Los mensajes presidenciales son discursos bastante poliédricos, es decir, con distintas y numerosas caras. Tienen múltiples ideas, diversos sentidos y, por lo mismo, distintas formas de ser interpretados. Y eso mismo es quizás lo que genera tanta expectación ante la ciudadanía.
Por una parte, la Cuenta Pública es, evidentemente, una cuenta de lo obrado. Por algo se llama así. Sobre esto hay que ser sumamente rigurosos: en un sistema presidencialista como el chileno, el Presidente no le rinde cuentas al Congreso, como sí ocurre en los parlamentarismos. La cuenta es frente a la Nación, y el Congreso actúa más bien como representación institucional de ella.
Sin embargo, ahí aparece una dificultad evidente para el Gobierno de José Antonio Kast. El próximo 1 de junio enfrentará su primera Cuenta Pública con menos de tres meses de instalación. Y eso obliga a preguntarse cuánto sentido tiene exigir una “cuenta” cuando el Ejecutivo apenas comienza a desplegarse. Si ese fuera el único propósito del discurso, quizás tendría más lógica realizarlo el 10 de marzo de cada año, para informar lo hecho durante el período que termina. Pero aquello también tendría un problema: la última cuenta competiría comunicacionalmente con la ceremonia de traspaso presidencial. Por eso, esta es una propuesta que siempre quedará a nivel académico.
Quizás por eso mismo, las cuentas públicas han terminado adquiriendo otra dimensión, probablemente más utilizada que la primera. Son también una instancia para proyectar, anunciar y prometer. No por nada muchas veces se habla de “mensaje presidencial” más que de cuenta pública. Y eso cobra mucho más sentido considerando que el discurso ocurre en junio, cuando una nueva administración ya tiene cierto rodaje y puede delinear prioridades.
En ese contexto, Kast enfrentará una prueba especialmente delicada. Ya aprendió durante estos primeros meses que las palabras importan bastante. Habrá atención sobre el tono, las métricas y el lenguaje utilizado. Sobre todo, después de semanas marcadas por discusiones respecto de metáforas, hipérboles y errores comunicacionales que terminaron eclipsando medidas concretas. La ciudadanía estará observando si lo anunciado son promesas aterrizadas o simples figuras literarias.
No obstante lo anterior, es indudable que aquí mismo surge la tercera dimensión de la Cuenta Pública, la simbólica. La política no vive sólo de iniciativas legales, oficios y decretos; también vive de prosa. Estos discursos son oportunidades para construir relato, generar sentido y conectar emocionalmente con el país. Gabriel Boric lo entendió bien: tras sus tres primeras cuentas públicas logró aumentos relevantes de aprobación, precisamente porque consiguió construir momentos políticos de alta afectividad, con innegable contenido narrativo.
Por eso, la Cuenta Pública del próximo lunes 1 de junio puede transformarse en una oportunidad relevante para el Gobierno.
Primero, porque Kast debe encontrar un equilibrio retórico. Un exceso de cifras y anuncios puede convertir el discurso en una larga lista de supermercado imposible de seguir. Pero el exceso contrario —demasiada épica sin aterrizaje— puede volver a conectar con ese episodio de la metáfora del que La Moneda debiera intentar salir cuanto antes. La retórica ayuda pero sólo en su justa medida. Tal como decía Aristóteles, casi todas las virtudes en exceso devienen en vicios.
Segundo, porque este es un buen momento para hablar de lo realizado. Aunque el Gobierno lleva poco tiempo, sí han ocurrido cosas importantes que han pasado completamente inadvertidas, por los errores políticos y comunicacionales que todos conocemos. Esta Cuenta Pública puede servir para devolver el río a su cauce natural, especialmente ahora que —tras el reciente cambio de gabinete— hay un equipo más cohesionado y más cercano al Presidente.
Y tercero, porque el país necesita perspectivas. Y prospectivas. Chile atraviesa un momento económico complejo, muy marcado además por una guerra que no elegimos y que ha obligado a moderar expectativas. En ese escenario, la ciudadanía quiere escuchar algo más que diagnósticos. Quiere escuchar horizonte. Esperanza. Una luz al final del túnel.
La Cuenta Pública puede ser, precisamente, ese momento: hablarle de frente al país, con honestidad, reconociendo que habrá promesas difíciles de cumplir, pero también qué algunas sí se concretarán. Porque del relato que el Gobierno logre construir este 1 de junio, puede depender buena parte del derrotero político de los próximos años. (El Líbero)
Roberto Munita Morgan
