El Mundial está a punto de bajar el telón. Ha sido el torneo más extenso de la historia —al menos hasta ahora— y probablemente también uno de los más eufóricos desde el punto de vista de las identidades nacionales. Es verdad que, por mi grupo etario, no tengo cómo comparar esta experiencia con los mundiales disputados en plena Guerra Fría o en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero sí da la impresión de que la crispación nacionalista que hemos visto en estas semanas ha alcanzado niveles poco habituales, amenazando con empañar una fiesta que, en esencia, debiera unir mucho más de lo que divide.
Sentir orgullo por el propio país es algo completamente legítimo. Los himnos, las banderas y las camisetas forman parte del ritual del deporte, y sería absurdo pretender eliminarlos. El problema comienza cuando ese sano patriotismo se transforma en desprecio por el rival, o cuando la identidad nacional deja de ser una afirmación de lo propio para convertirse en una negación del otro.
Muchas veces estos fenómenos parten como una simple “talla”. Una humorada. Un juego propio de la sociedad de consumo y la capacidad que tienen las redes de viralizar algunas ideas en cuestión de minutos. Pero no todas las bromas permanecen en ese terreno. Algunas comienzan a adquirir ribetes que vale la pena mirar con cierta preocupación.
Un buen ejemplo ocurrió cuando México enfrentó a Inglaterra. En la previa del partido surgió en redes sociales el llamado «Operativo No Inglés»: una invitación a evitar, por un día, cualquier palabra en ese idioma. Así, Subway pasó a llamarse «Metro», Carl’s Jr. se convirtió en «Carlitos», y 7-Eleven fue rebautizado como «7-Once», entre muchos otros casos. La iniciativa era ingeniosa y radicalmente atractiva para las marcas. Tanto que, para la reciente semifinal ocurrió algo parecido en Argentina, varias marcas tradujeron temporalmente sus nombres al español. Y, quizás como contraparte (o quizás en un arranque nacionalista completamente aparte), en algunos supermercados ingleses se dejó de vender vino argentino en la previa al partido.
Nada de esto constituye, por sí solo, un conflicto diplomático. Pero sí refleja una tendencia que merece atención. Porque la crispación nacionalista suele avanzar de manera silenciosa: comienza con gestos anecdóticos, continúa con pequeñas exclusiones simbólicas y, si nadie pone límites, puede terminar deteriorando la confianza entre las naciones. Y esa nunca es una buena noticia.
En tiempos en que el mundo enfrenta crecientes tensiones internacionales, guerras comerciales y sociedades cada vez más polarizadas, el deporte debería ofrecer justamente el espacio contrario. Un Mundial existe para competir con intensidad dentro de la cancha, no para trasladar esa rivalidad a la vida cotidiana. El adversario deportivo no es un enemigo. Ese “juego” es, precisamente, lo que hace posible el espectáculo.
Al final, las identidades nacionales más sólidas no son aquellas que necesitan denostar a los demás para reafirmarse. Una identidad sana se construye afirmando lo propio, no negando lo ajeno. Uno puede sentirse profundamente argentino, español, chileno o mexicano sin convertir al rival en un antagonista permanente. De hecho, esa capacidad de convivir con la diferencia es una de las mejores expresiones de confianza entre las naciones.
Este domingo, la final enfrentará a España y Argentina. Ojalá que, en la previa al partido, el lunes en Buenos Aires se pueda comer jamón serrano y en Madrid se pueda tomar mate. Si eso ocurre, probablemente el fútbol habrá ganado mucho más que un campeón. (El Líbero)
Roberto Munita
