Los altibajos y zigzagueos de las negociaciones en torno al estrecho de Ormuz, los acuerdos imposibles entre Israel y el Líbano acerca de Hizbolá y el explosivo curso tomado por la guerra entre Rusia y Ucrania invitan a reflexionar sobre el significado de la paz, ya adentrados en el siglo 21. Y ni hablar de las presiones en torno a Taiwán. Se observan demasiadas treguas con caducidad y firmas de documentos solemnes, pero poco sostenibles. Es un mundo “performativo”; lleno de conversaciones entre sordos.

Eso se aprecia incluso en el plano regional. Eternas e inútiles fueron las conversaciones entre Maduro y opositores venezolanos; Oslo 2019, México 2021, Barbados 2023. Unas auspiciadas por Rodríguez Zapatero, otras por el diplomático noruego Dag Nylander y otras por diplomacias de países cercanos. Cero resultados.

Hay demasiadas evidencias de un cambio en la naturaleza de las negociaciones pro-paz. Las aspiraciones maximalistas se volvieron obsoletas. Inviables para alcanzar el estado de “no-guerra”, que es como los antiguos griegos denominaban la paz.

Es cierto que se está abriendo un mundo desconocido con nuevas conductas, pero también con nuevas capacidades tecnológicas y con la irrupción del poder descarnado como principal factor de las relaciones internacionales. Eso está implicando un cambio tectónico en los esfuerzos, tanto para alcanzar la paz, como para mantenerla.

En la memoria permanecen aquellas interminables negociaciones entre las superpotencias llevadas a cabo en Ginebra durante el pasado siglo. Cada una de ellas consumía enormes cantidades de tiempo e ideas, pues buscaban sentar bases duraderas a partir de máximos planteados preliminarmente.

El posible desastre nuclear, actuando como telón de fondo, obligaba a los contendientes a partir de lo máximo para ir cediendo paulatinamente y acordar cuestiones básicas, aunque sugerentes de un parámetro medianamente duradero. El spiritus movens parecía sobreponerse al terror nuclear y hacía elevar el horizonte humano. 

Se creía vivir momentos magnos. Los negociadores se sentían tocados por aspiraciones morales. Solían transmitir responsabilidad suprema y optimismo. Decían estar pensando en el largo plazo y es bastante posible que así lo hayan sentido en sus respectivos fueros íntimos. Por eso, aquellas negociaciones tenían un tinte modernizador, fundacional. Había cierto orgullo de compartir esta lógica común de valores superiores de la humanidad.

Hubo grandes ejemplos. La limitación del número de misiles intercontinentales y de ojivas nucleares; o la shuttle diplomacy de Kissinger en el Medio Oriente y los esfuerzos posteriores de Clinton, los cuales dieron como resultado apretones de mano que, a pesar de resquemores mutuos, terminaron siendo medianamente respetados por las partes. Previo a eso hubo otros ejemplos aleccionadores. Un punto elevado lo ocuparon las negociaciones en París de 1972, que pusieron fin a la guerra de Vietnam mediante concesiones cuya dimensión permitió una muy productiva y creciente relación entre EE.UU. y Vietnam. Aquello tuvo indudable carácter fundacional.

Y así sucesivamente hacia atrás. Cualquier observador afirmaría -de veras convencido- que a lo largo del siglo 20 se armó una estructura multilateral donde incardinaban conductas y visiones convergentes; siempre en clave fundacional.

Sin embargo, la realidad actual apunta en otro sentido. El escenario mundial muestra que las negociaciones tienen ciclos y que las varitas mágicas ad eternum no existen.

Así entonces, una negociación real y eficaz en el Líbano de hoy será inviable con la sola firma de los concurrentes, aunque esté plagada de palabras bellas sobre el devenir regional. La verdad es que, si el Estado libanés no consigue poner en marcha la recuperación del monopolio de la fuerza sobre su territorio y no da algunos pasos reales hacia el reconocimiento de Israel, todo esfuerzo será en vano. Se podrá proclamar una paz “duradera”, pero si esos elementos no se hacen presente, todo no será más que una simple pausa. Otra tregua con fecha de caducidad.

Algo parecido ocurrirá con aquellas negociaciones que ignoren esa premisa básica del mundo actual, cual es la instalación en el escenario de cuestiones ya irreversibles, como son la inteligencia artificial, el equipamiento militar autónomo y toda la gama de softwares bélicos. 

Sabido es que esa combinación genera fobias entre analistas y académicos desprevenidos. Hay, ciertamente, nostálgicos de las viejas negociaciones marcadas por la bipolaridad ideologizada del siglo 20, pues permitía retóricas grandilocuentes. También hay una buena cantidad de liberales incómodos con cuanto observan en la actualidad. Recelan de la variable algorítmica y piensan que alimenta descontroles en las decisiones humanas. Una evidencia más que viven sobresaltos propios del síndrome vertiginoso. No consiguen comprender, entre otros, el trasfondo del conflicto Rusia/Ucrania, ni menos que se haya prolongado ya más que la guerra directa entre la URSS y la Alemania nazi.

Sin embargo, los sustos no son nuevos. La inminencia de descontroles se instaló con fuerza en la psiquis humana al irrumpir la revolución industrial. Se descubrió entonces, que la fabricación masiva de toda clase de instrumentos, incluidas armas, provoca reacciones negativas. Interpretando aquellos sentimientos se construyó la idea de acuerdos de paz con trazamiento fundacional; moralistas.

Aquellas élites se niegan a aceptar que el drama de quién construirá los dispositivos letales asociados a la inteligencia artificial y a los softwares bélicos tomará ese inevitable curso espiral determinado por las necesidades, la incontenible fascinación humana por lo novedoso y las casi infinitas capacidades de innovar.

Es justamente en el quiebre entre el ayer y el hoy donde emerge la centralidad de tecno-empresarios como Thiel, Musk, los hermanos Amodei entre otros. Captaron ese conjunto sinérgico de necesidades, fascinación y capacidades.

En resumen, y puesto en términos prácticos, alcanzar el fin de un conflicto, determinando culpabilidades morales y haciendo estimaciones sobre reparaciones materiales, o sobre concesiones políticas, parece obsoleto. En el registro de la premisa fundacional del siglo pasado quedan casos emblemáticos, como fueron esas concesiones totales que condujeron a aceptar incluso cambios en la denominación estatal para asegurar el éxito de algunas negociaciones. Fue el clímax de Kant y su paz perpetua.

Los conflictos actuales sugieren la posibilidad de descubrir otro tipo de paz; fuera de los parámetros fundacionales. Eso podría significar, por ejemplo, acuerdos específicos en torno a condiciones observables y las consecuencias en caso de no ser cumplidas. En esta otra etapa, la paz habría que concebirla como un procedimiento jurídico-político abierto, minimalista y evocador de lo que en derecho se denomina compliance. (El Líbero)

Iván Witker