En el debate político contemporáneo persiste aún con fuerza en sectores de izquierda una narrativa que sistemáticamente busca situar el eje de la disputa social en el conflicto entre ricos y pobres. Esta visión, arraigada en tradiciones marxistas e igualitaristas, sostiene que la riqueza es consecuencia directa de la explotación del trabajo ajeno. Se trata de una idea con origen intelectual sistemático en el siglo XIX, pero que hunde sus raíces en concepciones más antiguas, incluso religiosas, míticas y/o culturales, donde la preferencia, la exclusión y la rivalidad han marcado la experiencia humana desde sus primeras formas de organización social.
No es casual que relatos fundacionales, como el de Caín y Abel, Némesis y Ptono o incluso más recientemente ciertas observaciones científicas en el comportamiento de primates, reflejen en ellos tensiones asociadas a la desigualdad de trato. Estas narrativas han sido eficaces a lo largo del tiempo para explicar —y movilizar— emociones colectivas vinculadas a la injusticia, la supervivencia y la romana envidia. Sobre esa base simbólica, distintas corrientes socialistas, tanto clásicas como modernas, han construido un relato político capaz de interpelar a amplios sectores de la sociedad que efectivamente sufren las consecuencias de un sistema económico desajustado -por insuficiencias objetivas, coyunturas desafortunadas o simples malas prácticas de sus elites- y cuyas clases políticas correspondientes no consiguen los acuerdo básicos para contener o disminuir racionalmente la brecha que se produce entre los efectos de la libertad que desiguala y una igualdad que termina restando libertades.
A mayor abundamiento, las transformaciones económicas de las últimas décadas han complejizado de manera significativa esa lectura. Las ciencias económicas contemporáneas muestran que la generación de valor, como describiera Marx el origen de la riqueza capitalista, no se limita al trabajo dependiente, sino que incorpora múltiples factores: capital, innovación tecnología, creatividad, organización empresarial, gestión eficiente y acceso a mercados. En este contexto, la riqueza no puede explicarse exclusivamente como resultado de una relación de explotación lineal entre el rico empresario y el pobre trabajador, sino como producto de un entramado mucho más amplio y dinámico que, por lo demás, se extiende no solo al interior del sistema económico nacional, sino que se ramifica al mundo, haciendo aún más difícil las tareas de morigeración de injusticias que la política tiene como propósito para evitar que desigualdades profundas terminen por desestabilizar completamente la armonía social, en la búsqueda de reemplazar aquellas elites que generan las inequidades que irritan.
Aunque es cierto que la propia competencia capitalista en economías abiertas impone límites reales a eventuales abusos de empresas o sindicatos con los consumidores, lo cierto es que la experiencia mundial indica que ese simple mecanismo automático de ajuste no puede reemplazar el papel de una buena clase política. Un salario mínimo desajustado al alza en el entorno económico en que se negocia, produce tan malos efectos para el desarrollo como uno desalineado a la baja. Sin embargo, en la clase política surgen representantes que operan estos delicados equilibrios poniendo foco en sus propias expectativas electorales más que en el equilibrio social y económico.
Asimismo, en un escenario global, el capital y la inversión son altamente móviles, lo que obliga a equilibrar las condiciones laborales con la viabilidad económica de las empresas. La experiencia internacional demuestra que cuando estos equilibrios se rompen, las consecuencias pueden traducirse en deslocalización productiva, pérdida de empleos y debilitamiento del tejido industrial, como ha ocurrido en parte con el traslado de industrias desde Estados Unidos y Europa a diversas naciones asiáticas.
En este marco, resulta necesario replantear el enfoque del debate. Más que centrarlo en un relato que eleva a niveles épicos la discordia entre ricos y pobres, sería pertinente incorporar una mirada que valore el rol del emprendimiento, la innovación y la capacidad de generar oportunidades que la democracia liberal y de mercado abierta posibilita y estimula. En la nueva economía del conocimiento, donde la innovación, las ideas y la tecnología son motores clave para la creación de riqueza, el origen social ha dejado de ser un destino inmutable y abre espacio a trayectorias de movilidad basadas en el mérito y la iniciativa.
Chile ofrece varios notables ejemplos de este fenómeno, donde personas provenientes de contextos modestos han logrado construir proyectos exitosos a partir de la creatividad y el esfuerzo, pasando a ocupar un puesto en la hoy desvalorada clase de los ganadores. Estos casos invitan a equilibrar el relato clasista y su énfasis igualitario, incorporando una visión que, sin desconocer las desigualdades existentes, valore y empuje las posibilidades de progreso y desarrollo que la libertad de mercado, emprendimiento, desburocratización y contención de la tendencia al abuso del poder político desde el Estado son tan relevantes para el crecimiento como la exigida igualdad ante la ley y el repudiado cuidado de los ricos.
Reorientar la conversación pública hacia una narrativa que promueva la colaboración, la unidad nacional, la solidaridad, el mérito, innovación y libertad de emprendimiento contribuiría a un debate más constructivo, no solo a nivel de la clase política, sino también de la ciudadanía. Esto no implica, por cierto, ignorar las tensiones sociales existentes derivadas de las desigualdades surgidas de la experiencia de la libertad, sino abordarlas desde una perspectiva moderna, que reconozca la complejidad del mundo actual, así como las múltiples vías a través de las cuales se genera valor, evitando aquellos discursos simplicistas que, transportados sobre rústicos slogans, transforman nobles objetivos en mágicos encantamientos que materializarían las demandas sociales por el mero acto de pronunciar el conjuro. (NP)
