Estados Unidos ha comenzado los preparativos para una posible operación militar de varias semanas en Irán, según informes de inteligencia que sugieren que el presidente Donald Trump podría ordenar ataques no solo contra instalaciones nucleares, sino también contra centros estatales y de seguridad estratégica. Esta escalada ocurre en un momento de máxima tensión, marcado por el despliegue del portaaviones USS Gerald R. Ford desde el Caribe hacia el Mar Arábigo. El navío, clave en la reciente operación de captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, se sumará al USS Abraham Lincoln para consolidar una flota de combate capaz de ejecutar ofensivas de gran envergadura si fracasan las actuales negociaciones diplomáticas.
La respuesta de Teherán no se ha hecho esperar. La Guardia Revolucionaria de Irán advirtió que mantiene “el dedo en el gatillo” y que cualquier incursión en su territorio será respondida con ataques directos contra las bases militares estadounidenses distribuidas en la región, extendiendo el conflicto hacia Israel y otros aliados de Washington. Funcionarios iraníes han calificado como inaceptables las exigencias de un cese total del enriquecimiento de uranio, asegurando que están preparados para enfrentar lo que consideran un “error de cálculo” estratégico de la Casa Blanca que podría desatar una guerra regional masiva.
Internamente, el régimen islámico atraviesa uno de sus momentos más críticos tras la operación “Martillo de Medianoche” de junio de 2025, la cual degradó significativamente su infraestructura atómica. Este golpe militar, sumado a una inflación que supera el 42%, ha gatillado una ola de protestas nacionales lideradas por la “Generación Z”. Según reportes de ONGs internacionales, la represión estatal ha dejado cerca de 6.000 fallecidos y miles de detenidos, quienes enfrentan juicios sumarios bajo órdenes de no mostrar “ninguna indulgencia”, situación que Trump ha utilizado para justificar la necesidad de una intervención que ponga fin a los 47 años de poder teocrático.
A pesar de los tambores de guerra, el mandatario estadounidense ha dejado una puerta abierta a la diplomacia, aunque bajo sus propias condiciones. En recientes declaraciones, Trump manifestó su preferencia por un “buen acuerdo” que prive definitivamente a Irán de misiles balísticos y armamento nuclear, advirtiendo que, de lo contrario, Teherán enfrentará consecuencias “muy traumáticas”. Para Washington, el despliegue militar cumple una doble función: servir como herramienta de presión máxima en la mesa de negociación y, simultáneamente, garantizar la capacidad de respuesta inmediata ante cualquier represalia iraní por los incidentes previos.
El escenario para las próximas semanas es de incertidumbre total. Mientras el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, viaja a Washington para coordinar estrategias de seguridad, los analistas internacionales observan con cautela el movimiento de las tropas. La posibilidad de que el conflicto evolucione hacia una operación prolongada de varias semanas sugiere que el Pentágono busca un cambio estructural en la balanza de poder de Oriente Medio, aprovechando la fragilidad interna de un régimen que, por primera vez en décadas, parece estar perdiendo el control sobre su propia población. (NP-Gemini-La Tercera-Agencias)
