La afirmación que hizo el economista Sergio Urzúa hace unos meses en una entrevista -que “puede haber daño estructural por lo que se hizo en los últimos 12 años”- no resulta exagerada ni mucho menos a la luz de los indicadores que informan respecto del deprimente presente de la economía chilena, donde destaca el sorpresivo estancamiento de su crecimiento, cuyo pulso no muestra signos de la reactivación que la mayoría de los agentes pronosticaban con el cambio de gobierno.
El contexto mundial no nos ha favorecido en estos meses. El precio del petróleo se ha elevado significativamente, generando un mayor costo que impacta directamente a la actividad económica del país y que no tenemos cómo mitigar, mucho menos cuando nos hemos gastado buena parte de nuestros ahorros soberanos, mientras echamos mano al ahorro externo para financiar el déficit fiscal -que la prudencia aconseja no seguir usando a rajatabla-. En todo caso, no sería este un “daño estructural” y puede que sea, debiera ser, transitorio si acaso se restablece el abastecimiento normal de petróleo desde los países productores del Medio Oriente.
Entonces cabe preguntarse en qué parte de la economía se habría producido ese daño estructural al que se refiere Urzúa. “Algo se quebró” dijo en esa entrevista, una fuerte imagen de resonancias materiales. ¿Cuál de las piezas del motor de la economía se encuentra dañada y requiere una urgente reparación para volver a echarlo a andar más temprano que tarde?
Un estudio reciente del Banco Central da una pista: los costos que se han impuesto al empleo en el último tiempo y que estarían incidiendo en el alto desempleo que nos agobia -que no parece que vaya a ceder en el corto plazo-. Cabe señalar que la tasa de desempleo en Chile es de las más elevadas del mundo, a nivel de países comparables, y que nuestro país es de los pocos ejemplos donde el empleo prepandemia no se recuperó después de la emergencia sanitaria.
De acuerdo con ese diagnóstico, no se trataría típicamente de un ciclo caracterizado por una emergencia laboral -así la ha descrito el economista David Bravo- para dar lugar a otro, así pasan los ciclos, en el que sería superada sin mayores inconvenientes, sino que de una situación estructural (una falla hecha y derecha) que requiere de cirugía mayor para ser reparada.
Como si fuera poco asoman en el horizonte inmediato costos laborales adicionales -por ejemplo, los de la implementación de la jornada de 40 horas y los de la reforma previsional- que agudizarán el problema en lugar de aliviarlo. Lo cierto es que en los próximos años las empresas enfrentarán mayores costos para contratar personas de los que han tenido que absorber hasta aquí. Quienes suelen sostener que esto no afecta al empleo deberían tener a la vista el estudio del Banco Central que concluye, como es previsible, todo lo contrario.
Es en el sistema político donde el daño estructural señalado ha tenido su origen. No será fácil que allí se repare lo que ha sido legislado bajo el supuesto que la regulación laboral -la que impone cargas adicionales al empleador- no afectaría la contratación. Increíblemente, los mismos que han contribuido a producir este grave problema son los que demandan al gobierno dar una solución sin demora al persistente desempleo que, Dios no lo quiera, amenaza con quedarse entre nosotros por un tiempo largo. (El Líbero)
Claudio Hohmann
