada de 2026 constituye un nuevo capítulo en la prolongada presencia militar estadounidense en Irak, iniciada con la invasión de 2003. Estados Unidos ya había realizado un retiro de gran escala que culminó en diciembre de 2011, cuando las últimas fuerzas de combate abandonaron el país.
Sin embargo, el avance del Estado Islámico provocó el regreso de tropas estadounidenses en 2014 como parte de una coalición internacional solicitada para apoyar a Irak. Doce años después, el cierre de esa misión devuelve al Gobierno iraquí la responsabilidad principal de contener a los remanentes yihadistas y gestionar las tensiones derivadas de la presencia de grupos armados fuera de las fuerzas regulares. (NP-ChatGPT-Emol-Agencias)
