Una de las paradojas más persistentes de la política contemporánea es que quienes han moldeado durante décadas las estructuras profundas de la sociedad —sus reglas, jerarquías, poderes y equilibrios— suelen mostrarse reacios a narrarlas. En el caso de los gobiernos de derecha, esta paradoja se vuelve especialmente evidente: allí donde sus ideas han definido el orden institucional, el marco legal y los incentivos sociales, su discurso tiende a prescindir de una elaboración narrativa explícita. Como si el mundo, tal cual es, hablara por sí solo.
A diferencia de la izquierda, cuya tradición política ha descansado en la construcción de relatos que explican, justifican y proyectan transformaciones y cambio —frecuentemente a partir de diagnósticos estructurales del conflicto social—, la derecha ha operado históricamente desde una premisa distinta: que el orden vigente contiene en sí mismo su propia legitimidad. No necesita ser explicado, sino administrado; no requiere ser imaginado, sino defendido.
En este sentido, el conservadurismo parece no expresarse prioritariamente en el lenguaje, sino en la vida cotidiana, en lo que es. Pero lo que es para cada quien, también exige de cierto relato -que habitualmente es construido por cada cual frente a sus propias circunstancias- para no ser percibido como un conjunto de contingencias amenazantes y sin sentido que solo alarman.
En efecto, su relato está presente en las instituciones que organizan la convivencia, en las prácticas económicas que ordenan las expectativas, en las tradiciones culturales que estructuran la identidad nacional. Es, en definitiva, un discurso encarnado en la realidad. Sus ideas no solo compiten en el plano del habla: han sido, en buena medida, las que han dado forma a las estructuras de poder, a las constituciones y a las leyes que rigen la vida social.
Sin embargo, esta fortaleza estructural se convierte, en el terreno político contemporáneo, en una debilidad comunicacional. En una era donde la disputa por el sentido de vida se libra tanto en los hechos como en las palabras, la ausencia de un relato explícito deja un vacío que otros llenan. Y ese vacío no es neutro.
Los errores comunicacionales del actual gobierno se inscriben precisamente en esa lógica. La dificultad no radica únicamente en la gestión, en la coherencia programática, o en los gazapos de sus ministros y asesores, sino en la incapacidad de articular un horizonte, una imagen objetivo compartido que trascienda la mera suma de políticas públicas. La lista de supermercado. Gobernar no es solo ejecutar: es también convocar.
La comparación con liderazgos externos que han logrado construir una narrativa intensa y movilizadora resulta inevitable. Allí donde algunos líderes han sido capaces de traducir los principios de la derecha —libertad individual, mérito, emprendimiento, orden social, desconfianza frente al Estado expansivo— en un lenguaje cargado de épica y promesa, otros permanecen anclados en la comunicación técnica, fragmentada o defensiva que no promueve adhesiones, sino simples opiniones favorables o críticas.
Y es que, en su forma más tradicional, el relato de la derecha ha sido, en gran medida, un relato en negativo. No al igualitarismo entendido como nivelación forzada que “quita patines”; no al Estado que asfixia la iniciativa individual; no a los impuestos percibidos como expropiatorios; no a proyectos ideológicos que buscan reorganizar radicalmente los modos de vida de la sociedad libre y abierta. Este “no” ha sido eficaz para delimitar fronteras, pero insuficiente para construir aquellas mayorías estables en contextos de alta demanda simbólica.
El problema de fondo es que ese relato negativo descansa en una premisa implícita: que el sueño social libertario no debe ser colectivo, sino individual. Que cada persona, en un marco de libertad y orden, encontrará su propio camino hacia el desarrollo material, cultural, religioso o familiar. Pero en una sociedad donde amplios sectores experimentan incertidumbre, esa apelación a la autosuficiencia puede resultar abstracta, incluso distante y hasta peligrosa.
La política, sin embargo, no se agota en la administración de lo posible. Requiere de imaginación compartida. Incluso —y quizás especialmente— para quienes desconfían de los grandes proyectos refundacionales que habitualmente conducen a lo iliberal, lo autoritario y el totalitarismo. Porque, obviamente, no se trata de sustituir la realidad por el discurso, sino de dotar a esa realidad de un sentido inteligible y proyectable que otorgue al ciudadano oyente aquella seguridad vital que ha perdido con la agonía de las utopías sociales, la crisis de la institucionalidad vigente, la decadencia de los partidos y la religiones tradicionales y la ruptura del tejido social histórico.
Una derecha que renuncia a narrarse a sí misma -aunque suene innecesario y reiterativo- corre el riesgo de volverse invisible en aquello que la define y excesivamente visible en aquello que la limita. Sin relato amplio, de objetivos, de metas, sus logros se naturalizan y sus errores se amplifican. Sin horizonte, su defensa del orden puede ser percibida como mera inercia o protección de intereses subalternos.
Recuperar o redefinir el relato no implica abandonar convicciones, sino hacerlas comprensibles, deseables y, sobre todo, compartibles. Implica reconocer que el orden no solo se sostiene en su eficacia, sino también en su capacidad de ser interpretado como justo y significativo, lo que unido a la libertad y fraternidad construyen una propuesta que por su larga pero silenciosa presencia está incorporada aunque invisibilizada para aquellos que han perdido la fe en que su propio esfuerzo, trabajo, merito e innovación le permitirá conseguir sus propósitos en un entorno democrático liberal.
En tiempos de incertidumbre, la política democrática no solo compite por gestionar mejor, sino por explicar mejor. Y en esa disputa, el silencio —aunque esté respaldado por la fuerza de los hechos— rara vez es suficiente. (NP)
