Hoy, el principal problema de China ya no parece ser únicamente la desaceleración económica. Lo que realmente inquieta es algo más profundo: la erosión gradual de la confianza social. Entre el desempleo juvenil, la crisis inmobiliaria, el endeudamiento local y el debilitamiento del consumo interno, el gigante asiático enfrenta una tensión estructural que amenaza con alterar no sólo su economía, sino también la legitimidad política del propio sistema.

Como suele decirse, “cuando aprieta el bolsillo, también se crispa el ánimo”. Y eso es precisamente lo que comienza a observarse en distintos rincones de China continental.

En los últimos meses han proliferado episodios de violencia pública, protestas laborales y estallidos sociales dispersos. Aunque el aparato oficial intenta presentar estos casos como incidentes aislados, cada vez resulta más evidente que detrás existe un malestar acumulado que ya no puede explicarse únicamente por factores coyunturales.

De hechos aislados a síntomas de una enfermedad mayor

Uno de los casos más comentados recientemente fue el ataque ocurrido en Fangshan, en las afueras de Pekín, donde un hombre irrumpió con maquinaria pesada en un mercado, dejando múltiples víctimas. La censura oficial actuó con rapidez, borrando información y restringiendo debates en redes sociales. Sin embargo, el episodio reabrió discusiones sobre desalojos forzosos, deudas personales y frustración económica.

A esto se suma el aumento de protestas vinculadas a salarios impagos, quiebras empresariales y proyectos inmobiliarios inconclusos. Diversos centros de análisis internacionales han detectado un incremento sostenido de movilizaciones sociales en China, especialmente en sectores afectados por la caída del mercado inmobiliario y la debilidad exportadora.

Otro episodio revelador fue la explosión en una fábrica de fuegos artificiales en Liuyang, provincia de Hunan. Más allá de las víctimas fatales, el accidente dejó al descubierto un problema más delicado: la creciente fragilidad administrativa de gobiernos locales endeudados y sobreexigidos.

En conjunto, estos episodios muestran algo inquietante: el modelo chino ya no enfrenta únicamente dificultades económicas, sino una creciente fatiga social.

El aparato de control empieza a devorarse a sí mismo

Durante décadas, el Partido Comunista Chino convirtió la “mantención de la estabilidad” en un verdadero eje doctrinario del poder. El fortalecimiento de la vigilancia digital, la censura, los controles policiales y los sistemas de monitoreo social formó parte central de esa estrategia.

Pero existe una contradicción difícil de ocultar. La represión puede contener momentáneamente el descontento, aunque no genera crecimiento, ni empleo, ni esperanza. Y cuando el Estado destina cada vez más recursos a controlar a su propia población, termina debilitando precisamente aquello que busca proteger: la confianza en el sistema.

China parece entrar así en un círculo vicioso. La economía pierde dinamismo, aumenta el malestar social; el malestar lleva a reforzar la vigilancia; y el exceso de control termina asfixiando aún más al sector privado, al consumo y a la inversión.

En términos chilenos, podría decirse que Pekín intenta “apagar incendios con bencina”.

La gran contradicción del liderazgo chino

El problema para el liderazgo de Xi Jinping es que hoy casi todas las alternativas implican costos políticos.

Si Pekín vuelve a estimular agresivamente la economía, podría agravar la crisis de deuda local y los riesgos financieros. Si no lo hace, el desempleo y el deterioro social continuarán expandiéndose. Si endurece aún más el control político, corre el riesgo de ahuyentar inversión extranjera y paralizar la innovación privada. Pero si flexibiliza el sistema, teme perder capacidad de control interno.

Por eso el discurso oficial insiste cada vez más en la idea de combinar “desarrollo y seguridad”, concepto que se ha transformado en uno de los pilares del actual ciclo político chino.

Sin embargo, la historia demuestra que cuando un Estado convierte la seguridad en prioridad absoluta, normalmente termina pagando un precio económico y social elevado. Después de todo, las personas pueden tolerar dificultades temporales; lo que rara vez aceptan indefinidamente es la ausencia de perspectivas.

Un problema interno con consecuencias globales

Lo que ocurre en China ya dejó de ser un asunto exclusivamente doméstico.

Una economía china debilitada afecta directamente las cadenas globales de suministro, el comercio internacional y los mercados de materias primas. Países dependientes de la demanda china podrían enfrentar menores exportaciones, menos inversión y mayor volatilidad financiera.

Además, la experiencia histórica muestra que las grandes potencias sometidas a fuertes tensiones internas suelen recurrir al nacionalismo o a conflictos externos como mecanismo de cohesión política. Esa posibilidad explica parte de la creciente preocupación internacional respecto al estrecho de Taiwán, el Mar del Sur de China y la competencia estratégica global.

Tal vez la verdadera señal de alarma no sea que China crezca menos, sino que su dirigencia parezca cada vez más obsesionada con controlar a su propia sociedad. Porque cuando un gobierno transforma la “estabilidad” en prioridad absoluta, normalmente es porque percibe que el suelo bajo sus pies ya no es tan firme como antes. (Red NP)

Andrés Liang

Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica