Las cuatro décadas de reforma y apertura transformaron a China en una de las historias de desarrollo más extraordinarias de la historia contemporánea. Ese éxito otorgó al Partido Comunista Chino una confianza pocas veces vista. Pero la historia enseña que ninguna potencia asciende en línea recta y que, como reza el dicho popular, “no hay vacas gordas eternas”.

Con el agotamiento del dividendo demográfico, el estallido de la burbuja inmobiliaria, el peso creciente de las deudas locales y un entorno internacional cada vez más adverso, Pekín enfrenta quizás el momento más complejo desde el inicio de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping.

Mientras algunos observadores occidentales insisten en anunciar el inminente colapso de China, la narrativa oficial sigue proclamando que “el Este asciende mientras Occidente declina”. Sin embargo, la realidad suele ubicarse lejos de los extremos. China no es una superpotencia invulnerable, pero tampoco un gigante al borde del derrumbe. Más bien, atraviesa una etapa decisiva, en la que deberá redefinir tanto su modelo económico como su forma de gobernar.

Las dificultades económicas nacen, sobre todo, desde dentro

Durante décadas, el crecimiento chino descansó sobre tres pilares: la construcción, la inversión pública y las exportaciones. Sin embargo, el envejecimiento de la población, el fin del auge inmobiliario y la fragilidad fiscal de muchos gobiernos locales revelan que ese modelo está perdiendo impulso.

La mayor presencia del Estado en detrimento del sector privado, las campañas regulatorias contra empresas tecnológicas, las estrictas políticas sanitarias durante la pandemia y las consecuencias derivadas de la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong afectaron la confianza de empresarios e inversionistas. Muchas compañías extranjeras comenzaron a diversificar sus cadenas de suministro hacia el Sudeste Asiático, India o México.

La presión de Estados Unidos, mediante aranceles y restricciones tecnológicas, ciertamente ha agravado las dificultades. Sin embargo, atribuir todos los problemas a factores externos sería una simplificación excesiva. El envejecimiento demográfico, la insuficiencia del consumo interno, la menor rentabilidad de las inversiones y la pérdida de confianza del sector privado son desafíos estructurales que ya se vislumbraban antes de la pandemia.

Como diría Andrés Bello, “las naciones no perecen por los males que vienen de fuera, sino por los vicios que toleran dentro”. El verdadero desafío para China consiste en reconocer si el modelo que impulsó su ascenso ha comenzado a mostrar señales de agotamiento.

El riesgo político puede ser más delicado que el económico

Si las dificultades económicas son serias, las políticas podrían resultar aún más trascendentales.

Desde la llegada de Xi Jinping al poder, la autoridad se ha concentrado progresivamente en la figura del líder, dejando atrás los mecanismos de dirección colectiva y sucesión institucional establecidos tras la era de Mao Zedong. La lucha contra la corrupción fortaleció el control central, pero también alimentó una cultura burocrática marcada por la cautela y la aversión al riesgo.

Más inquietante aún es la ausencia de un heredero político visible. La experiencia histórica demuestra que las crisis más profundas en los regímenes autoritarios no suelen provenir del exterior, sino de las incertidumbres relacionadas con la sucesión del poder.

La Unión Soviética es un recordatorio de ello. Cuando las instituciones dependen demasiado de una sola persona, la estabilidad puede transformarse en fragilidad.

Estados Unidos dejó de ser un socio y pasó a ser un competidor permanente

Demócratas y republicanos coinciden en considerar a China como el principal desafío estratégico de Estados Unidos. Esa visión se ha convertido en una política de Estado.

La competencia ya no se limita al comercio. Abarca la tecnología, las finanzas, la seguridad y la geopolítica. Incluso si se producen periodos de distensión, es improbable que regrese la época de cooperación que caracterizó las décadas posteriores al ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio.

Pretender que el reloj vuelva atrás sería, en palabras muy chilenas, “pedirle peras al olmo”. Pekín deberá aprender a prosperar en un escenario de competencia prolongada, y no esperando que Washington cambie de parecer.

Los amigos son importantes, pero no reemplazan la fortaleza propia

China ha fortalecido sus vínculos con numerosos países del Sur Global. Sin embargo, varios de sus socios estratégicos enfrentan dificultades. Rusia continúa desgastada por la guerra; Irán permanece bajo sanciones; Corea del Norte posee limitaciones económicas evidentes; y varios aliados latinoamericanos atraviesan ciclos de inestabilidad política y financiera.

La mayoría de los países, incluyendo muchos en América Latina, prefiere mantener una posición pragmática. Nadie desea quedar atrapado entre las dos principales potencias.

En política internacional, como suele decirse en Chile, “cada cual rasca donde le pica”. Al final, la principal fortaleza de China seguirá siendo su propia capacidad económica, tecnológica e institucional.

El control puede mantener el orden, pero no genera confianza

La desaceleración económica, el desempleo juvenil y las dificultades demográficas han comenzado a erosionar las expectativas de la población.

Los mecanismos de control social pueden preservar la estabilidad, pero no reemplazan la confianza. La propaganda puede moldear el discurso público, pero no garantiza el consumo. Las órdenes administrativas pueden impulsar proyectos, pero no sustituyen el espíritu emprendedor.

Una sociedad deja de avanzar cuando pierde la esperanza en el mañana. Y pocas cosas son más difíciles de recuperar que la confianza colectiva.

China conserva una base de poder formidable

A pesar de las dificultades, China continúa poseyendo la mayor estructura manufacturera del mundo, un inmenso mercado interno, elevados niveles de ahorro y una capacidad tecnológica notable.

Sectores como los vehículos eléctricos, las energías renovables, la inteligencia artificial o los ferrocarriles de alta velocidad muestran que el país conserva ventajas importantes. Además, el Partido Comunista mantiene un sólido control sobre las Fuerzas Armadas, el sistema financiero y la administración estatal.

Por ello, los pronósticos sobre un colapso repentino similar al soviético parecen exagerados.

Lo más probable es que China enfrente una etapa prolongada de crecimiento moderado y ajustes estructurales, más que una implosión abrupta.

Tres caminos se abren ante Pekín

La primera opción consiste en profundizar la concentración del poder y reforzar el control estatal. Ese camino puede garantizar estabilidad política, pero corre el riesgo de consolidar una economía menos dinámica y una sociedad más rígida.

La segunda alternativa sería recuperar el espíritu reformista que impulsó el despegue chino, fortaleciendo nuevamente al sector privado y reconstruyendo la confianza de los mercados. Sería el camino económicamente más eficiente, aunque implicaría redistribuir cuotas de poder.

La tercera vía, quizás la más realista, consistiría en preservar el liderazgo del Partido, pero restaurando mecanismos de dirección colectiva, institucionalizando la sucesión y aumentando la previsibilidad de las políticas públicas.

En cierto sentido, se trataría de volver a la prudencia confuciana y abandonar la tentación de apostar todo a una sola carta.

Las grandes potencias no caen por los golpes externos, sino por su incapacidad para corregirse

La historia demuestra que los imperios rara vez sucumben únicamente por enemigos externos. Más frecuentemente se desgastan por la autocomplacencia, la rigidez y la incapacidad para adaptarse.

La decadencia de la dinastía Qing, el derrumbe soviético y las décadas perdidas de Japón muestran que la verdadera amenaza suele encontrarse en el interior.

La grandeza alcanzada por China desde fines del siglo XX no fue producto del destino, sino de una extraordinaria capacidad para rectificar. Fue la voluntad de abandonar dogmas y abrazar el pragmatismo lo que permitió sacar a centenares de millones de personas de la pobreza.

Hoy, el principal desafío del Partido Comunista no consiste en derrotar a Estados Unidos ni en reemplazar el orden internacional. El desafío consiste en demostrar que aún posee la capacidad de reformarse a sí mismo.

Porque la permanencia de una civilización no depende de la concentración del poder ni de la fuerza momentánea, sino de la capacidad de sus instituciones para reconocer errores y corregir el rumbo.

Como escribió el poeta chileno Pablo Neruda, “podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Las naciones también tienen sus primaveras, pero éstas no llegan por decreto ni por propaganda; nacen cuando existe la voluntad de renovarse.

En última instancia, el futuro de China durante la próxima década no será decidido en Washington ni en Moscú. Será decidido en Pekín.

Y quizás la verdadera grandeza de una potencia no radique en demostrar que nunca se equivoca, sino en conservar la lucidez y la valentía para corregirse antes de que sea demasiado tarde. (Red NP)

Andrés Liang

Analista en política internacional y relaciones Asia-Latinoamérica